TOPOGRAFÍA DE UN JARDÍN EN OBRAS
Buenas noches nocturnas… En un lugar cualquiera de internet, aunque sepa muy bien dónde se alojaba lo que comparto a continuación —lo digo por evidente protocolo—, alguien hace un dibujito, lo rotula y proporciona una vibrante apreciación. Atribuye a un pariente que conoció en vida el consejo de la jornada y sostiene la idea fraternal del abrazo como un gesto a realizar incluso con aquellos a quienes se descartó de la lista de los afines, sobre todo a esos que resultan del todo antipáticos. Es un acto, a juicio de esta persona ungida por el poso de la experiencia, muy útil en ocasiones, puesto que permite estimar, mediante un contacto tan estrecho, las dimensiones físicas del contrario y memorizarlas hasta que llegue el momento de cavar un hoyo en el jardín.
Bien es verdad que esto tiene muchos inconvenientes. Como se nos ha hecho ver en tantas series televisivas, la horticultura gestionada por aficionados termina por ser un error en sí misma. Deja innumerables rastros que luego seguirán los sabuesos encargados de la investigación criminal, que se produce de acuerdo con los términos del guion. Siempre hay personas que se inmiscuyen en la realidad e intentan recrearla y, en este contexto de superposiciones y tangentes obligatorias, es imposible evitar la contaminación. Los sucesos resuenan en la fábula como la fantasía se asoma sin pudor a lo que realmente ocurre, hasta que se produce un trastorno identitario grave. Ya no sabemos qué es qué.
De hecho, empiezo a temerme que el sarcasmo original, ese con el que empecé este comunicado, caduque antes de la siguiente frase. He de probar, no obstante. Veamos. Cabe prestar atención, en momentos de indudable desasosiego, para lograr un equilibrio fértil. Diría que el estado más favorable, llegados a este punto, es el de una balsa de aceite: una superficie inalterable en su reposo. Probé a reproducirla —ya puestos— en un hueco del terreno. Terminados los trabajos, el fluido permaneció conforme con el lugar que lo contenía, pero yo no logré acompañarlo en esa quietud.
Una vez vista la balsa, adentrarse de nuevo en el propio domicilio parecería contribuir a promover el sosiego desde el que deshacer todos los nudos de la adversidad. Al fin, los tropezones que me depare el ingreso bajo techo no son otra cosa que evidencias: la decoración elegida para las distintas estancias y la distribución de los enseres propios están acostumbrados a mi naturaleza errática y obran en consecuencia cuando colisiono con ellos. Es decir, el aceite no me ha servido de gran cosa y ahora tengo dos problemas en el jardín.
La pasma me hará muchas preguntas. El interrogatorio será de película. Se repartirán refrescos y palomitas. Y algún crítico reputado escribirá en un periódico de papel la crónica de otra proyección insustancial por conocida. Me doy cuenta de que el crítico tiene razón y de que me he descubierto. Soy yo, y solo yo, quien pretende acudir a donde sea para abrazar a la gente. No por ansias de humanidad y bendiciones, no por deseos de paz, de amor, de futuro. No. No, no, no y mil veces no.
Quiero estrechar a las personas para saber si están destinadas a los agujeros vacíos o a los que lleno con aceite. Y debo resolver esa insensatez de inmediato. Los jardines agujereados, vistos como un hoyo rectangular, no auguran nada bueno, y las pozas de aceite son del todo sospechosas. Y muy caras. ¡Muy caras! Carísimas. Los precios ya han subido. Subirán más porque los combustibles apenas han empezado a comportarse como alpinistas furibundos, y esto ya no hay quien lo pare.
Cae por su propio peso. Es la fuerza de la gravedad.
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona ChatGPT.





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