CON UN SENTIDO MENOS
La agencia encargada de promocionar cierto país centroamericano recurre a una frase llamativa:
«Un país que se vive con los cinco sentidos».
Bueno, solo con cinco de entre todos los que tenemos. No es demasiado. Sin embargo, si existe un lugar —o un grupo de países— cuya experiencia depende de esos cinco sentidos, puede que haya otros que se vivan con cuatro, con tres, con dos, con uno y… ¡con ninguno!
¿Y cómo podrían ser esos territorios?
Un país que pudiera vivirse con todos los sentidos menos la vista dispondría de edificios construidos para facilitar la orientación de las personas mediante ecos y temperaturas. La comunidad residente en ese territorio privilegiaría lo oral: la voz, la palabra, el canto. Además, gran parte de los engaños asociados al culto contemporáneo de la imagen resultarían inviables. Puede que las personas que entienden la vida de acuerdo con la comunicación de viva voz y el arte basado en el sonido prefirieran acudir a un país con esas características. Así que, como algunos dicen, ni tan mal.
¿Y si el sentido que faltara en ese supuesto Estado fuera el oído?
Proliferaría lo gestual. Sería un terreno fértil para las artes escénicas silenciosas, como en la época del cine mudo. La exageración en los ademanes exigiría una probada tolerancia a la expansión ajena. Cada acto de la vida cotidiana se convertiría en un espectáculo. Buena plaza para gentes extrovertidas.
¿Y si faltara el olfato? En una ciudad así, los perfumistas fracasarían. Las medidas de seguridad, muchas veces efectivas precisamente porque los olores delatan un peligro próximo, deberían ser otras. En el caso de las inmundicias, resultarían mucho menos fastidiosas, aunque lo deseable sería mantenerlas lejos, si es que las hubiera, y detectarlas mediante señales visuales o sonoras. Disfrutar de la gastronomía debería, desde luego, atenerse a otras formas y valores. Asunto que podría atraer a los aburridos de la cocina perfecta: gentes de muchos recursos y capacidad para dejar suculentos beneficios.
En el caso de que faltara el sentido del gusto, hablaríamos de un territorio en retroceso. Porque sí, podría tener —y mucho— de lo otro, de lo demás, pero cualquier bocado, incluso los que se dan al aire, tendría el mismo sabor: sabor a nada. Bastante triste.
A pesar de todo, algunos considerarían verdaderamente lastimoso, mohíno, un país sin oportunidades para el tacto. Las personas que tuvieran que prescindir de la proximidad carnal, de la cercanía con los semejantes y del abanico de posibilidades afectuosas que se gestan mediante el acto de tocar y ser tocados, simplemente dirían no.
Y se entiende. La sentimentalidad es poderosa y su certificación, sencilla: basta un abrazo, un beso. ¿Quién renunciaría? Lo que pasa es que, qué pena, los humanos somos frecuentemente culpables de administrarlo todo sin reparar en el exceso. Hay quienes son felices a medio palmo de las napias del vecino y ni preguntan ni se encomiendan a la deidad de moda. Y eso resulta fatal. O me lo parece.
De modo que, en ciertos casos, alguna limitación hace que la plenitud no sea el exponente máximo del bienestar.
De acuerdo con todos estos pormenores, dependiendo de las circunstancias, prescindir de algún sentido —de los cinco principales o de algunos otros— no estaría tan mal. Sobre todo si esa privación pudiera deshacerse.
Tomo nota de mi propia reflexión.
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona GEMINI.




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