ANÉCDOTAS DE UN HOMBRE MAL CONTADO
Buenas noches nocturnas… Al parecer, existe una fábula o un cuento perteneciente a la tradición judía —aunque no obtuve referencias creíbles— en el que se somete a un mentiroso, un propagador de chismes y bulos, a la capacidad de entender la vida de un sabio. Precisamente porque esa persona de valor era, muchas veces, objeto de los infundios del tipo al que aludí. Y porque todo cambia. Un día, encontrándose consigo mismo, convino en la necedad de sus actos y acudió a disculparse.
Visitó a la noble persona a la que había ofendido de palabra y, tras implorar la gracia de la restauración, quiso saber cómo podía corregir sus errores. Entonces, aquel hombre, a menudo justo, pidió a quien se había conducido con infundios una sola cosa:
—Toma una almohada, desgarra la tela de la funda con un cuchillo y esparce al viento las plumas que se encuentren en el interior.
Quien deseaba una nueva vida al amparo de la humildad y la cordura se extrañó, pero pronto hizo lo que le habían sugerido. Después regresó a la morada del sabio y preguntó:
—¿Estoy ya perdonado?
Y el sabio…
—Primero tienes que ir a recoger todas las plumas.
—¡Pero eso es imposible! El viento ya las ha dispersado —protestó el chismoso.
—Pues igual de imposible es deshacer el daño que has causado con tus palabras —concluyó el sabio.
Naturalmente, después de esto sigue una breve moraleja que se puede deducir con facilidad. Sin embargo, lo que importa ahora son otros asuntos. Por ejemplo, qué cosas se llegaron a decir del sabio.
Se sospechó de la cordura de este hombre porque, como suele especularse sobre las personas dadas a la introspección y al estudio, por distracción, un día que debía viajar, tomó un taxi— en mi versión de los hechos nada de lo anterior sucedía en la antigüedad— sin revisar la matrícula. Cuando se dio cuenta de su fallo, de que se desplazaba en un vehículo distinto al acordado por medio de una aplicación, era demasiado tarde.
Luego, como consecuencia de esta pifia —pues se dio la coincidencia de que el conductor iba a recoger a unos invitados—, hizo su entrada en el recinto donde se celebraba una boda a la que no había sido invitado y recibió una ovación unánime: lo tomaron por el fotógrafo que se estaba retrasando.
Otra vez —decía el penitente de la almohada— se había visto a su víctima en un parque, disfrutando de un tranquilo almuerzo. En un recipiente de plástico llevaba unas croquetas caseras que comía cuando una paloma, en vuelo rasante, robó la pieza de comida de las mismas manos del asombrado caballero. Como había bastantes personas por los alrededores, todos se rieron, lo celebraron con regocijo y, desde entonces, se le imita en parques y paseos. No hay ocasión en la que la gente se prive de hacerse fotos con croquetas en la mano mientras esperan a una paloma.
Algunos han dicho que tal cosa no ocurrirá de nuevo, ya que la paloma en cuestión fue una aparición del Espíritu Santo que vino a cobrarse las cesiones de sabiduría que adornaban al burlado mediante la vieja fórmula de requisar las delicias humanas.
En fin. Chascarrillos sin fundamento, pero información necesaria para conocer las verdaderas intenciones del calumniador protagonista, en cuanto a los detalles de sus fechorías, de este relato de domingo.
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona ChatGPT.




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