DEMOLICIONES EN CURSO
Buenas noches nocturnas… Dice Alexia Putellas, futbolista, en un anuncio comercial, que las reglas están para cargárselas. Pero no lo dice ella. Simplemente se presta a participar —mediante remuneración, claro— con el fin de transmitir una idea que conduce al consumo. Antes de remachar con el eslogan, se escucha el doblaje —porque lo que se dice no está en correspondencia con la acción— de un mensaje previo: “Decían que el fútbol no era para nosotras y, ¿sabes qué hicimos? Ganar un Mundial y llenar estadios”.
Luego viene la toma en consideración del tema ideológico como una virtud de la marca que se promociona. Para ello se recurre a la voz de los actores contratados, a la música, a las imágenes, etcétera. Visto y filtrado, el mensaje es absurdo y no importa nada. Descabellado, porque lo es eso de romper las normas.
La desconfianza se origina en una estimación: en el caso de las mujeres que se dedican al deporte, concretamente al fútbol, no existían precedentes. Pareció una apuesta segura. Las jugadoras se encargaron de demostrar que no solo era posible un balompié femenino de calidad, sino que saldaron la controversia con la obtención de un campeonato y, de tales triunfos, tales rendimientos económicos. No había normas. Tal vez, creencias. Así pues, lo adecuado hubiera sido decir que se doblegó la presunción de los descreídos. Pero eso, para lo que se pretendía, no servía; no encajaba.
La asociación necesaria para que triunfen la palabra y el modelo se degradó con la afamada gama de inexactitudes que conlleva cualquier información publicitaria. Todo anuncio parte de una ventaja: explotar una vulnerabilidad, fomentar algo discutible tras elevarlo a dogma de fe. En este caso, puesto que aparece una reputada jugadora, campeona del mundo, galardonada con el Balón de Oro a la mejor jugadora del mundo y con el Premio The Best FIFA de 2021 y 2022, circula la primera premisa: persona famosa, admirada, depositaria de una confianza relevante; modelo y ejemplo, en suma, garantía de excelencia. Y la segunda: si ella, que es magnífica, está con nosotros —los fabricantes o distribuidores del producto— quiere decir que merecemos ese vínculo porque también somos extraordinarios. Un prestigio combinado para vender lo que sea.
Luego, si cualquiera de los dos agentes, en el futuro, metiera la pata, harían como Sánchez o sus iguales políticos, no importa en qué formación militen, cuando se menciona su relación con personas de dudosa catadura: “Esos señores de los que usted me habla estuvieron conmigo, pero no los conozco”.
Ahora bien, no hay sorpresas. Esto es lo de todos los días. Es bastante habitual y, si se repara en ello —si lo he hecho en esta ocasión— es porque a la maniobra se le ven las costuras. Si quieren manipularme, al menos que lo hagan con cierta gracia y con talento.
Es verdad que incorporarse a lo cotidiano de la vida debiera ser consecuente con lo que sugiere la periodista Beatriz Miranda, que escribe en el diario *El Mundo* y presenta un artículo editado como lo haría un niño de primaria, cuyo título es “La revolución de ir llorando a las entrevistas”. Sostiene que algunas personas y personajes que se someten al escrutinio, siquiera promocional, en vez de emplear ese tiempo en quejarse de sus asuntos personales —la propia vida que también se vende— debieran ir a lo mollar, a la sustancia de sus actos profesionales. Y estoy de acuerdo.
Cabe levantarse, dejar atrás el lamento por lo que ocurre —lo particular y lo comunitario— y emprender las acciones que convengan. Por eso no le doy más vueltas al asunto. Queda claro que, con esto, no rompo ninguna norma, ninguna regla; así que, sin revoluciones, adelante.
https://www.elmundo.es/loc/sin-noticias-de-dior/2026/03/09/69aad979e9cf4a03458b45a7.html
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona ChatGPT.




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