NADA QUE VER CON EL GRAFITO, AUNQUE RESULTE DE IDÉNTICA CONSTITUCIÓN CROMÁTICA
Buenas noches nocturnas… Tras el horizonte selvático del Carnaval, a punto de constituirse, ocupará su sitio el advenimiento de la ceniza, al menos para quienes nos hemos educado en el cristianismo, seamos creyentes o no. Ese es el orden. Cuando llegue, participaremos en las celebraciones a las que dé lugar la fiesta del disfraz, de la máscara, de la parodia, de la burla, de la denuncia... y del recogimiento, la contracción que supone el inicio de la Cuaresma, ya los atavíos depositados en los baúles hasta una nueva convocatoria, y los gestos y las palabras informales también.
Del arco iris y su casa común, el blanco, presidiéndolo todo, al gris como tendencia y como consecución. Intervendremos —dije— o nos mantendremos al margen, o puede que hagamos acto de presencia en esas dos corrientes como navegantes a tiempo completo, a tiempo parcial o a imagen y semejanza de nuestros propios deseos y posibilidades.
Así que, ya lo ven, también estoy pensando en gris. No solo por la nube de amenazante tormenta que se ve desde la ventana de la vivienda desde la que escribo todo esto. Porque apareció en la tele una persona, un personaje forense que, para describir algo que examinaba, mencionó el color gris. Y lo hizo con ese mismo nombre y una filiación adicional, con un apellido: gris topo.
Entonces, ¿todos los topos son grises? ¿Y qué significa «gris», concretamente? Pues bien, no: los topos existen, por decirlo así, en otros colores. Y el significado de la palabra «gris» nos remite a la ya mencionada transición entre el blanco y el negro, a lo que se contempla sin que produzca magnetismo alguno o salvedad destacada, a la variedad climática próxima a la lluvia y a las bajas temperaturas. Pero hay ardillas grises y los «grises» eran aquellos policías nacionales que sirvieron durante la dictadura. Todo eso es gris, y no necesariamente lo único.
Por ejemplo, porque no hay exclusividad, seré certero si menciono una ocasión en que la asamblea de los grises, a la que no se invitó a «Gandalf», el conocido mago que aparece en las obras de Tolkien, «El Señor de los Anillos» y «El Hobbit», pues la reunión estaba reservada a los animales que pudieran acreditar su condición de criaturas identificables gracias al color de los cabellos que no se atreven del todo a ser canas, excepto los primates, se convocó para resolver algunos asuntos de gran importancia.
En esa conferencia ocuparon un espacio singular el delegado de la fauna perteneciente a los topos de aspecto sombrío; el delegado de los elefantes africanos y asiáticos; el delegado de los rinocerontes que no son negros; el delegado de los lobos solitarios y en manada; la delegada de las palomas que evitan el blanco o el negro como lustre de plumaje; los ratones, que acudieron con el voto delegado de las ratas; la delegada de las focas que esperan no ser devoradas por orcas u osos; el delegado de los tiburones sangrientos e inofensivos; el delegado de los koalas; y el delegado de los equinos grises, señor burro.
Se trataba de llegar a un acuerdo y presentar ante el mundo un líder universal, depositario de todas las esperanzas de los seres grises. Cada uno de los que se desplazaron hasta allí creía que atesoraba cualidades por las que ser considerado digno embajador de la plata. Por lo tanto, aconteció un debate.
Cabía ponerse de acuerdo, por ejemplo, en lo que significaba ser gris. Aparecieron criterios obvios como las variaciones de tono, extensión, pureza, simbolismo y percepción por parte de los humanos, ausentes entre los de la partida. Y, con todo esto, después, una llamada de atención: el gris no es un color único, sino una familia de estados. Hay polvo, piedra, niebla, metal, piel, sombra, arena, limo…
Sin menoscabo de otras opciones, se hubieran equivocado en el caso de haber observado esa materia desde el prisma de la competición. Y, aunque por pureza cromática el rinoceronte (gris mate, consistente) resultaba preferible; si por presencia el elefante contaba con anuencias sin disimulo; si la cotidianidad «daba alas» a la paloma; y por cuestiones de neutralidad funcional el ratón se llevaría la palma, todos coincidieron en el lobo. Porque los lobos son inconstantes en su grisura, mudables por dinamismo: cambian con la luz, la estación, la distancia y el paisaje. Representan el gris como fenómeno especializado en las asociaciones, cual grupo de seres vivos que triunfan desde el mismo instante en que cuentan los unos con los otros.
Me di cuenta, al finalizar este concilio, de que, si la mañana había sido —calificada por la mujer que empieza a dominar las constantes y desavenencias del tiempo atmosférico —también según sus conocidos— y a quien menciono en estos escritos como «ELLA»— día de jubilado, por el mucho y agradable sol del que se disfrutó, la tarde-noche de este viernes era noche de lobos. Noche de lobos, que es mucho decir. Pero ese cuento se contará otro día.
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona GROK





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