MUÉLETE QUE TE MUELE
Está a punto de cantar una canción en la calle. Es de los que espera su momento y, a la vez, como tantos, se busca la vida. Pulsa las cuerdas de su guitarra. Sin embargo, una fatalidad está a punto de producirse. De su garganta no sale un solo sonido. No lo comprende: todo su repertorio desapareció. Los dedos, automáticamente, desgranan acordes mientras intenta recordar… Abre la boca y se queda estupefacto al mascar el aire. Ha pensado en la idea de ponerse en marcha a fin de forzar la conexión de sus neuronas: hacer mejor que pensarlo.
Nada.
Mira a su alrededor. Edificios, establecimientos comerciales, gente que observa… No muy lejos, algunos desayunan un café con tostada, una rebanada de pan caliente untada de tomate a la que echan sal…
Sal. Recuerda una historia. Un relato acerca de un molino de sal.
Con un navegante —hombre habituado a la justicia que merecían los suyos: su tripulación, su gente—, pero tremendamente ambicioso. Durante una escala en un pequeño puerto del norte, se fijó en un anciano de larga barba blanca y gorro de lana, que vendía enormes bloques de sal en el mercado.
Sal.
Un nuevo negocio: revender la sal en otros lugares y obtener grandes sumas de dinero. Por eso entró en contacto con el anciano y le compró toda la mercancía. Mas, solo después de haberla trasladado al barco, cayó en la cuenta: tendría que dividir aquellos enormes bloques en porciones más pequeñas para venderlas.
A pesar de ello, zarparon. Había tiempo para pensar en la manera de resolver aquel asunto logístico. Horas después, una tempestad sacudió el barco y lo arrastró hasta las costas de un islote extraño.
El capitán desembarcó con algunos grumetes y se adentró sigilosamente en un bosque. De pronto, oyeron un sonido misterioso. Al acercarse, descubrieron a un mago que manejaba un extraño artilugio capaz de partir piedras sin tocarlas: se trataba de un molino mágico. El mago echaba las piedras y repetía una cantinela:
«Muélete que te muele, muélete que te muele…»
Y las piedras salían convertidas en polvo fino…
«Ese cacharro debe ser mío —dijo el capitán para sí—. Con él podré moler los bloques y vender la sal en pequeños sacos».
Así que el capitán y su tripulación esperaron pacientemente a que el mago abandonara el molino. Luego, cuando llegó la hora, se llevaron el prodigioso artefacto al barco.
Al día siguiente, bajó a la bodega con un enorme bloque de sal, lo metió en el extraño molino y pronunció las palabras mágicas:
«Muélete que te muele, muélete que te muele».
El artilugio comenzó a funcionar y trituró la sal hasta convertirla en polvo más fino que la arena de la playa. El capitán imaginó la proximidad de su riqueza.
¿Y por qué no iba a ser tal y como se podía suponer?
Porque los engranajes de la ambición, una máquina temible, si un operario que domine sus evoluciones…
El molino no se detenía. El capitán, incapaz de toda obra a fin de suspender el maleficio, desesperaba. Y la fortuna que se quiso comenzó a acumularse. Primero rebosando la bodega y luego toda la cubierta. Los hombres, perdidos, no tuvieron más remedio que saltar por la borda para salvar sus vidas.
Lograron nadar hasta una orilla cercana y, desde allí, vieron cómo su barco se hundía sin remedio en el mar.
Por eso, desde aquel día, el agua del mar es salada: el molino, en el fondo del océano, no ha dejado de moler sal ni un solo instante.
«Pero esta historia nada tiene que ver con lo que yo quería cantarle ahora a las primeras mariposas», dijo el músico, que continuaba con su diálogo interior.
Algunos de los presentes, de los que aún le atendían, comentaban que podía ser la intro más larga de todos los tiempos.
Pero no hubo voz. No hubo otro sonido que el de las cuerdas. Menos monedas que otras veces en la funda de la guitarra, un salario menor. Pero un salario.
Porque salario viene de sal.
Me destoso.
https://tucuentofavorito.com/el-molino-de-sal/
La fotografía pertenece a Emerald Market y apareció publicada en FLICKR
https://blog.flickr.net/en/2026/05/11/in-frame-with-flickr-market-days/





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