UN BUEN REGALO: UN PESO INSOPORTABLE
Buenas noches nocturnas… Creo que no hace mucho mencioné algo al respecto, pero, a riesgo de repetirme, regreso a la cuestión… Existe un término en japonés, *giri*, mediante el que se designa lo concerniente a una correspondencia no pregonada, con las manifestaciones de afinidad propias de esas comunidades asiáticas y una deuda con la moralidad que se contrae al recibir favores o presentes de parte de terceros.
En una publicación *Medium*, hecha por la usuaria Julia, se dice:
«“Giri” no es simplemente “devolver un favor”. Es una sensación emocional —de gratitud, lealtad y responsabilidad mutua— a menudo no expresada, pero intensamente sentida. A diferencia de los contratos legales o las promesas explícitas, el “Giri” no se dice, se siente. Y ese sentimiento guía nuestras acciones».
De modo que, si soy de ese país o participo de las costumbres de la sociedad japonesa, conforme a mis posibilidades económicas, podré responder a las más desinteresadas muestras de aprecio por medio de la entrega de regalos, con creciente desconfianza. Puede que se me entregue algo que resulte de gran valor —por los materiales que lo compongan, por la forma o por los gestos que haya que realizar— y la obligación del *giri* me arruine. No solo en aquello que se refiere al coste de los objetos, sino en la práctica consecución de lo que sea.
De todo esto me he acordado ante la posibilidad de confiarle un secreto a alguien… No hace falta que me refiera detalladamente a los distintos significados de la palabra «secreto». Digamos que, como mínimo, existe una información y los depositarios de los valores que concurran sopesan que deben preservarse de toda maniobra expansiva. Lo mejor, por lo tanto, es actuar en consecuencia. Como agente de esa reserva, toda propagación, aun a cuenta de la confianza que se pueda tener en los candidatos estimables como custodios de la misma, supone un riesgo grave. Porque ni siquiera hace falta descubrir textualmente ese particular: basta con un involuntario desliz.
No obstante, determinadas prevenciones estratégicas pueden hacer recomendable, siquiera, un traslado parcial de lo que se desea mantener oculto. En ese caso, la persona receptora, como en el caso de los regalos en Japón, podría reaccionar con gratitud —por la distinción— y con gran pesar. No deberíamos olvidar que tiene por delante una deuda duplicada, doble: la fiel reciprocidad, por un lado; el deber de salvaguardar el secreto, por el otro.
¿Acaso no es la innecesaria oportunidad de lograr que todo fracase, y el encargo abusivo e inmerecido para nuestros aliados? Creo que sí. Que sobrepasa. Que es injusto. Como el regalo exagerado. Como todo lo que realizamos sin medida, sin reflexionar acerca de la manera en que lo recibirán los otros y en las consecuencias que pueden acarrear.
No sería extraño el malestar que podamos percibir, el dolor, el agobio e, incluso, en materia de secretos, la oportunidad de sentirnos defraudados si la persona a la que encomendamos la cuestión fracasa en el acto de ser fiel a las expectativas.
Y atención: hacer a otros partícipes de nuestros secretos es como permitir el uso de algo propio: por mucho cuidado que tengan los demás, solo lo que se manipula puede verse afectado por los efectos de un accidente. Si puede quebrarse, que no nos sorprenda.
Hay que calcularlo todo.
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona GEMINI.





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