JUEGO DE JUBILADOS: EL ZORRO Y EL TOMATE
Buenas noches nocturnas… Cosa de jubilados al sol: se entretenían mediante juegos improvisados. Tanto, que acababan desafiándose. La cuestión era relacionar dos conceptos, palabras, animales, asuntos o cosas, por muy dispares que pudieran ser, a fin de ofrecer un relato dotado de cierta coherencia. Uno de ellos propuso: el zorro y el tomate.
«Bien. El zorro, ese animal al que, como a otros, atribuimos características que nos son propias. Lo hicimos con los dioses: les dimos forma para entender lo que nos supera. Y con los animales hemos hecho algo parecido. Ellos, que ocupan casi toda la naturaleza, han terminado por reflejarnos.
Vinculamos la lealtad con los perros, la sabiduría con los búhos, la locura con las cabras, como si todos hubieran aceptado cargar con esas cualidades. ¿Y los zorros? En ellos reconocemos la inteligencia, la astucia, la agilidad, la capacidad de eludir la captura. Les atribuimos la habilidad de conseguir lo que desean mediante la mentira y la adulación».
«Por otro lado está el tomate. Esa fruta, esa baya llegada de América, tan presente en nuestras mesas. Parece modesta, destinada únicamente a ser comida, que no es poco. Pero algunos tomates… aunque eso se sabrá después».
«Ahora digo que el zorro, un zorro, deseaba algo más que cazar para comer y huir para sobrevivir. No percibía la vida con disgusto, pero ansiaba control, certeza, menos esfuerzo cada vez que el hambre mostró sus exigencias. Por eso, en sus ratos libres, estudiaba.
Optó por las clases del señor búho, y fue allí donde supo de ciertos tomates que brotaban con una singularidad: podían conferir poderes a quien los comiera. Pero había una condición. Solo lo hacían si se dejaban comer».
«Había que convencerlos. De lo contrario, aunque fueran engullidos, no era prudente esperar otra cosa que no fuera una digestión normal».
«El zorro pensó que aquel era un objetivo digno. Bastaba con encontrarlos. Y el señor búho solía asegurar que eran indistinguibles, salvo por un detalle: el rabillo, naturalmente vegetal, no era dorado, sino de oro auténtico».
«Así que se puso en camino. Buscó durante días, quizá más. Y, porque el tiempo apremia en los cuentos, encontró al fin un tomate con rabillo de oro».
«No podía imponerse. Esta vez no bastaban la fuerza ni el engaño directo. Se acercó sin prisa, olfateando el aire como si nada le importara, y habló:
—No todos saben aprovechar lo que son. Algunos permanecen en la rama sin cumplir nada. Otros… podrían servir a algo más grande».
«El tomate lo miró con desconfianza. No era el primero que se acercaba con palabras amplias.
—¿Y qué gano yo si me devoras? —preguntó.
El zorro inclinó la cabeza, como si meditara. Pero en su mente no había duda: quería dominar sin esfuerzo, imponerse sin oposición, no volver a temer ni a depender de nadie.
—Nada se pierde si se hace bien —respondió—. Tu fuerza se transformará en algo útil. Otros podrán aprender gracias a ti. Yo recorro mundos, llevo lo que soy más allá de mi lugar de procedencia. Y tú… serías parte de algo mayor.
Se detuvo un instante, midiendo cada palabra.
—Si decides entregarte, será porque comprendes tu valor. Nadie te obliga. Nadie te engaña».
«El tomate guardó silencio. Desconfiaba, pero aquellas palabras tenían su peso. Pensó en los días idénticos, en el sol, en la rama que no abandonaría jamás. Pensó también en desaparecer.
—¿Y si mientes? —insistió.
El zorro sostuvo la mirada, sereno.
—Entonces nada de lo que buscas tendría sentido.
El tomate dudó un instante más.
—Entonces… acepto».
«Y se dejó comer».
«El zorro logró lo que se proponía. Pronto fue más inteligente, más ágil, más escurridizo que ninguno. Logró influencia, se impuso simplemente por estar, y su capacidad para mentir y adular era mayor que la de cualquiera.
Y, sin embargo, aquello tuvo consecuencias. Sus abusos llamaron la atención de otros, incluso de quienes nunca antes se habían enfrentado a él. Lo vigilaron. Lo desafiaron. Lo persiguieron.
Y su vida, en el fondo, no cambió: siguió corriendo, saltando y peleando por lo mismo de siempre».
Yo no supe más. Procuré que no se notara que estaba al tanto de lo que allí sucedía, sobre todo porque nunca recibí invitación. Ahora, como cronista ocasional, lo cuento. Lo he contado. Lo conté.
Me destoso.
https://es.wikipedia.org/wiki/Tomate
https://losamigosdecervantes.com/2016/03/16/oda-a-la-tomate/
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona ChatGPT




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