SOSTENERSE: MÁS ALLÁ DEL ARREBATO
Buenas noches nocturnas… Cada vez que, por las razones que fueren, he de estimar la pasión y sus circunstancias —por sí misma o por su aplicación en lo que acontezca— siento la tentación de refutar el universo. Me parece que existe un vínculo que exagera o enmascara la realidad entre lo que responden las definiciones quinta, sexta y séptima del diccionario —«Perturbación o afecto desordenado del ánimo», «Inclinación o preferencia muy viva de alguien a otra persona» y «Apetito de algo o afición vehemente a ello»— y lo que considero un orden admisible de las cosas.
La atracción que podamos sentir unos seres humanos por otros funda la pasión. Esto ocurre en nuestro cerebro y, según sostiene la ciencia hasta hoy, tiene una duración determinada. Por lo tanto, toda pasión puede esfumarse al cabo de un periodo, a veces más largo y a veces más corto. Solemos decir, también, que sentir pasión es sentir amor. Yo no lo creo. El amor puede ser consecuencia de la pasión, contenerla durante un tiempo o mantenerse sin otra recurrencia que la de algunos aspectos funcionales. Así que hacer las cosas con amor, por amor, no tiene por qué ser sinónimo de apasionamiento. De hecho, si todo lo fiamos a la pasión, acabaremos pronto con lo que sea.
Por eso, el amor es otra cosa, o debe serlo para perdurar, para que no se nos acabe a las primeras de cambio. El amor es, desde mi punto de vista, un incentivo cuyo grado de certeza radica en lo que se pueda demostrar al respecto. Uno decide acercarse a una persona, interesarse por ella y hacerlo con la voluntad de alcanzar distintos estadios de intimidad. Se somete a principios que tienen que ver con la configuración del mundo y sus bondades, a medio camino entre el idealismo y el sentido práctico de la vida. El amor, tal como lo entendemos, es en gran medida una elaboración cultural: una forma de compromiso que se aprende, se practica y se sostiene.
A un diabético le puede gustar mucho el dulce y, siendo que el dulce, tomado en las dosis adecuadas, es un placer o puede serlo, debe evitarlo para su salud, para seguir vivo. Así que hay personas que nos gustan, pero no nos convienen y pueden perjudicarnos gravemente. Y eso hay que verlo. O hay que examinar las cosas con distancia y criterio para dilucidarlo.
Lo mismo ocurre con todos aquellos asuntos que consideramos dignos de amor y que son capaces de ofrecerlo. Digo, por tanto, que es preferible amar que ser apasionados. La pasión no es un error ni exige trincheras: no cabe combatirla porque está en la naturaleza de cada uno. Solo me inclino por una idea de preferencia. Si se me pregunta, amor antes que nada. Amor que no es magia, ni delirio, ni intensa trascendencia. Amor que es trabajo y razón.
Amar tiene que ser capacidad para explicarnos y dar a conocer eso que sentimos. Incluso en aquellos aspectos que no acertemos a definir con certeza, ese territorio en el que lo mejor es decir: «No sé. Ocurre, pero no tengo noción de lo que sucede».
Por todo esto, si realizamos algo —no importa qué— y decimos que es el amor lo que nos mueve, porque amemos o nos sintamos amados, o ambas cosas, conviene conocer lo mejor posible la materia con la que tratamos. Conocerla permite decidir si los beneficios de tratar con ese algo o ese alguien prevalecen sobre los posibles perjuicios. Todas las cosas tienen su aspecto negativo, sus lados oscuros, su veneno. Pero, a veces, el antídoto no solo nos salva, sino que nos potencia.
Cuando eso ocurre y podemos transmitir los pormenores de toda esa trayectoria —que nunca se termina y está sujeta a todos los cambios de un mundo que cambia— estamos en la linde del amor por la vida bien entendido.
Tanto es así que, como ayer se dio la noticia de la muerte de Fernando Ónega, periodista de currículum muy amplio y excelencia acreditada, voy a cerrar este comunicado sin cerrarlo. Como esta mañana escuché parte del parlamento que dejó grabado cuando se despidió de la radio en *Más de Uno*, de Onda Cero, me serviré del mismo verso de Antonio Machado que él utilizó aquel día:
«Donde acaba el pobre río la inmensa mar nos espera».
Pertenece al poema *Hacia un ocaso radiante* y enseña, según razones que me doy, que concluir cualquier etapa, si se tiene amor por las cosas, no es sino el inicio de algo lo suficientemente grande como para abastecernos hasta el fin.
Pero, aquí, mañana, habrá más.
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona COPILOT




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