EMÉRITOS

Buenas noches nocturnas… Una persona que conozco, envidiosa de la condición ajena, suele referirse en términos despectivos a quienes han alcanzado ese periodo de la vida en el que, gracias a la ley, puede evitarse toda obligación laboral sin que sus recursos se vean mermados… o, por lo menos, no tanto como para quedar con una mano atrás y otra delante. O pasearse dentro de un barril de cerveza vacío, como cierta iconografía sugiere.

Este ser humano, lleno de virtudes, al que aludo dice lo que dice pensando más en la rabia que le produce no poder ser califa en lugar del califa —como repetía el gran y malvado visir Ignogud, que lo deseaba— que en menospreciar a nadie. En su caso, a salvo de toda ambición que suponga acceder a un cargo o jefatura, habría encontrado satisfacción si supiera que mañana mismo iba a ser de los de la partida: uno de tantos a los que, con retintín, llama «jubilados».

Esto, que es un drama, me ha llevado a pensar. A veces lo hago: pensar. Sin embargo, deben descartar, si acaban de removerse allí donde estén postrados, toda idea relacionada con la senectud o sus prolegómenos. No es ese el tema elegido. Me interesan otras cosas.

Por ejemplo, ya que mencioné al colectivo de los jubilados, ¿se puede pertenecer a una comunidad sin ejercer como miembro activo? Como acaba de comenzar el Mundial de fútbol —por cierto, según una estadística que escuché en «Más de Uno», deporte seguido, como aficionado practicante, por menos del cincuenta por ciento de los españoles—, uno no puede jugar al fútbol sin que se le considere futbolista. Pero, entre los futbolistas, los hay aficionados y profesionales. Y profesionales en paro, incluso. En el fútbol, se pueden dar patadas a un balón sobre el césped o contemplar cómo se hace esto desde la grada. De acuerdo, ¿no? Ahora bien, ¿uno puede asistir a un partido de fútbol y disfrutar del suceso sin que haya de ser considerado, por esa circunstancia, aficionado, seguidor, hincha?

Muchos especialistas a los que he leído fugazmente opinan que, como seres sociales que somos, nos gusta formar parte de algo y que se sepa. De una familia, de una cuadrilla de amigos, de una empresa, de una provincia, de una región, de un país… si acaso de un continente. Pero no son las únicas divisiones posibles. Seguramente podría elaborarse una lista con la que, si las referencias fueran granitos de arena, bastaría para establecer una playa en la avenida más larga que se conozca.

No lo niego, pero tampoco me gusta. Digo que es inevitable que se nos clasifique y, en muchos de esos casos, la utilidad es obvia. Habré de admitir que se diga de mí que pertenezco a la raza blanca, que soy castellano y español y europeo, que soy adulto conforme a mi edad, que no soy alto y tampoco demasiado bajito, que me gusta el deporte siempre que lo hagan otros. Estos y otros rasgos son ciertos e inevitablemente me describen. No obstante, todo lo que sea militar en los apartados que acabo de compartir o en otros relacionados con mis gustos y actividades, con mis opiniones o mi propia ignorancia, ha de ser desestimado por mí, y me afano en que quede claro.

Escribo, pero no soy escritor. Hablo, pero no soy orador. Respiro y, gracias a ello, estoy vivo, pero no pregonaré las bondades de la respiración controlada o dirigida a obtener estos u otros fines. No hago bandera de nada.

Participo. Hallo contraprestaciones, me divierto. No soy cinéfilo, ni gastrónomo, ni viajero. Puedo realizar cuantas actividades parezcan comunes y corrientes y allí se me encontrará. Mas no me busquen en un equipo. Ni siquiera aunque realice cosas en colaboración con otros. No me interesa, no quiero.

El lenguaje, por economía, exige el menor número de palabras posibles para explicar una idea, y debemos someternos con gusto al examen de textos complejos cuando estudiamos algo de gran trascendencia. Eso sí, a las personas, cuando urge, se nos presenta mediante la familiaridad que dan los sobreentendidos: ese atajo que precisa de contexto para no caer en desequilibrios. A ellos se va después.

Dice la primera estrofa de un tango:


Le dijeron: «Se jubila»,  

después lo felicitaron;  

y más tarde organizaron  

en la infaltable cantina,  

el adiós de una comida  

con pergamino floreado,  

que a peso por invitado  

firmaron con tinta china.


Se titula «El jubilado», letra y música de Héctor Gagliardi.

Y ya no trabajo, es verdad. Pero solo es eso.


Me destoso


https://www.todotango.com/musica/tema/1031/El-jubilado/


La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona COPILOT.





Selección gráfica del día...

PADYLLA en X 11 de junio de 2026



RICARDO en El Mundo 12 de junio de 2026



BLAZEK en la cuenta de Threads de Mario Ramos 11 de junio de 2026




Selección de contenidos...

Primera:

Puerto Candelaria - Esa soy yo

En el Canal Puerto Candelaria

https://www.youtube.com/watch?v=ia9rFUfV97k



Segunda:

Jim Croce - Bad Bad, Leroy Brown | Have You Heard: Jim Croce Live

En el Canal Jim Croce

https://www.youtube.com/watch?v=zcWrvJQRtSE



Tercera:

The Allman Brothers Band - Jessica | Live at University Of Florida Bandshell (1982)

En el Canal All Access Rock 

https://www.youtube.com/watch?v=NRE3Bv1goyI&list=RDNRE3Bv1goyI&index=1
















Comments

Popular posts from this blog