CAOS EN LAS VIALIDADES
Buenas noches nocturnas… Cuando salió de la casa, se estremecieron los cimientos de la finca. Había discutido sin querer discutir. Diego era, a menudo, impertinente, incapaz de mentir o de callarse. Porque no se puede decir todo, como acostumbran quienes presumen de una transparencia propia de los que no tienen inconveniente en mostrar el interior de sus intestinos. “Mi trabajo”, “mis modelos”, “la belleza de la chica”… ¿Acaso no sabía lo perturbador que resultaba todo eso para ella? ¡Cuántas veces se lo había hecho saber!
—Prefiero que no me cuentes nada.
Pues otra vez la burra al maíz, y el burrito a los elotes, se dijo Frida. Así que no le hurtó filo a la lengua y, como sintió que se la combatía con el desdén, nada que se sostuvera podría evitar la conmoción que lleva aparejada el paso de un coloso. Desairada y presurosa llegó al portal y, a pesar de los pesares de su dolor físico y su cólera emocional, abordó el taxi que la esperaba, cual sube un general a su carro de guerra.
No obstante, las circunstancias de la vida eran otras, incluso del tiempo. Bien se sabe que quienes alcanzan la inmortalidad, aunque carnalmente desaparecidos, perviven en la memoria de los que consumen sus propias vidas, y residen en los actos y en los ritos. Por eso, en la calle de la ciudad en la que algunos la identificaron para olvidarla de inmediato —¡no puede ser!— todo era ajeno a la “diosa” mexicana y a sus conflictos. De hecho, estaba a punto de oponerse a esa voluntad a menudo sumida en la desesperación.
Se había prometido llegar temprano a la galería, presentarse con serenidad, demostrar —aunque fuera solo para sí misma— que podía sostener su vida sin depender del humor cambiante del señor Rivera, pero al doblar la primera esquina el taxi se detuvo en seco. Vallas, voluntarios, corredores: una ciudad convertida en tartán sin previo aviso. El conductor se giró, encogiéndose de hombros:
—Señora… hoy hay una maratón. No sabía. No se puede pasar.
Frida cerró los ojos un instante. Pensó en tonsurar el cráneo del taxista mediante una rebanada a la altura del cuello. ¡Cómo no iba a saberlo! Lo que fuera por una carrera interminable. Sintió cómo la rabia que llevaba dentro se mezclaba con la nueva frustración, creando una mezcla espesa, casi física. Era el retraso y la sensación de que el mundo entero conspiraba para ponerle trabas justo cuando intentaba aprovechar el tránsito por las calles, ahora encarceladas, para recomponerse, para recobrar el aire que sintió que le faltaba.
—Carajo —murmuró—. ¿Qué clase de pendejo ha organizado todo este borlote?
Pagó, bajó del taxi y empezó a caminar con pasos cortos pero decididos. El rebozo se le deslizó del hombro y lo recolocó con un gesto brusco, mientras cada calle que intentaba tomar estaba cerrada y cada desvío la llevaba a otro bloqueo. Los corredores pasaban a su lado como si fueran parte de un sueño ajeno, uno en el que ella no tenía cabida, y el margen que había ganado saliendo temprano se evaporaba. Sintió un nudo de tristeza en la garganta, de impotencia. La discusión con Diego seguía latiendo en su cabeza, al compás de un metrónomo inmisericorde.
Sacó el móvil.
—¡Vaya, los fantasmas tenemos lo que queremos!
No iba a permitir que aquellos que la estaban esperando pensaran que era irresponsable, ni que nadie —ni siquiera Diego— pudiera decir que no cumplía. Escribió:
“Voy camino a la galería, pero la ciudad no hace otra cosa que moverse al trote, cambiando como un acertijo continuo. Las calles están cerradas y avanzo como puedo, sorteando a domingueros en familia. Llegaré tarde, pero llegaré.”
Lo envió sin borrar ni una palabra. Era la verdad, pero también un desafío: no me rindo, aunque todo esté en mi contra. La respuesta llegó enseguida:
—Frida, ¿estás bien? ¿Qué ha pasado exactamente?
Ella apretó los labios. Estaba cansada de que el mundo la tratara como si fuera frágil. Frágil no era. Doliente, todo lo más. Con mucho enojo, eso sí. Pero no quebradiza. Escribió:
“Estoy bien. Solo presa en un cuerpo que no se deja y al albur de una ciudad que ha salido en estampida.”
Mientras avanzaba, observó a los corredores. Algunos parecían satisfechos, otros exhaustos. Ella no estaba de humor para encontrar belleza en aquello, pero aun así la vio: un movimiento colectivo, un impulso vital que no tenía nada que ver con su propio caos interno. Pensó, con amargura:
“Moverse es un derecho. Un derecho del que no todos podemos disfrutar a la vez. Y nadie me ha pedido permiso para que ceda.”
Y luego, casi a su pesar:
“Pero miren… galopan sudando su felicidad. Parece que fueran a morir tras gastarlo todo cuando lleguen a la meta.”
La organización volvió a escribir:
—¿Quieres que enviemos a alguien a buscarte?
Frida soltó una risa seca, sin alegría. ¿Que la rescataran? ¿Después de la pelea con Diego? No. Respondió:
“No hace falta. No estoy perdida, solo retrasada. No todas las tortugas corremos a la misma velocidad.”
Y continuó. Esperó a que un voluntario se distrajera para cruzar, aun a riesgo de que se la llevaran por delante los galgos y los podencos; se deslizó entre las vallas como el agua ante una sucesión de barbas de ballena. Cuando ya estaba cerca, envió un último mensaje:
“Estoy a unos minutos. La ciudad ya no me importuna.”
Al llegar a la galería, con el rebozo torcido y el pulso aún acelerado por la discusión y el retraso, la recibieron con alivio. Ella levantó la mano, no para saludar, sino para detener cualquier disculpa o pregunta.
—La ciudad estuvo apresurada —dijo—, pero aquí estoy. Como el ratón en el laberinto, el olfato me ha llevado al queso.
Y entró, como alguien que llega después de sobrevivir a su propia furia y a la mala leche del mundo.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona COPILOT.





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