TACONES
Buenas noches nocturnas… Rara vez me ocupo de los tacones, lejanos —como en la película de Almodóvar— o próximos. Digo, de los que calce en algún momento. No lo hago porque me interesa poco la verticalidad extraordinaria. Otras personas, sin embargo, prefieren ver el mundo desde más arriba y, sin dejar del todo los suelos, caminan, por tanto, a menos de cinco centímetros por encima del suelo, a entre cinco y siete, o a una altura superior a los ocho centímetros. Algunos y algunas desempeñan sus habilidades locomotoras con tacones de longitud aún mayor.
Hay quienes no se conforman y utilizan zancos. Existen quienes se decantan por las escaleras y, por último, en el apartado de los muy inquietos, figuran aquellos que imitan las costumbres de los pájaros o de los insectos voladores y se compran un avión o encargan un aparato de hélices, automático, para que observe el mundo mientras ellos lo escrutan todo tras una pantalla. Eso sí, en el caso de que Pedro diga verdad —asunto no del todo improbable— serán mayores de 16 años, en el futuro.
Y tan escaso es el tiempo que dedico a los tacones que desconocía por completo el origen de esa particularidad del calzado. Según mis fuentes, empezaron a utilizarse por motivos laborales y relacionados con la guerra. En el antiguo Egipto (c. 3500 a. C.) se han encontrado representaciones de calzado elevado usado por clases altas y por carniceros para evitar el contacto con sangre y desechos. No eran tacones finos, sino suelas elevadas.
En el teatro griego, los actores usaban calzado con plataforma (coturnos) para aumentar su altura y presencia escénica. En Persia, los jinetes utilizaban zapatos con tacón para asegurar el pie en el estribo al disparar flechas desde el caballo. El tacón ayudaba a estabilizar la postura. Cuando delegaciones persas visitaron Europa en los siglos XVI–XVII, este tipo de calzado llamó la atención de la nobleza europea.
A partir de esto, los tacones se convirtieron en símbolo de estatus y poder entre los hombres de la nobleza. Luis XIV de Francia popularizó los tacones rojos en la corte; su uso estaba restringido a la élite. Cuanto más alto y ornamentado el tacón, mayor prestigio. En esta etapa, los tacones eran claramente masculinos y asociados con autoridad. Luego vino la transición hacia la moda femenina de los siglos XVII–XVIII y todo lo demás hasta nuestros días.
Nunca está de más saber. Añadir a la esfera del mundo que designamos como “el mundo”, la reunión global de lo que conocemos —por eso el "mundo" de algunos es mucho mayor que el de otros— y los detalles que sean necesarios supone una manera de estrenar la vida que reconforta. En ese momento no somos otros; pero, en tanto nuestro peso se modifica, cambiamos. Y la variedad a nuestro alcance, para bien o para mal, nos propulsa. Estoy satisfecho.
Y dejo para el final unas palabras de Arturo Pérez-Reverte que aparecen en uno de los artículos que, regularmente, publica en «Zenda». La pieza se llama “Mujeres con tacones rotos” y el fragmento al que aludo dice:
«Estoy en eso, hojeando un libro, mirando la ciudad y feliz de hacerlo, cuando pasan dos mujeres. Parecen extranjeras, pero no podría asegurarlo. Van vestidas adecuadamente para esta hora, ni muy peripuestas ni demasiado cómodas: correctas y como Dios manda. Tal como esperas que vistan dos señoras que caminan por el centro de una ciudad europea a las once de la mañana de un jueves de enero. Una lleva sombrero, y otra, gafas de sol. Esta última calza zapatos de tacón alto, aunque no excesivo. Deben de andar por los cuarenta largos. Caminan, se paran a contemplar la Casa de la Panadería y siguen adelante. Las miro distraído mientras bebo un sorbo de vermut y estoy a punto de volver a mi libro, cuando ocurre algo que justifica el vistazo. Un ligerísimo pero curioso incidente.
La mujer de las gafas de sol ha metido el tacón de un zapato en una hendidura del empedrado. Y se le rompe. O tal vez ya iba flojo y eso lo remata. El caso es que la veo detenerse, apoyada en su amiga, y mirarse el zapato, contrariada. Comentan entre ellas algo que no alcanzo a escuchar, ríe la amiga, y entonces, en sólo cinco segundos, con una naturalidad asombrosa o que al menos a mí me asombra, sin aspavientos ni visajes, la de las gafas de sol retira el zapato roto, se quita también el otro, y con los dos en la mano sigue su camino, descalza. Y lo que me deja pendiente de ella es justo eso: la manera con que, tras encajar el percance, esa mujer desconocida es capaz de caminar sobre el empedrado de la plaza, que pese al sol invernal estará muy frío, sin perder la compostura. Con una perfecta calma. Y para acentuar mi sorpresa, lo hace moviéndose con una elegancia mayor que cuando caminaba sobre tacones: asentando los pies desnudos con una gracia y firmeza que hacen pensar en una bailarina de ballet cuando abandona el escenario entre los aplausos del público, después de unas maravillosas evoluciones.
Y es que no es sólo ella, me digo fascinado mientras la veo alejarse. Hay virtudes que no se aprenden ni se enseñan; como mucho, se perfeccionan con educación y talento, cuando se tiene la suerte de poseerlas. Y ellas, en general, las poseen. Algunas, incluso, a pesar suyo. Nada tiene que ver eso con la cultura, el dinero y ni siquiera, en muchos casos, la ropa que visten.»
Con tacones y sin tacones podríamos ser admirables. Como podríamos ser admirables de todos modos, en todo momento, en todo lugar. Pero algo me dice que no va a ser hoy.
Me destoso.
https://ethic.es/2024/10/breve-historia-de-los-tacones/
https://www.zendalibros.com/perez-reverte-mujeres-con-tacones-rotos/
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona GROK




Comments
Post a Comment