ANTE TODO, CAUTELA
Lo admito: cultivo la desconfianza. Leo que existe un “truco” para lograr que una fruta dulce como la sandía resulte incontrovertiblemente dulce. Y, sin llegar a discutir lo que fuere —porque ni he realizado experimento alguno ni lo haré—, dudo mucho que tal información no sea otra cosa que una maniobra encubierta de comercialidad. Es decir, congraciarse con el consumidor proponiendo una ventaja que haga irresistible, por la consecución de un secreto, la tenencia de un bien —en este caso, alimenticio— del que, por todo lo anterior, se disfrutará seguro.
La difusión de truquitos, de atajos, de “vente, que nos colamos por la puerta de atrás”, al margen de todos los que se autoproclaman Robin de los Bosques, concluye en una tienda: física o virtual. Y, si es de las segundas, con el riesgo de todo tipo de abusos.
Que no diré que aquellos a quienes se dirigen estas invitaciones pasemos por la vida en medio de las fragancias de lo angelical, porque los tramposos objeto de mi cuidado empatan con los que dicen que no lo son, a partir de la nada desdeñable posibilidad que consideraría cualquiera si echa cuentas y comprende que *saltarse la valla* supone llegar antes que los otros al lugar donde su ídolo reparte bendiciones.
Hay un poema de José María de Heredia Girard, autor “y traductor francés de origen cubano, una de las principales figuras del parnasianismo”, que me gusta mucho. Y dice:
«Mira, mi bien, cuán mustia y desecada
del sol al resplandor está la rosa
que en tu seno tan fresca y olorosa
pusiera ayer mi mano enamorada.
Dentro de pocas horas será nada...
No se hallará en la tierra alguna cosa
que a mudanza feliz o dolorosa
no se encuentre sujeta y obligada.
Sigue a las tempestades la bonanza:
siguen al gozo el tedio y la tristeza...
Perdóname si tengo la desconfianza
de que dure tu amor y tu terneza:
cuando hay en todo el mundo tal mudanza,
¿solo en tu corazón habrá firmeza?»
El título de la pieza es “La desconfianza”. Sobre todo, los últimos seis versos son los que yo le digo al mundo. Es verdad que el mundo me ignora, pues no soy nadie. El mundo está a lo suyo y atiende a Trump, a la guerra (dependiendo de qué guerra), a Pedro —a nuestro Pedro—, a la corrupción y, ahora, al Papa o a Bad Bunny. En definitiva, el mundo hace bien en limitarse a ser el mundo, a reconocerse en la complejidad y en atender los asuntos que remueven a miles de millones de potenciales compradores.
Ocurre que me viene mejor estar prevenido. Dar un paso al frente solo cuando estoy seguro de que lo que le espera a la planta de mi pie y, por su peso, al cuerpo entero, es suelo firme: ni agua ni aire. De quien desconfío primero es de mí, y eso que estimo en mucho la confianza que me parece imprescindible. Sin embargo, la firmeza del futuro y, aun, la constancia del presente solo puedo contemplarlas cuando los actos ajenos me invitan a la confirmación de los hechos probados.
Creo que el cantautor y poeta Marwan exagera cuando finaliza uno de sus poemas con estos dos versos:
«Hay que aceptarlo: la desconfianza es un puñal clavado
en el costado de lo irreversible».
Aunque es verdad que él habla de un amor que, probablemente, se desangra, y nada me mueve en todo esto a lo romántico. Nada en absoluto. Incluso si acaso esta fuera la materia, algo lo impugnaría en mí, pues no desvelo intimidades.
Ahora bien: la desconfianza, como herramienta —se utilice o no de una manera constante—, ofrece sus frutos; sirve. Es lo que digo acerca de su idoneidad en lo que me concierne. Vayan otros con la audacia, que de todo tiene que haber.
Me destoso.
https://www.poemas-del-alma.com/jose-maria-de-heredia-la-desconfianza.htm
https://www.zendalibros.com/5-poemas-de-una-mujer-en-la-garganta-de-marwan/
La imagen se obtuvo gracias a los servicios que proporciona GROK.




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