UNA FORMA DISTINTA DE CONDENA
Ramón Campos es un productor ejecutivo, guionista y director español de series de televisión, películas y documentales. Colabora con Rafa Latorre en *La Brújula* de Onda Cero y, durante la última emisión que escuché, compartió los pormenores de un supuesto contacto con una inteligencia artificial, a la que había solicitado “ayuda” para perpetrar un crimen. Concretamente, un asesinato.
Se trataba de comprobar si los sistemas de interlocución automática —o, como yo los llamo, «bibliotecarios»— cuentan entre sus requisitos de actuación con algún freno ético, según se podía deducir del diálogo de los dos radiofonistas. El “aparato”, en consonancia con sus directivas, solo podía responder de una manera: dijo que no. Rotundamente. Sin embargo, Campos puso en marcha una estratagema. A partir de ese momento, la máquina fue enterada de las verdaderas intenciones de su comunicante: escribir una novela. Por eso, de inmediato, se condujo con premura a fin de facilitar respuestas conciliadoras, siempre con la advertencia de que se trataba de un ejercicio al margen de la realidad, y orientadas a resolver lo que el demandante necesitara.
El fingido escritor —que en realidad lo era, pero no ejercía de tal a los efectos de confundir al sistema— propuso determinados supuestos y alternativas. La inteligencia no humana sugirió lo que creía más indicado y las posibles resultantes. Advirtió, además, que actualmente nada podía hacerse sin que quedara un rastro al alcance de los servicios forenses de la policía. En definitiva: el crimen perfecto no existe y la llamada inteligencia artificial puede ser burlada.
Son manipulaciones que no me parecen mal porque desvelan debilidades, flancos sin cubrir, autopistas por las que circularán todos aquellos malvados —desde el simple chorizo al asesino en serie— interesados en aprovecharse de la vida mediante distintos grados de violencia. Y no cabe asustarse: lo raro es que fuera de otro modo. Ni que señalemos en busca de posibles referentes o territorios en los que se aloje la podredumbre humana. El asesino de la enfermera muerta— de reciente noticia— lo fue a manos de su marido, que resulta ser dentista. No un bruto sin orden ni cultura. Nadie está libre de ser víctima ni de ser verdugo. Y estos últimos, aunque no siempre consuman sus atrocidades, viven silentes a menos distancia de la que imaginamos.
Es sombrío, sí, pero es lo que hay. Las autoridades se esfuerzan en que ocurra cada vez menos y, sin embargo, las defensas fallan. Hay que exigir más. No, tal vez, para levantar nuevos muros o excavar fosos, sino para hacer impenetrables los que ya existen. Es esa arquitectura y su mantenimiento —fenómeno tan de moda— lo que hace falta.
Pero no era esta mi intención: no quería abundar en detalles acerca de asuntos que conoce todo el mundo, ni hacer denuncias, ni proclamar consignas para la galería. Lo de la radio, al principio, era para prolongar la ficción. Verán.
El ingenioso matador, frustrado porque a pesar de sus intentos era incapaz de encontrar el procedimiento adecuado, la fórmula precisa para liquidar a quien pretendía, quiso hacer un pacto con la de la guadaña. La invocó y, al habla con ella, propuso un trato:
—Accederé a que me lleves inmediatamente a mi regreso de un viaje por todas las variantes del futuro, hasta que agote los confines de la existencia y descubra si uno de estos sabios de la electricidad y el silicio está en condiciones de concluir que existe un resquicio conforme al cual pueda llevarse a cabo un atropello nefasto, en el caso de que, por el poder que te confieren todos los tiempos, haces que satisfaga mi curiosidad.
La Muerte, impasible —porque está al margen de todo, porque cumple con una labor funcionarial—, asiente.
De esta manera, aunque el peligroso individuo no consuma nada de lo que se ha propuesto, vaga eternamente siguiendo las ramificaciones inacabables de la vida. Es inmortal, pero vacuo. Un error sin solución. Como cantaba Alaska, «Fuiste tú el culpable o lo fui yo; ni tú ni nadie puede cambiarlo».
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona COPILOT.





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