CAPERUCITA, DE NUEVO
Buenas noches nocturnas… Lo reconozco: es una ocurrencia. La materia prima es un cuento que casi puede reconocer cualquiera, pues constituye lo que bien se denomina historia universal. Es un juego de espejos y una elección caprichosa. Caperucita Roja, en una de sus exposiciones más breves.
Veamos. Una niña que viste un atuendo con capucha de color encarnado recibe el encargo de llevar una cesta de comida a su abuelita. Esta vive más allá del bosque. La madre exhorta a su hija a fin de que siga sus instrucciones, y la niña parte contenta. Por el camino se encuentra al lobo titular del cuento, quien, fiel a sus maneras falaces, la engaña. Una vez obtenida la información necesaria, su idea es adelantarse a la pequeña y, tras comerse a la abuela, fingir de nuevo para cobrarse en las carnes infantiles el mejor de los postres.
El lobo triunfa, no sin antes acceder a la letanía que todo el mundo sabe rezar: la de los ojos, la nariz y la boca enormes para ser los de la abuelita. Y, al final, el sacrificio. Más tarde llega un cazador, comprende lo que ha sucedido y, aprovechando que el lobo duerme mientras hace la digestión, le descerraja el abdomen, saca de ahí a las víctimas y sustituye el bulto por piedras. Cuando el lobo despierta, a causa de una extraña pesadez y rara necesidad urgente de agua, se acerca a un pozo, se precipita por el peso y muere ahogado. No fue un buen día para el ecologismo.
A continuación, me pongo en contacto con los expertos que designé para que me ofrezcan consejo cuando lo demando. Quise saber la perspectiva de esta historia según representantes de algunos sectores profesionales. Por ejemplo, una florista:
«Caperucita recogía flores mientras avanzaba, ajena a que el lobo marchitaba la tranquilidad del bosque. Él se adelantó, arrancó de raíz la paz de la abuela y se disfrazó con pétalos ajenos. Cuando la niña llegó, casi cae también. Por suerte, el leñador podó el problema de raíz.»
Y un abogado penalista:
«El caso es claro: el lobo cometió suplantación de identidad, allanamiento de morada y tentativa de homicidio. Engañó a la menor, devoró a la abuela y preparó una emboscada. La intervención del leñador evitó un desenlace fatal y permitió rescatar a ambas víctimas. El acusado no tiene defensa posible.»
No obstante, me he puesto al habla con un mecánico mientras examinaba el patinete de la comunidad de vecinos del bloque de viviendas donde resido, mediante el que nos desplazamos por la ciudad siempre que tenemos necesidades comunes. Como deseaba conocer una opinión a pie de calle, he preguntado a este señor, Isaac Celador Atope, especialista con más de treinta años de servicio, quien me ha dicho:
«Se lo cuento como lo recuerdo porque me ha confiado la historia alguien que estuvo allí. El día estaba tranquilo, era una de esas jornadas en las que solo se oyen pájaros, viento y algún motor que está pidiendo repuestos certificados con urgencia. Quienes la observaron en esa fecha decían que era una niña vestida con una capa roja brillante, que parecía pintada con esmalte automotriz. Caminaba ligera, pero en ese trote alegre se adivinaba la primera “avería”: distracción inadecuada, reconocimiento indebido de flores, de mariposas… todo menos atender al camino. Mala señal.»
«A mitad de ruta apareció el lobo. Un tipo siniestro total con patas. Se acercó a la niña con la suavidad de un motor refinado, pero que esconde una fuga de aceite. Le habló, la entretuvo, la desvió. O sea: manipulación del sistema.»
«Mientras Caperucita seguía recogiendo flores, el lobo aceleró. Se adelantó por el camino como si llevara un turbo ilegal. Llegó a la casa de la abuela, forzó la entrada sin herramientas —lo cual da una idea de lo bruto que era— y la “desmontó” en un abrir y cerrar de ojos. Luego se colocó en su lugar, como una pieza mal instalada que intenta pasar desapercibida.»
«Cuando Caperucita llegó, todo el sistema estaba a punto de colapsar. Ella notó que algo no encajaba, pero ya era tarde: el lobo la engulló también. Dos víctimas atrapadas en un “compartimento” que no estaba diseñado para pasajeros. Un desastre mecánico y biológico.»
«Por suerte, apareció el leñador. Ese sí que sabía lo que hacía: es el tipo al que escuché narrar esta historia. Suele venir a que examine su cuatro por cuatro. Evaluó la situación, diagnosticó el problema y actuó sin perder tiempo. Con un corte preciso —nada de chapuzas— abrió el “capó” del lobo y rescató a la abuela y a la niña. Ambas salieron aturdidas, pero funcionales. El lobo, en cambio, quedó fuera de servicio de manera definitiva.»
Con esto queda claro que, aunque la estructura de los hechos se sirve de acuerdo con el orden conocido, los actos se interpretan con matices que pueden llegar a hacer que parezca otra cosa. Y así, como quien cambia los muebles de sitio, o reordena el armario, o se peina de otra manera, ha de admitir que vive una ilusión distinta. De eso se trataba: de cambiar.
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona GROK




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