VISTO Y NO VISTO
Buenas noches nocturnas… Uno de los misterios más comentados del mundo, aunque no figuren en revistas especializadas ni sean objeto de examen en tertulias radiofónicas o pódcast, ni ocupen minutos televisivos de alta rentabilidad, es el que afecta a los calcetines. Esos episodios de desaparición de la prenda, bien sea el juego completo o solo una de sus partes, casi siempre inmediatamente antes o después de haber ingresado en la lavadora.
No obstante, hay otros, y no menos sorprendentes. En algunas casas occidentales, durante periodos más o menos dilatados, con las primeras luces del día, aparece un palillo —un mondadientes— en el suelo de las cocinas. La frágil estructura de madera, además, nunca ha tenido uso.
Se desconocen cuáles son las causas porque, aunque se sospeche que todo pueda estar originado en una manipulación errónea del recipiente en el que se guardan estos útiles, las personas a quienes se pudiera responsabilizar de los actos dichos niegan este supuesto e, incluso, se ha comprobado, mediante distintos procedimientos científicos para la obtención de la verdad, que no mienten. Entonces, ¿cómo puede ser? O, más precisamente: ¿cómo puede aparecer un objeto que nadie ha utilizado ni recuerda haber desplazado?
Los palillos de madera son objetos inanimados. Se empezaron a fabricar en serie tras concretarse una idea de Charles Forster, quien disponía de una fábrica en Estados Unidos. En la década de 1850, coincidiendo con un viaje de negocios a Brasil, encantado el emprendedor con la dentadura —y otras cosas, estoy seguro— de las mujeres cariocas, pensó en beneficiarse a lo grande mediante la elaboración de los mismos palillos de sauce que en ese país se hacían a mano.
La primera planta de producción se estableció en el estado de Maine y, en 1870, su fábrica producía más de 1 millón de palillos al día. Ahora bien, Forster se encontró con un problema: el público no sentía la necesidad de comprar algo que podía obtener gratis (un simple palo). Y aquí es donde intervino el marketing.
Gracias al ingenio de los creadores de la exitosa campaña que se preparó, basada en la contratación de estudiantes de la Universidad de Harvard, Forster logró crear una demanda artificial. Estos acudían a restaurantes exclusivos de Boston y, tras comer, pedían palillos en voz alta; cuando se les negaba el servicio, mostraban su indignación. Poco después, Forster aparecía para vender sus palillos de fábrica, que los restaurantes aceptaban con entusiasmo para satisfacer a la encorajinada clientela. Otra táctica, para aparentar popularidad, lo llevó a comprar sus propios palillos en las tiendas para luego revenderlos, generando la impresión de que eran un producto muy demandado. Y, sin embargo, ese mismo objeto, nacido de la producción en serie y del cálculo comercial, aparece ahora en las cocinas como si escapara a toda lógica de distribución.
El negocio fue un éxito rotundo y, desde entonces hasta hoy, con el misterio irresoluble del palillo solitario siempre descubierto a primeras horas del día.
Algunos han elaborado una teoría llamada «ley del palillo solitario». Tal axioma dice:
«Todo objeto fuera de lugar al amanecer implica la intervención de un observador con poderes decisivos».
Si esto es así, el palillo no sería un resto, sino un efecto: la prueba de que alguien ha intervenido en el sistema doméstico antes de que el día comience.
En el caso del palillo, pudo o no estar dentro de su caja, pero, como con el gato de Schrödinger, al ser examinado visualmente se concreta la posibilidad de orden o desorden; en el caso del gato, vida o muerte. O, quizá, que el objeto no adquiere su estado definitivo hasta que alguien lo encuentra.
Esto, aunque no permite esclarecer el asunto, sirve para determinar que, si en la casa vive otra persona o más de una, cabe investigar las andanzas nocturnas de esos agentes, puesto que ahí podría encontrarse la razón de lo ocurrido. Serían observadores previos.
Y, si en la casa solo vive una persona, como único ser con autonomía, debe preguntarse qué hace con los palillos, al margen de su uso. Puede que esté diseñando, en secreto, antiguas arquitecturas pretecnológicas, propias de los años sesenta y principios de los setenta del pasado siglo. En este supuesto, debería acudir a su psiquiatra, puesto que realiza actividades al margen de todo conocimiento.
En todo caso, los palillos, como tantas otras cosas, responden a la fuerza de la gravedad, muy sumisamente, y, si se encuentran en los suelos, es porque ni pudieron ni quisieron resistirse. Y, abundando en los estándares de higiene que todo el mundo debería conocer, no deben ser usados jamás.
Con esto, en rigor, queda todo dicho.
Me destoso.
La imagen se obtuvo gracias a los servicios que proporciona GEMINI.







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