PALABRAS EXCESIVAS
Buenas noches nocturnas… En algún lugar de la tecnología aguardan indefinidamente Javier Aznar y Carlos Boyero, quienes se reunieron para proponer una conversación de más de dos horas en el «Hotel Jorge Juan». Por medios que están a disposición de cualquiera, accedí a ese repositorio y me enteré de la charla y de sus pormenores. Muy entretenido todo, por cierto. Muchas veces, los que desarrollan su vida pública amparados por la fama o claudicantes ante ella, cuando se muestran tras apearse de esa potencia, resultan innecesarios. Pero no ha sido esta la ocasión.
El caso es que, justo al comenzar, preguntado el crítico cinematográfico por cómo se encontraba, aparece la expresión «razonablemente feliz», que usa su entrevistador, y propone que «felicidad», en su caso, es una palabra «excesiva». Lo anoto al poco de escuchar y escribo: «Palabras excesivas». Por eso figura en el encabezado de este texto como título. Es lo que hago para que, más tarde, cuando me disponga a realizar una exploración del mundo, lo haga con alguna referencia, pues tanto estimo el punto de partida.
Porque inflar los actos o las expresiones, a fin de obtener determinados réditos, es lo que, creo, estaba en la intención de Boyero a la hora de valorar el emparejamiento de la moderación con lo luminiscente del triunfo en la vida.
Los expertos, una vez considerados los distintos interrogantes que compartí para lograr mejor entendimiento, me han remitido a algo muy parecido a la «hipérbole». Ya saben, esa figura retórica consistente en «aumentar o disminuir de manera exagerada aquello de que se habla», que utilicé cuando, en párrafos anteriores, puse por escrito: «cuando me disponga a realizar una exploración del mundo».
Digo que, en ocasiones, esto se hace por intereses humorísticos, económicos —en la publicidad—, artísticos o conversacionales, y también, seguramente, por desconocimiento o por maldad, en política, en diplomacia y en la vida cotidiana de todos, como se dice en estos días tan modernos.
Ocurre, para ir empezando con mis conclusiones, que nos servimos de las grandes palabras —amor, universo, familia, honor, democracia, justicia— aplicándolas a la realidad de lo que nos acontece para que aquello que estemos haciendo se sobredimensione. Es como cuando un animal pequeño se dispone a combatir con otro igual o más grande y potencia su imagen de alguna manera, irguiéndose, por ejemplo, distanciando las extremidades del tronco o hinchándose.
«Felicidad» es una palabra muy grande, pero poco consistente. Es como el aire. Como la atmósfera. A veces tangible, como cuando observamos las nubes en el cielo; otras, si miramos al trasluz, apenas identificable. Permite hablar de ella sin peso, aunque tendríamos que tratarla como si tuviera una medida física, por ejemplo, la de una «tonelada». Y no es extraño que alguien diga hoy sentirse inmensamente feliz y, mañana, porque acertó en todo, asegurar que nunca se había sentido tan feliz como en esa fecha. Es probable que, en uno de los dos casos o en ambos, se esté pinchando un globo a fin de que alguien piense en cañonazos.
Ahora bien, como hay hipérboles magníficas, dejo las dos que siguen. La primera, debida al poeta Miguel Hernández:
«Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que, por doler, me duele hasta el aliento».
La segunda, de la pluma de Francisco de Quevedo:
«Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una nariz sayón y escriba,
érase un peje espada muy barbado».
¡Con lo que disfruto del sarcasmo!
Me destoso.
https://podtail.com/es/podcast/hotel-jorge-juan/
https://elbucleazul.blogspot.com/2012/01/la-hiperbole.html
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona ChatGPT.




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