ARROGANTES POR CONTRATO
Buenas noches nocturnas… Habrán tenido noticia: Trump cumplió 80 años. Ahora quizá no le parezcan tan buenos los términos con los que despreció la senectud del anterior presidente de los Estados Unidos, Joe Biden.
Sabrán que, entre los actos previstos para esta celebración, hubo una velada de artes marciales mixtas en la que el hasta ayer campeón del mundo del peso ligero, el alicantino Ilia Topuria, puso en juego su título y lo perdió ante el estadounidense, nacido en Arizona, Justin Ray Gaethje. El yanqui propinó una soberana paliza al español. Cosas del deporte: unas veces se gana; otras, has de acudir al cirujano plástico para que te recomponga y puedas volver a presentarte en público con cierto decoro.
Son dos circunstancias que sitúan el origen de lo que trataré a continuación.
Una vez supe todo esto, recordé que, en la ceremonia del pesaje, semejante a la del boxeo, sucedió una escenificación de violencia o, cuando menos, de menosprecio por parte del excampeón y, seguramente, de otro modo, por parte del aspirante.
Me di cuenta de que, en el llamado deporte de las doce cuerdas, esto era muy común: bravuconadas que tienen por objeto amedrentar al contrario.
Por eso quise saber.
Existe un concepto —anglosajón, claro— que, traducido del inglés, sería, si mis rudimentos no me fallan, «charla basura»: «trash talk». Consiste en el uso deliberado de palabras, gestos o actitudes para influir en el estado mental del adversario antes o durante una competición. El objetivo no siempre es ofender, sino alterar la toma de decisiones del rival. Supuse que la conducta de los luchadores o combatientes, que puede que no sea lo mismo aun dentro del deporte, tenía que ver con esto. Es decir, se amenazan y se interpelan con toda desconsideración para provocar una respuesta emocional en el otro, proyectar una imagen de superioridad, construir una narrativa pública y alterar la percepción del árbitro o del entorno.
Todo ello parece cuidadosamente planificado, como una de las exigencias del espectáculo.
Pero hay otra forma. Lo llaman el juego psicológico.
Aquí, más que la interpelación insultante, se contemplan conductas como estas:
— Mantener una mirada fija durante el cara a cara.
— Mostrar una calma exagerada para transmitir control.
— Sonreír después de recibir un golpe o una acción difícil.
— Variar el ritmo para generar incertidumbre.
— Ocultar signos de cansancio o dolor.
Todo para enviar un mensaje evidente: «Lo que haces no me afecta» o, incluso, «Controlo todo lo que sucede».
La psicología del rendimiento muestra que emociones intensas, como la ira o la ansiedad, pueden perjudicar a quien las sufre hasta el punto de hacerle abandonar su estrategia, proporcionando así una ventaja al adversario.
Sin embargo, también puede resultar un inconveniente para quien obra con tales intenciones:
— El adversario puede utilizar las provocaciones como motivación.
— Quien provoca puede sentirse obligado a cumplir sus propias amenazas y asumir riesgos innecesarios.
— Un exceso de confianza puede llevar a subestimar al oponente.
Sea como sea, muchos de estos cachalotes y felinos, tan dados al rugido o al empujón, en sus vidas privadas, lejos del lugar donde ejercen su oficio, pueden ser perfectos caballeros y damas. No nos dejemos llevar por el teatro. Admitimos con demasiada facilidad este tipo de representaciones. Y pensamos después que el arrogante tiene bien merecido su fracaso. Entonces, no nos damos cuenta de que estábamos en tiempo de ficción.
Me destoso.
https://www.marca.com/combates-ufc/2026/06/15/veo-bien-topuria-seguir-esquina.html
https://es.wikipedia.org/wiki/Trash_talk
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona COPILOT.




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