LAUREL AMARGO
Buenas noches nocturnas… Ni siquiera puedo describir su aspecto, y eso que debían de estar en las proximidades. Los nombres, porque se llamaban a voces, me parecieron árabes. Pero, claro, qué sé yo. Como si dominara las lenguas de otros, yo, que apenas conozco este idioma. En fin.
Eran niños, jugaban, por lo que escuché —ya que ese parlamento lo reconocí—, a las escondidas, y exageraban mucho, llamándose antes de aparecer, fingiendo sorpresa. Deambulaba, de regreso a mi puerto de partida, por las cercanías de un parque, y me dio por imaginar. No a estos chavalines de domingo, sino a otros, muy aficionados a los juegos y especialistas, sin duda, en lo concerniente a esa actividad: ocultarse cual, a veces, solo se consigue revistiéndose de negro en la noche.
La verdad es que, de haberse considerado oficio, habrían recibido el trato de maestros. Pugnaban por esconderse y les llevaba horas encontrarse los unos a los otros. Eran tres. Tres inseparables y, sin embargo, a menudo solos, a salvo de toda mirada, en ubicaciones sorprendentes. En más de una ocasión, hubo que pedir ayuda a los mayores, porque se habían escondido tanto que eran incapaces de decir dónde estaban. Se ocultaban en sitios impensables.
Por ejemplo: el recipiente inferior de un reloj de arena. Allí, a quien se le ocurría, podía pasar horas, porque era un artefacto casi sin uso desde que el tiempo se medía con relojes mecánicos o en pantallas. O dentro de un libro. No de un libro cualquiera. Solían elegir enciclopedias de las que dormían en los estantes de las bibliotecas. Al menos, mientras no las retiraran para poner en su lugar libros de autoayuda y psicología terapéutica, ofrecían entretenimiento y otros curiosos asuntos.
O sobre la carcasa superior de un semáforo para peatones. Ahí no miraba nadie nunca. Lo usual era asomarse al pico de la acera para ver si estaba por presentarse algún automóvil, conducido o no por seres humanos: en el caso de que se avecinara alguno, pies quietos; de lo contrario, ancha es Castilla.
El caso es que llegó un día en que no pudieron descubrir dónde estaba cada uno. Sus vidas continuaron sin que supieran de los demás, ni qué hacían ni si les aprovechó la existencia. Al cabo del tiempo, el menos diestro de los tres, aquel que, aunque era muy, muy bueno en el noble arte de pasar desapercibido, terminaba por ceder ante los otros dos, los encontró.
Habían muerto. Lo supo por los periódicos. Todos recogían la noticia: Daniel Efante, fundador de una de esas empresas tecnológicas punteras, finalmente desaparecida en el vientre de una gran multinacional, solucionó su vida mediante el dinero que recibió al venderla. Luego se dedicó a la filantropía, aunque, al parecer, existen sucesos de su vida que pertenecen a muy dudosas maniobras y se sospecha de su entendimiento con sujetos nada presentables.
Y Álvaro Metro, abogado, litigante a sueldo de representantes de la mafia y de otros delincuentes, a menudo partícipe de hechos delictivos, aunque no llegó a entrar en prisión. Se le relacionó, durante mucho tiempo, con Daniel Efante, y parece que tuvieron alguna diversión común en República Dominicana.
Los había encontrado. Esta vez sí. Esta vez podía saborear la victoria.
Él: Luis Obara. Después de pasar cuarenta años en la misma oficina, desayunando en el mismo bar, anodino padre de familia anodina, triunfador. Lo que no pudo nunca.
Contento como para dar saltos, como para abrir las ventanas y comunicarle a todo el mundo que los descubrió, él, él solo. Sin embargo, como el gas de una botella de champán, sus ánimos se fueron apaciguando y la efervescencia desapareció. ¿A quién quería engañar? ¿Qué carajo de triunfo? Si los otros dos no estaban, como no se restregara el laurel por las narices situándose ante el espejo… Qué fatalidad.
Hasta que no muriera no podría saber si en el más allá también cabe esconderse, y si se retienen esas habilidades o hay que adquirir nuevas destrezas. Habría de esperar hasta que le llegara su hora. O no.
Sea como fuere, suspendí todos estos supuestos originados en mi imaginación. Ya no escuchaba a los chiquillos. Hacía un buen rato que no. Quizá también los imaginé.
Me destoso.
La imagen se obtuvo gracias a los servicios que proporciona FREEPIK




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