FORJADO A FUEGO
Buenas noches nocturnas… Como estuvo el Papa por aquí, hay quienes aseguran que también estuvo Satanás. Es el parecer de quienes suponen a Dios y al Diablo como las dos caras de una misma moneda: siempre en el aire, siempre en el suelo, unas veces para fortuna de los seres humanos, otras para su angustia. De hecho, que León XIV interviniera en actos públicos no irradió suerte especial ni obvia desdicha.
Y, si en la actualidad pueden relatarse una serie de sucesos desventurados cuya suma constituiría el detalle de una época sin duda mejorable, puede que regresen las herraduras.
Pero me explicaré. Los animales —caballos, vacas— usan esos hierros casi semicirculares para proteger sus cascos, pero, en tiempos, se colocaban a las puertas de las casas como amuleto de buena suerte.
Para entenderlo mejor, valiéndose de la leyenda, Santiago Abraldes, en *Infobae*, lo expuso así:
«Entre las historias que sostienen su fama como talismán destaca una leyenda irlandesa de la Edad Media, protagonizada por San Dunstan. Este personaje, arzobispo de Canterbury y luego santo, recibió en su herrería la visita del diablo, que le pidió colocarle una herradura. San Dunstan aceptó, pero la clavó en el propio pie del diablo, causándole un intenso dolor».
«El diablo suplicó que se le quitara. El arzobispo solo accedió luego de obtener la promesa de que nunca volvería a entrar a una casa protegida por una herradura sobre la puerta. Esta historia, difundida en Europa y América, reforzó la idea de protección que se le atribuye y su poder de alejar el mal».
Porque, cuando todo parece fallar, hay que recurrir a los clásicos. Si las plegarias, lleguen o no lleguen a su destino, carecen de respuestas, si las autoridades que deben protegernos están a sus cosas, conviene, como se ha hecho siempre, acudir a otros dioses. Algunos lo ven hoy en la llamada inteligencia artificial. Para otros es el diablo revestido de tecnología. Por lo tanto, tablas. Empate, vuelta al punto de partida.
Considerando la velocidad a la que se producen las cosas y el breve instante que permanecen entre nosotros, mientras no surja nada más allá del desacreditado tarot y las videntes televisivas consumidas en los fuegos del olvido, yo soy partidario de la herradura.
La herradura está vigente. Sí, reservada a la ganadería, pero útil, a mano, sobre todo cuando no nos quitamos de la boca lo maravillosa que es la vida rural.
Si la herradura se transformó en un amuleto, además del impulso que se ha mencionado, gracias a quien fuera arzobispo de Canterbury, se debe a la asociación equina, pues los corceles siempre estuvieron ligados con la prosperidad y el progreso. Pero es que, además, entra en juego su valor simbólico: el hierro del que están hechas es un material al que se le atribuye la facultad de proteger. Esto es como se me ha dicho, y es tan cierto que, si me olvido de incluir en este listado de beneficios la capacidad de resguardar a las criaturas frente a influencias negativas, gracias a su forma semicircular, no estaré dando la información correcta.
Así que ustedes verán: las motos son más rápidas, pero los caballos, más elegantes.
Desde “Forjado a fuego”, herreros reunidos, confiamos en nuestras herraduras. Para el campo y para la ciudad. Venga y llévese una. Llévese varias, para los amigos y familiares. Comparta su felicidad futura y su suerte.
Aunque no venga el Papa. Aunque haya venido.
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona ChatGPT.




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