YA ESTUVE ALLÍ
El capitán Picard, siempre al frente de la nave Enterprise, recibe una noticia ofrecida por el alto mando, vinculada con un joven miembro de su tripulación, en esos momentos cadete de la Flota Estelar y estudiante de gran futuro.
Picard, el actor Patrick Stewart, adopta un semblante de preocupación inequívoco. En ese momento, la narración se interrumpe para dar paso a las animaciones del principio de cada capítulo de la serie —porque me refiero, claro, a «Star Trek: La nueva generación»— y a los créditos, o sucesión de carteles en los que figuran los nombres de los principales protagonistas y otros datos.
Jean-Luc puede sospecharlo todo. Stewart, sin embargo, como yo, conoce lo que viene después. Lo sé porque he visto este relato televisivo en más de una ocasión. En ese sentido, soy vidente; ya estuve allí. Y puede que las personas que nos dicen que están al tanto de lo que pasará, en contra de lo que estoy haciendo, guarden en secreto la gran revelación: somos material narrativo ideado por un guionista.
Ahora hace falta acreditar documentalmente esta presunta novedad. Dicen los militantes de las teorías de la conspiración —por insistencia, en algún momento acertarán— que hablar de esto sin pruebas no significa que sea falso. Al fin y al cabo, comentan una y otra vez, el hecho de que se desconozca que el próximo número premiado con el Gordo en el sorteo de Navidad vaya a terminar en siete en caso alguno niega la ocasión de que suceda.
Así están las cosas.
Al igual que sucede con la posibilidad de que vivamos en el espacio, como algunos aseguran que sucederá pronto —cosa bastante improbable con los recursos y las condiciones de vida del ser humano actual, sin que existan deterioros graves, tal vez mortales—, la existencia de unos creadores ocupados en escribir las aventuras de esta comunidad de seres minúsculos de la que formamos parte —dioses, extraterrestres, humanos que actúan manipulando a unas criaturas originadas a su imagen y semejanza— es ociosidad interesada. Incluso si existen creencias de por medio, fe, da igual. Lo que hacen falta son pruebas, racionalidad, comunicaciones a las que remitirnos con toda firmeza.
Planteo, por lo tanto, un juego. Los personajes mencionados y los profesionales que los sustentan obran y tienen éxito gracias a un acuerdo. Sabemos que todo es falso y aceptamos la persuasión que acontece cuando se conecta con la verdad de lo que sucede en circuito cerrado, independientemente de la realidad propiamente dicha. Una certeza tanto más notable cuanto lo sea el arte propuesto por aquellos que comparecen a fin de distraernos, de llevarnos a vivir distintas emociones y a pensar.
Así que, si digo que soy vidente, porque he visto un episodio filmado varias veces y conozco los detalles de lo que va a suceder antes de que esto ocurra, no hago más que bromear. Hago comedia.
Luego esa broma será tenida en cuenta, se transmitirá; puede que figure en algún escrito o comentario como modelo de algo ingenioso o delirante, o que pase sin pena ni gloria hasta acabar diluida entre la mucha masa de la nada.
He de decir que el señor Stewart está, como se registró ya hace muchos años, estupendo a la hora de mostrar el dolor que una comunicación adversa hasta el extremo podría deparar, sirviéndose de apenas algunos músculos de su rostro. Tampoco es que don Patrick se manifieste con la ductilidad exagerada de Jim Carrey.
No obstante, hube de romper el «contrato»: como sabía, no me quedaba otra que examinar el conjunto deteniéndome en los detalles, no fuera a ser que se me hubiera escapado algo interesante.
Pues no. Tampoco ocurrió nada. Es lo que sucede cuando regresas a algo sin garantías de un placer consolidado.
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona COPILOT.




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