PATATAS, HUEVO, ACEITE Y SAL
Buenas noches nocturnas… Partamos de la base de que si el objetivo es comer, beber y bailar hasta perder el conocimiento —siendo consciente de sus implicaciones y libre de la confusión propia de la adolescencia—, me declaro ausente en sintonía con el rechazo que siento. Sencillamente, me parece una idea intolerable e inadmisible.
Otra cosa sería poseer los atributos que permitieran resistir los excesos hasta el punto de superar el reto sin rastro de pesadumbre. Tal invulnerabilidad quizá sea posible en las páginas de un tebeo; no sé si existe, pero no dudo del poder de la imaginación y de lo infranqueable que suele ser la realidad cuando, tozuda, quiere imponerse. Al fin y al cabo, se podría dominar al mundo sometiendo al género humano mediante interminables jornadas de fiesta.
«El ave-verde cantaba
paralelepípedo
paralelepípedo
paralelepípedo
El ave-verde cantaba
volando en un velocípedo.
Paralelamente
la recta disparada por el puente.
Los polígonos alborozados
copulaban al son de los triángulos.
Y el vals de los cilindros
por el ruedo nevado de la circunferencia.
Calado el cucurucho
voltereteaban los conos.
El cubo
sumergía la fiesta en el semicírculo panzudo».
Estos versos de Rafael Alberti suponen, según los expertos, la victoria de la luz sobre la sombra. Es el momento en que el lenguaje deja de ser una herramienta narrativa para convertirse en un juguete. ¿Qué otra cosa es una fiesta sino un abandono del orden y el raciocinio para jugar sin límites, aceptando la pérdida de control?
El exceso de Alberti define el umbral que muchos otros aceptan: el del juego como un territorio colindante con la exuberancia salvaje. Admito lo que no es para mí sin rechazarlo ni solicitar que la autoridad intervenga con punición, siempre que ocurra al margen de cualquier perjuicio colateral.
Bajo esta premisa, desconozco cuántas raciones comerán hoy quienes lleven la celebración del Día Internacional de la Tortilla a sus últimas consecuencias. Es, sin duda, otra oportunidad para esa fiesta enunciada al principio que puede disfrutarse de manera ponderada o no. Depende de cada uno. Existen nobles circunstancias y otras que pertenecen al gremio de las ocurrencias; esta de la tortilla, digamos, se encuentra entre las simpáticas.
«Por hablar de ti hablo sin límite y de todo:
estás en la sorpresa, en el alivio,
en el ajetreo de la jerga,
en la armonía de la mesa,
en la calle envuelta en seda,
en el columpio cuando juegan,
en el campo en que se enreda la plática y la greda,
en la jornada mítica y selvática,
en el oropel del canto y una boda.
Y no importa si en cuclillas,
sentado, parado,
simplemente en la horizontal
o vertical curvatura de la tierra
te degusto y hago taco».
Con toda esta luz y efervescencia es imposible no detectar la tentación de la fiesta. Es lo que pienso tras leer estas palabras que son parte de un poema del mexicano Salvador Pliego con las que me cité en la red para ilustrar esta celebración.
Ahora bien, que se sepa: nunca diré que no a un pincho o a una ración de tortilla de patata. Pero no hacen falta celebraciones particulares ajenas al comercio. Una vez entendido que se trata de una llamada al gasto, prefiero consumir cuando quiera y degustar sin proposiciones engañosas. La tortilla es excelente y no requiere de congresos ni parques temáticos. Uno come cuando el deseo manda. Faltaría más.
Me destoso.
https://darabuc.wordpress.com/2009/06/14/fiesta-poema-creacionista-de-rafael-alberti/
https://salvadorpliego.wordpress.com/2010/03/22/la-tortilla/
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona GEMINI





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