MECANOSCRITO O DIGITOSCRITO, COMO PREFIERAN
Buenas noches nocturnas… Debo decirlo, y que se entienda como una confesión: la informática no solo ha mejorado mi caligrafía, sino que la ha sustituido. Siempre he tenido una letra irregular, deficiente, penosa, más emparentada con la que se atribuye a los profesionales de la medicina. Ahora que apenas escribo a mano, no concibo que lo que produzco para comunicarme con los demás resulte inferior. De momento, se sostiene con idéntica calidad— sea la que fuere— y, por supuesto, es absolutamente legible. Es lo que tiene la tecnología.
Por cierto, esta ciencia es distinta de la anterior, como lo es —y sigue siéndolo— la forma de plasmar las combinaciones del lenguaje que llamamos texto. En consecuencia, el ordenador consigue justo lo contrario de lo que podría suponerse, al menos, en mi caso. A partir de lo ya expuesto, se demuestra que no he invertido tiempo ni dinero en mejorar esa habilidad humana. Pude haber obrado de otra forma, pero esto que narro es la realidad. Y a este estado de las cosas pertenece también el testimonio que a continuación comparto: estoy convencido de haber escrito mucho más que durante toda mi vida anterior desde que dispongo de uno de estos aparatos.
En esencia, se me describe bien si se me señala como ejemplo de lo contrario a lo que se espera de quienes prescinden del noble arte de la caligrafía. Me parece, además, una cosa distinta de la escritura. Escribir a mano, con una letra clara y preciosista, supone emprender un camino estético que combina la proporción de lo dicho con la belleza de la forma. Ahora bien, nunca dejará de producirse este procedimiento, con mayor o menor rotundidad plástica, y me atrevo a decir que, en la mayoría de los casos, todas las virtudes que se derivan del acto de escribir —ya sea empuñando un bolígrafo o pulsando las teclas de una consola— se mantienen. Otra cosa son las opciones y los casos especiales, que siempre los hay.
Algunos profesionales aseguran que lo que se escribe se recuerda mejor, pero no comprendo que la memoria mejore solo por escribir exclusivamente a mano. Tiene, desde luego, implicaciones propias de lo artesanal, aunque ni siquiera los libros se nos ofrecen en tipografías que imiten el manuscrito. Al contrario. Eso debe significar que conviene anteponer la comunicación universal al rasgo primoroso y diferenciado.
En definitiva, cuando me aproximo a la mitad de este aviso de actividades, no me he manifestado en contra de la escritura ni censuro a quienes prefieren servirse de un cuaderno y un lápiz para redactar sus pensamientos y sus versos. Todo lo contrario. Me enervan, eso sí, las maniobras de quienes recurren al comodín de la guerra contra la tecnología, sabiendo que todos sus actos tienen difusión —amplia difusión— gracias a aquello que combaten. Muy propio de estar contra algo y, sin embargo, cabalgarlo.
Ocurre con las redes sociales. Muchos caudillos suben a las tribunas para rasgarse las vestiduras y asegurar que los teléfonos y sus servicios asociados son el mal. El mal, siempre que permitan entrar en conexión con otros seres humanos que aparecen en las redes sociales. El infierno, hoy, parece estar ahí. Y, por tanto, como arden los bosques, algunos proponen talar los árboles. Hagamos eso, pero que el hacha no llegue a mi parcela, en este mismo lugar donde he levantado mi púlpito. Olvidan estos defensores de la corrección que prescriben sus loas a esta comunidad de desnortados, cuando una revolución se engendra y se difunde.
Creo que lo que nos corresponde a cada uno es mejorar como especie. Tanta humanidad y, al mismo tiempo, tantas sospechas. Dicen verdad quienes censuran la velocidad con la que suceden y apreciamos las cosas. Proponen una versión del mundo en la que todos galopan. Me parece que, al paso, no vamos. Pero sería ridícula la unanimidad. Lo es la supremacía actual y lo sería su exclusión.
La velocidad solo tiene un inconveniente, grave a mi entender: muchas veces se ejerce aun sabiendo que perjudicará a terceros. No me molesta quien fuma, mientras no me perjudique. No me molesta quien grita, mientras no sufran mis oídos. No me molesta que mis opiniones conciten desavenencias, mientras no se me exija retractarme por el simple hecho de expresar algo distinto.
Y lo digo por escrito. Leo desde los doce años, y es gracias a que otros escribieron antes. Lamento únicamente no haber producido algo digno de permanecer entre lo deseable. Pero no solo no ganan todos, sino que solo algunos alcanzan la excelencia. Es así.
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona ChatGPT.




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