CARABEL
Buenas noches nocturnas… Examino mis condiciones personales y los recursos de los que dispongo para experimentar, siquiera por un tiempo, algunas de las cosas que pueden vivirse al otro lado de la ley. Me doy cuenta de que, si bien desde la legalidad existen procedimientos de inversión insignificante —comprar lotería, por ejemplo— que pueden cambiar la existencia de cualquiera, no parece que haya equivalencias más allá del lado oscuro. No obstante, estoy en un error: la afluencia de capital es, sin duda —porque dinero llama a dinero, por las buenas o por las malas— una posibilidad de partida para la delincuencia.
Dicho esto, necesito dinero. Estoy en el mismo puesto de arranque, habitual de mis días entre los comunes amparados por la presunción de inocencia. Pero, como la pescadilla que se muerde la cola, puedo asaltar al prójimo a fin de apoderarme de sus bienes y, con las sumas que vaya consiguiendo, orientarme hacia empresas de mayor calado.
Dice Luis Rendueles, asturiano, veterano periodista de sucesos, profesional destacado en varios medios de comunicación, en la sección de sucesos de *El Periódico*, que existe un grupo policial llamado GRACO: Grupo de Recuperación de Activos del Crimen Organizado. La información contiene, entre otras cosas, las impresiones de la jefa de la unidad, encuadrada en la UDEF Central de la Policía Nacional:
«Buscamos tener más iniciativa. La idea es que no puedan vender ni traspasar ni ocultar esos bienes. Congelarlos hasta el juicio y la sentencia contra ellos y que esos beneficios reviertan luego en las víctimas».
Por lo visto, tras el periodo de un año desde que el grupo fue creado, consiguieron *congelar* una variedad de bienes y pertenencias. Y, sin embargo, no me parece demasiado. Si hay que hacer caso a los datos que se facilitan en el artículo, Europol certifica que, en la Unión Europea, «solo se recuperan entre el 1 y el 2 por ciento de la enorme riqueza y beneficios que consiguen los criminales».
Esto significa que entre un noventa y nueve o un noventa y ocho por ciento de lo «amasado» por métodos indeseables, desde el punto de vista de una sociedad libre y democrática, queda. Ingresos libres de impuestos, además. Por lo tanto, mucho más favorable que los premios millonarios obtenidos mediante juegos de azar. La cosa está clara.
Lo que no me seduce es empezar desde cero. Si acaso fuera un chiquillo… pero no lo soy. E incluso, de ser así, carecería de la experiencia, el talento y los conocimientos que tengo ahora. Porque todo no puede ser a la vez.
Es verdad que cada día quienes triunfan multitudinariamente, los que empiezan a vivir con indudable desahogo, son más jóvenes. Y, como tal asunto admite poca discusión, deben darse en mi persona, tanto como simple individuo como por atributos de habilidad e inteligencia, graves taras. Eso me hace pensar que la vocación, al igual que en otras ocupaciones de la vida, no lo resuelve todo. Hacen falta ciertas condiciones que se tienen o no se tienen. Digo si se quiere sobresalir de la mediocridad en la que estamos instalados.
Hoy he visto una parodia de José Mota en la que, ataviado con ropa callejera y valiéndose de una navaja, asaltaba a un prójimo. Para que su víctima se enterara de lo que pasaría acto seguido, el agresor explicó los términos de sus exigencias con un lenguaje rebuscado, perfectamente funcionarial, impropio, por supuesto. Al acabar, una vez el atraco se consumó, uno se marcha con el botín obtenido y el otro, el asaltado, ya solo, exclama:
«Así se hace».
No me veo yo, ni desde la broma ni desde la seriedad que conlleva violentar al resto de los semejantes de uno, madera de caco. Habré de renunciar a mis sueños de progreso.
No se me da bien; como ocurría con el malvado, personaje de Wenceslao Fernández Flórez.
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona ChatGPT.






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