DEDICATORIAS: UN GÉNERO LITERARIO DE COMBATE
Lo cierto es que no tenía vocación alguna, si es que la vocación logra algún espacio fuera de los discursos de sobremesa. Si la vocación consiste en sentir una preferencia indudable por una carrera —esa mezcla de emoción y coartada racional—, lo sensato es hablar de otra cosa. En ocasiones, esto se disfraza. No hay que olvidar lo teatreros, para mal, que podemos llegar a ser los seres humanos.
Pero se hizo escritor. Empezó juntando palabras, luego frases, después párrafos y, con todo ese material, impreso en papel y en soportes digitales, publicó su primer libro. Por azar, por habilidad social y por cálculo, conectó con el público suficiente y logró unos ingresos que suponían la oportunidad de convocar a inversores y a grandes editoriales, y triunfó. Llegaron a un acuerdo con él para que se alzara como ganador en un premio literario de prestigio y, a partir de ese momento, todo lo que vino respondió a los entresijos de la maquinaria industrial de ese sector.
Entonces, ¿cuál era su verdadera pretensión? Enviar mensajes con destinatario y acuse de recibo. Todas sus obras incluían dedicatorias y ese era su campo de tiro paratextual, desde el que apuntaba, sobre todo, contra sus enemigos, a fin de que quedaran registrados sus rencores y amenazas. Siempre dijo que seguía la estela de grandes nombres de la literatura universal, prolíficos o no, dados a abrir sus libros con palabras de gratitud o invocación ilustre.
¿Ejemplos? Los siguientes:
Robin Hobb, *Las naves de la magia*: «A la cafeína y el azúcar, mis compañeras en muchas largas noches de escritura».
Javier García Sánchez, *Ella, Drácula*: «A Susana, que supo rebatirme, una tras otra, las cinco razones de peso que le expuse para no escribir jamás la novela».
Shannon Hale, *Austenland*: «Para Colin Firth, eres un gran tipo, pero estoy casada, así que creo que deberíamos ser solo amigos».
Tobias Wolff, *Vida de este chico*: «Mi primer padrastro solía decir que con lo que no sé se podría llenar un libro. Aquí está».
Neil Gaiman, *Los chicos de Anansi*: «Ya sabes cómo funciona esto. Coges un libro, saltas a la dedicatoria y descubres que, una vez más, el autor ha dedicado su libro a alguien que no eres tú. No será así esta vez. Porque no nos hemos encontrado todavía / no hemos tenido la ocasión de echarnos una mirada / no estamos locos el uno por el otro / no es tampoco que no nos hayamos visto en mucho tiempo / ni que estemos relacionados de algún modo / quizás jamás nos veremos, pero confío en que, a pesar de todo ello, pensamos mucho el uno en el otro... Este es para ti. Con lo que ya sabes y probablemente ya sabes por qué».
El lector atento comprendió pronto que los libros eran el pretexto; las dedicatorias, el verdadero género.
Por eso, ahora que acaban de publicarse los siete tomos de sus obras completas, cabe citar, a modo de antología, algunas de las dedicatorias incluidas en esos volúmenes.
En el tomo I: «Con gratitud al profesor R. M., que me enseñó que citar sin haber leído nada de lo demás que aparece en un libro también es una forma de lectura. Conservo sus correcciones, pero ya no me acuerdo de ellas».
En el tomo II: «A mi querido primo Esteban, ejemplo de constancia: cinco veces caído; demostración de que el ser humano, en ocasiones, no solo tropieza dos veces en la misma piedra. Sigo usando tu firma como marcapáginas. Devuélveme el dinero».
En el tomo III: «Con afecto a Laura, que juró no contar nada: algún día te quemarás en el infierno y contribuirás a la agradable combustión de la que se benefician los habitantes del cielo».
En el tomo IV: «A mis entrañables amigos del taller literario, todos ministros de Cultura —según su propio currículum— en sucesivos gobiernos; todos procesados por plagio y apropiación intelectual».
En el tomo V: «Al crítico que dijo que dirigirse a mí o valorar mi obra era tanto como tratar con espectros fantasmales; tal vez me lo piense y acuda a sus pesadillas… para reír. Gracias por la publicidad involuntaria».
En el tomo VI: «A mi editor, con sincero reconocimiento por su valentía contractual. Leí la letra pequeña, a pesar del mucho cuidado que tuvo para servirse del átomo como unidad gráfica. Usted leerá los palabrones de mis abogados».
En el tomo VII: «A quienes aseguran que no soy sino un deslenguado sicario de ventosidades fáciles: acabo de encargar otra tonelada de fabadas en bote».
Algún día haremos una segunda parada en este tipo de asuntos para aludir a la contestación que tuvo todo este despliegue. El mundo de las letras es apasionante y, como esos culebrones sudamericanos o turcos, se prolonga en el tiempo, aun de modo circular, para proporcionarnos comentarios y pareceres similares a los de cualquier tertulia de bar, con peor café y más archivo.
Me destoso.
https://letralia.com/articulos-y-reportajes/2021/07/06/los-escritores-y-las-dedicatorias/
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona ChatGPT




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