MANUSCRITO ENCONTRADO EN UNA EXPLANADA SOLITARIA CON FURGONETA Y MURO AL FONDO
Buenas noches nocturnas… Así que no venían. Los de la plataforma elevadora no se habían presentado. Seguro que era obra de los agentes de su padre: otra intromisión, otro sabotaje, otro fastidio. Pero no impedirían el amor. El amor que aguardaba, cautivo, al otro lado de la ventana situada en lo más alto del castillo.
Desde luego, su padre estaba en todo. A cañonazo limpio contra la familia de la dama a quien tanto deseaba su hijo y, sin embargo, capaz de movilizar a sus servidores para desbaratar la idea de casamiento que lo había llevado allí, previo rapto; la acción liberadora indispensable. Detuvo la furgoneta cerca del muro porque pretendía valerse de la escalera y subir hasta el enrejado del ventanal. Al menos, mientras los de la grúa llegaban, estaría cerca de su amor. Eso era lo que le urgía.
Pero la maldita escalera no era más que la reproducción burlesca del atajo que imaginó como vía de llegada y salida. Un fraude. Un dibujo realizado por esos «terroristas pintaparedes» que, de vez en cuando, asaltan propiedades ajenas para dejar su «lindo regalo».
Daba la espalda a la cárcel. Esa prisión que —a pesar de que, según los mensajes recibidos de su «encantador delirio latente», ella estuviera recluida en estancias lujosas y confortables— no era sino un calabozo a todas luces. Se fue alejando de la zona operativa conforme la desazón empezaba a apoderarse de él. Miraba al horizonte en busca de un movimiento, un atisbo de maniobra repetidamente frustrado, mientras fumaba. Lo había dejado porque ella se lo pidió; sin embargo, la prisa, la ansiedad y la dependencia de terceros —sin saber si cumplirían con el pacto— desbordaban su humor y todo autodominio. Fumaba por despecho con la vida.
Además, la escalera no llegaba al suelo. Debería haberse dado cuenta. Los excesos de la pasión son como los vapores de una caldera a punto de estallar: un humo que desvirtúa todo intento de examinar y resolver las cosas. Se estaba comportando como un tonto. Sin duda había caído en una trampa; una ilusión dispuesta para enloquecerlo y provocar una cadena de errores por los cuales la esperanza acabaría convertida en un residuo amargo, destinado al cubo de la basura.
Pensó que su sola presencia, el simple hecho de ponerse en marcha, bastaba para sobrepasar todos los obstáculos. Ahí estuvo su primera gran equivocación. Lo conocían bien y, como nunca se ocupó de disimular sus creencias, ahora se aprovechaban de cuantas debilidades pudiera tener un corazón expuesto, abierto de par en par. Había sido muy tonto.
Seguro que estaban a punto de asomarse todos desde los tejados para burlarse de los dos: de él y de la cautiva. No hace falta apresar al ratón en la trampa; basta con que se dé cuenta de que el queso que estuvo a punto de morder no era sino un simulacro. Las risas, a continuación, obran los mismos efectos que la más acerada y brutal de las cizallas. Y eso ocurriría de un momento a otro.
Solo le quedaba esperar. Dejar que los minutos transcurrieran porque, en realidad, lo había perdido todo. Ni siquiera iba a tomar la furgoneta para regresar. Caminar era la única salida, en cualquier dirección, hasta presentarse en un lugar en el que no se le conociese.
La renuncia al amor también era evidente. Sus promesas, reducidas a la nada, eran otra demostración de fracaso que lo incapacitaba para responsabilizarse de poco más que sostener sus propias carnes. Para sus adentros, sería una ruina constante. Ojalá allí donde parara —donde nunca hubieran sabido de él— los ecos de este estúpido episodio de su vida ni siquiera llegaran a ser eco nunca. Ojalá.
A modo de coda: Qué cerca está San Valentín y qué ridículo es todo siempre.
La imagen, atribuida a John Menapace, se obtuvo porque se apareció así en la cuenta de “Las citas de las horas”, publicación de Tumblr.
https://www.tumblr.com/lascitasdelashoras/808098870112518144/john-menapace?source=share



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