LA PIEDRA DEL DESQUITE
Buenas noches nocturnas… Según acabo de leer, al menos hay seis variedades: verde, San Martín, onisxtin, aragonita, sardónice y negro. Me refiero al ónix, también llamado ónice. Alude a este mineral de la clase 4 (óxidos), de acuerdo con la clasificación de Strunz, el director adjunto de *La Vanguardia*, Miquel Molina, en su columna «Un detalle fascinante del polvo africano que visita Barcelona».
La piedra semipreciosa, cuyo nombre traducido del griego significa “uña”, es citada en los términos que escribo a continuación:
«La columna de polvo encarnado se adentra entonces en el edificio, pero no lo hace, como podíamos prever, para abrazar a la mujer esculpida por Georg Kolbe en eterna actitud de protegerse, ya sea de los rayos del sol, ya sea del viento. A donde se dirige la columna de polvo es hacia la imponente pared de ónix que domina el interior del edificio. Con respeto y sensación de fin de viaje, las partículas se adhieren al muro rojizo y reposan».
«Se trata de una pared con historia, y esto no es ficción. La historia real del muro: cuando Mies van der Rohe diseñó el pabellón de Alemania en la Exposición de 1929, adquirió en Hamburgo un bloque de ónix, material semiprecioso y translúcido, que colocó en su nuevo edificio sin ninguna función estructural, sino como un ornamento central a partir del cual se ordenaba el resto del pabellón. El muro medía 3,10 metros».
Como se intuye, es una evocación que conecta con ciertos detalles de la cultura de la ciudad condal y con las inclemencias registradas en días pasados.
Yo, una vez leída la columna, me puse en contacto con geólogos de todo el universo a fin de conocer más detalles acerca de este material.
Pero ha sido en apartados rincones, en los que la palabra se facilita mediante susurros, precisamente para poder explicar la vida de otro modo, donde encontré la respuesta más adecuada para mi gusto. No la verdad, sino una verdad que me complace y quiero compartir con ustedes, pues no todas las verdades alternativas han de ser purgadas.
Entonces, la explicación que recibí fue esta.
Hipólito, hijo de Teseo, nieto de Etra y Egeo —aunque según otra tradición su abuelo pudo ser Poseidón, el dios del mar—, despreciaba el amor. Lo rechazaba por razones que nada tenían que ver con la virtud o con el ascetismo. Para el hijo de la amazona Antíope, devoto de Artemisa, la sentimentalidad era una fuente de debilidades, un resquicio en la propia voluntad, un padecimiento que trastorna o anula el juicio de los hombres.
Rechazó a Venus.
Y Venus quiso castigarlo, justamente, con aquello que Hipólito desdeñaba.
Por eso, la diosa del amor, la belleza y el deseo ordenó a Cupido, su hijo, que lanzara sus flechas contra el soberbio amante de la caza, quien muriera arrastrado por sus huidizos caballos y fuera querido con pasión, hasta sus últimas consecuencias, por su madrastra, Fedra.
Mas Cupido, que siempre obedece a su madre, estaba notablemente contrariado. Las flechas de Cupido no son un arma. Tiene sentido el impacto de esos afilados astiles cuando el corazón de los mortales vibra, cuando está predispuesto. Los venablos despiertan, sacan de la ensoñación; no fueron hechos para herir.
Pero Venus, orgullosa, trató a Cupido como quien se vale de una palanca, una herramienta accesoria para lograr un fin. Y al dios del amor no le gustó ser considerado como el ejecutor de los caprichos de su madre.
Así que, a modo de venganza, de señalado reproche, en una ocasión, aprovechando que Venus dormía, Cupido lanzó varias de sus saetas y cortó con ellas las uñas de los pies de la diosa.
Luego desapareció, para que no se le vinculara con la fechoría.
Las uñas cayeron al suelo y, aparentemente, se perdieron. Pero eso solo era una verdad a medias. Cloto, Láquesis y Átropos, las Moiras —las tres potencias que administran el destino de dioses y mortales, la instancia que garantiza que el mundo no se desvíe de su curso—, encontraron aquello que simplemente había cambiado de sitio.
Porque las Moiras no solo tejen el destino: están atentas y recogen todo lo que los dioses dejan atrás. Deben impedir toda desviación potencial del orden provocada por los fragmentos de las expresiones divinas, capaces en ocasiones de generar alteraciones insalvables.
Por lo tanto, para evitar que la belleza, el deseo y la armonía arrancadas a la diosa quedaran a merced de cualquiera, iniciaron una triple metamorfosis.
Primero, el oscurecimiento en el agua negra del Pozo de Láquesis. Las uñas, al tocar ese “tiempo líquido”, perdieron su brillo divino.
Segundo, la inscripción de la revancha, tarea que llevó a cabo Átropos. Marcó cada fragmento con una línea clara, una veta que registraba el gesto de Cupido: el corte, la humillación, la anomalía. Esa marca es el origen de las vetas blancas del ónix.
Tercero, la cristalización en el telar cósmico. Bajo la presión del telar de Cloto y Láquesis, la queratina divina se comprimió en capas, plegándose sobre sí misma hasta convertirse en una piedra negra, densa y vetada: el ónix, símbolo mineral de la belleza contrariada y del desquite.
Por eso ahora, mucho tiempo después, los hombres se pretenden como los dioses mediante las artes y la naturaleza acude para equilibrar la balanza: ni tanto, ni tan poco.
Me destoso.
https://www.ecured.cu/%C3%93nix_blanco
https://es.wikipedia.org/wiki/%C3%93nix
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona GROK.




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