INTERCESORES A REGAÑADIENTES
Buenas noches nocturnas… Estuve pensando en los jueces. Sí, a renglón seguido de la actualidad, dados los casos notorios de los que se ocupa la prensa y que provocan un desasosiego importante entre la población —de la que formo parte—, habituada ya a rasgarse las vestiduras.
He de decir que no he roto ninguno de mis lujosos trajes. La ropa, para nosotros los ricos, es un bien a conservar durante mucho tiempo porque sabemos lo que cuesta la pana y lo que valen otros tejidos que están dispuestos en nuestros armarios, en los distintos vestidores de la casa, pues tampoco conviene repetir prendas.
Pero otras personas sí que se arrancan las mangas de las chaquetas o se descosen las cinturillas de los pantalones. Lo hacen para demostrar lo escandalizados que se sienten:
—¡Qué bochorno! ¡Aquí hay corrupción política!
Como si fuera la primera vez y los demandantes de juego limpio y transparencia no hubieran sido partícipes de lo que ellos mismos habían determinado como intolerable. No cabe extrañarse.
Pero mi conexión con todo esto no vino de la mano de Peinado, de Calama o de Pedraz, ni de los actos que se derivan del ejercicio profesional por el que se les paga. Es que leí un adelanto de *El árbitro: un dios de noventa minutos*, que la editorial Grijalbo pondrá en circulación próximamente. La mirada del autor —que no se establece de manera específica, pero podría ser el firmante de la pieza en la revista *Letras Libres*, Augusto Cruz García-Mora— acerca de la extraña vocación que impulsa a un ser humano varón (ahora también mujeres) a exponerse a las iras —siempre irracionales— de gentes que se entusiasman y se transforman, incapacitadas para el autodominio, algunas de las cuales no saben hacer una o con un canuto.
Remontándose a los orígenes del juego, en el fragmento que comparto a continuación aparece, al final, una pregunta muy interesante:
«La creación del *umpire* es la prefiguración del árbitro tal como lo conoceríamos. Cada equipo podía designar a uno que se colocaba en la portería rival para verificar los goles o ser consultado en caso de duda. Las primeras reglas para los partidos de final de la FA Cup de 1871 señalaban a dos *umpires* y un *referee* —que no debían pertenecer a ningún equipo— y en donde las decisiones de los *umpires* eran definitivas, salvo que hubiera desacuerdo, en cuyo caso el *referee* tenía la decisión final. Este galimatías reglamentario equivaldría a crear un sistema político con dos presidentes que, en caso de diferendo, deberían acudir a una autoridad superior, pero ¿quién debía ser esa autoridad superior? ¿Dios? La pregunta que ronda hasta nuestros días no es sobre la creación de la autoridad arbitral, sino sobre su efecto en nosotros. ¿Para qué instituir una figura de autoridad a la que nos empeñaremos en desprestigiar y en no obedecer?»
Es lo que pasa en el fútbol, sobre todo a los aficionados, y en cualquier otro ámbito en el que haya de dirimirse lo que sea. Primero, si es que prescindimos de la ley del más fuerte para resolver lo que fuere, acudimos a ese lugar donde sabemos que puede recibirnos alguien sabio, prestigioso, facultado para entender de las cosas y ofrecer, vistos los hechos y escuchadas las partes, una resolución que satisfaga, por ser la más coherente entre las posibles.
Desde niños nos atienden los padres, los maestros, los entrenadores, quienes ejercen alguna autoridad sobre nosotros, para encontrar justicia. Estos árbitros, como cualquier otro juez, dictan sentencia. Y, si es a favor de nuestras demandas, efectivamente, la justicia prevaleció. Lo contrario no es sino un abuso y una flagrante expresión de parcialidad.
Los árbitros, en el terreno de juego, son además objeto de escarnio sea lo que sea lo que hagan o dejen de hacer. En todo caso, siempre se sospecha de ellos, y con razón. Claro. Porque son seres humanos. Es decir, gente que se equivoca, gente que no está exenta de cometer errores.
Sin embargo, la condición de especialistas de todos los jueces garantiza que sus decisiones, siempre razonadas, una vez han dicho que se haga lo que consideran que es justo, deberían animarnos al respeto. Conocen las leyes y son fieles a ellas, aunque tal vez los legisladores no hayan estado muy afortunados a la hora de redactar sus términos.
Ocurre que esto no explica su vocación ni la insidia con la que los tratamos, toda vez que recurrimos al comodín de la libertad de expresión para justificarnos.
—A ver si, a partir de ahora, tenemos que comernos las críticas con pan —dicen. Decimos.
Pero como todas aquellas críticas fuera de contexto —los jueces debieran ser cuestionados por quienes conocen los términos de la materia que se trata y de acuerdo con los parámetros de la ciencia jurídica—, al margen de las reglas que son para todos, adolecen del predominio de intereses muchas veces fundamentados en aquello que suele decir todo delincuente en primer lugar: «Señoría, soy inocente».
Dicho todo esto, queda la confianza. Se tiene o no se tiene. La confianza en el ser humano. Porque somos nosotros, cada uno de nosotros, de quienes, en última instancia, depende todo.
Yo no confío en mis semejantes. Ni en mí. Pero acepto la organización de las cosas, la civilización, como un marco para entenderse, una representación, un convenio.
De ahí que me extrañe tanto la continuidad —que la vida prosiga. Y, no obstante, gracias al simulacro, conciba la realidad como asunto funcional más o menos inalterable.
Me destoso.
https://letraslibres.com/revista/el-oficio-menos-respetado-del-mundo/01/06/2026/
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona ChatGPT.




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