SÍNCOPA Y NORMA
Buenas noches nocturnas… La moda es una expresión excepcional que “desconoce” su vocación rutinaria: su éxito solo se consuma mediante la difusión de sus rasgos y, para que eso ocurra, ha de ser replicada por un gran número de personas.
Es decir, los modistos, los diseñadores y la industria saben lo que hacen; conocen sus intereses y los desarrollan de manera adecuada para la consecución de los fines previstos. Que desarrollen esa estrategia dando a entender lo contrario es habilidad e incluso picardía. La moda, en fin, es un procedimiento entre artístico y mercantil que triunfa cuando termina por estandarizarse.
Una paradoja, sin duda. Sirve para el mundo de la ropa y para cualquier otra manifestación humana que se impone o resulta implantada a medida que suma partidarios. Hoy en día, además, ni siquiera hace falta que se dé un número obvio en lo tocante a la superioridad de las cifras: basta con que unas pocas voces se impongan al silencio de la mayoría.
Si, de diez personas a las que concierne una cuestión, tres se inclinan claramente a favor, dos en contra y cinco callan, la moda ya se ha pronunciado. Eso es lo que se hace. Eso es lo que se proclama como tendencia seguida por un grupo considerable y aparentemente mayoritario de personas.
En un mundo regulado, los estándares proliferan, como se ve, hasta en las cosas que pretenden ser, en origen, distintivas.
La rutina es la consolidación práctica del estándar, a menudo perfecta para realizar tareas automáticas. Me refiero a aquellas que funcionan mediante un patrón idéntico y se resuelven por la repetición de los actos.
Siempre me he expresado a favor de las rutinas y, por tanto, de esta estandarización de las costumbres.
Es muy propio de los ritos y de las fiestas. Ahora que se aproxima el verano y que habrá mucho tiempo y ocasión para volver al espíritu de aquello que llamamos “lo de toda la vida”, la rutina, lo estándar, prevalece. Y, si se producen algunos cambios, los que sean, como en el caso de la moda, es para que enraícen, para que formen parte de lo común hasta resultar indistinguibles del todo.
Si casi todos los ríos van a la mar —porque algunos desembocan en la versión terrestre de los grandes volúmenes de agua a la que llamamos lago—, aquello que se urde como novedoso, si posee vocación de permanencia, termina enfriándose como el café. Cuando se atempera, lejos de los arrebatos iniciales del hervor, concluye convertido en cosa de todos los días. Eso, o desaparece. Y, si sucede esto último, entonces puede que ni siquiera figure en nuestro álbum de recuerdos.
Ahora mismo estoy pensando que todo aquello que se difunde, que se populariza, puede formar parte de lo que se categorizaría como estandarizado, como rutinario. Y esto no está mal ni está bien. Es un detalle de la vida. Algo que acaso debiera acercarnos a la humildad…
Cuando se dice que tal o cual persona es única, cabe admitir, durante un tiempo, que sea como se apunta. Mas, si se mira bien, es preferible que tal contingencia suponga solo eso: la luz de un amanecer. Por suerte, todos los días el sol emerge tras el horizonte y nos ofrece su luz: una manera romántica de explicar unos hechos físicos concretos. Y, precisamente porque es así, porque la rutina lo incluye, aunque no haya otra oportunidad similar hasta que transcurran veinticuatro horas, merece ser contado entre las cosas normales.
Extraordinario será el día en que eso haya dejado de ocurrir. Y, si se prolonga en el tiempo, nos referiremos a ello como a otra medida estándar de la vida.
Si continuamos aquí para contarlo.
Me destoso.
La imagen se obtuvo gracias a los servicios que proporciona GEMINI.




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