LOTÓFAGOS
Buenas noches nocturnas… Todavía no he decidido qué es lo que olvidaré hoy. Tampoco debo preocuparme, por el momento. Carezco de nociones acerca de la posibilidad de que mi cerebro falle. Y, mientras esto esté fuera de sospecha, cabe depositar toda la confianza posible en el buen oficio del órgano que me anima. Es decir, por las razones que sean, al cabo del día habré perdido las conexiones necesarias para que alguna parte de la información contenida en ese conjunto de neuronas llamado «células de engramas» pueda activarse. Según los expertos, lo que se advirtió permanece, no se ha esfumado y, sin embargo, es —no sé si temporal o definitivamente— un mundo aparte. Por lo tanto, voy a olvidar, quiera o no quiera.
Y, me estuve preguntando todo el día acerca de la voluntad de olvidar. Digamos, más allá de las funciones ejecutivas inconscientes atribuibles a la materia gris que se aloja en el cráneo de cada uno. Un supuesto cuya consecución no parece sencilla porque, del mismo modo que olvidamos cosas sin darnos cuenta, lograr ese mismo efecto mediante el simple deseo obra —o parece obrar— en nuestra contra.
También es verdad que podría no ser del todo así. Tal vez a la manifestación pública de desdén formulada para liquidar algo que tengamos en mente se oponga un íntimo mandato que resuelva, con mayor poder, lo contrario. Son incoherencias que, en ocasiones, emergen como producto de ciertos trastornos solo resolubles mediante intervención profesional sanitaria, pero posibles.
El caso es que, si hubiera algo específico que quisiese olvidar —por ejemplo, ciertas penurias o dificultades económicas—, habría acudido a las drogas, como suelen hacer todos esos conciudadanos que salen en tromba los puentes y demás festivos, en cuanto se asienta el clima, para disfrutar de unos días fuera de su domicilio, en destinos de playa, por ejemplo. Porque esas setenta y dos horas de holganza, cuando durante la semana laboral se aprestan a pregonar todos los detalles que les conciernen, toda vez que sufren las diez plagas de Egipto, debe de ser el tiempo que Ulises tarda en llegar a rescatarlos para que regresen a sus planes de vida. O sea, a la realidad misma.
Estas personas a las que me refiero son como los «lotófagos» de la *Odisea*:
«En su periplo por el Mediterráneo, Ulises y los suyos dieron con sus huesos en la isla de los lotófagos, llamada así porque sus moradores seguían una estricta dieta de frutos de loto, el puente a la tierra prometida del olvido, de donde nadie vuelve y de donde a nadie se ha visto regresar, porque el olvido implica la imposibilidad de regresar a nuestro lugar de origen y a nuestras raíces. Ulises se las vio y se las deseó para arrastrar hasta sus naves a los marinos de su expedición que se aficionaron a esa dieta de loto y que, consecuentemente, olvidaron quiénes eran, de dónde venían y que alguien los esperaba en Ítaca. La mítica isla de los lotófagos ha sido identificada tradicionalmente con la isla de Djerba en Túnez, Los Gelves en español, recuerdo de las empresas de África de la monarquía hispana en el siglo XVI».
Estas palabras, escritas en el año 2016 por Nicanor Gómez Villegas para *Viajes de Papel*, blog asociado a *Frontera D*, ilustran el modo en el que observo las cosas, estas cosas del olvido, a veces tan discordante, y apoyan el examen hecho considerando la actitud de la queja de los muchos, probablemente con razón —por cuestiones fundamentalmente económicas—, a las primeras de cambio convertidos en exceso consumista: solo desde la amnesia —y casi la anestesia— es posible compaginar actos tan distantes entre sí.
Hay quienes sostienen que, vistas las dificultades que existen para lograr una casa propia, en vez de atesorar un dinero que nunca parecerá suficiente, prefieren dedicar ese esfuerzo, esa liquidez, a recompensarse en el presente. Y pudiera ser. ¿Por qué no? Pero, de acuerdo: que nadie se queje entonces. El derroche y los lamentos porque la austeridad tampoco da de sí son incompatibles.
Al menos para mí.
Claro que otro sitio para olvidar está en el Hades. Concretamente, un baño en el río Leteo y todo se evapora por siempre. Desaparecen los registros. Solo que, en ese caso, nos habrán llevado de este mundo y habremos aceptado que se nos formatee para reencarnarnos.
Porque no nos baste con el primer intento.
Yo no sé.
Me destoso.
https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/ciencia-detras-olvido_17765
https://www.fronterad.com/lotofagos/
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona COPILOT.




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