MEMORIA AUTOBIOGRÁFICA IMPERATIVA
Buenas noches nocturnas… Hoy, antes de que finalice la jornada, si estoy dispuesto a examinar los pormenores de lo sucedido, habré de decir que sé alguna cosa más. Por ejemplo, conozco una palabra nueva: «hipertimesia». La combinación de doce letras mediante la que se designa aquella condición neurológica, de valor estadístico inapreciable, que permite a quien la posee recordar con una precisión extraordinaria los eventos de su propia vida, incluyendo fechas, días de la semana, vestimenta, clima, conversaciones y emociones asociadas, desde la niñez y de forma involuntaria. Es decir: no tiene que esforzarse para reproducir esos mapas.
Añadir todo esto a mis conocimientos hubiera sido posible en otras circunstancias, o quizá no, pero la verdad es que el itinerario de mi alfabetización tuvo su inicio en una de las recomendaciones de lectura que figuraba entre el surtido que publicó en el diario El Mundo el periodista Arcadi Espada. Con el título «Lo que hay que leer», propone temas bien distintos, generalmente aparecidos en revistas o medios de comunicación extranjeros, casi siempre muy interesantes.
En uno de ellos, editado en *The American Scholar*, Jonathan Weiner expone sus impresiones acerca de la naturaleza de la memoria autobiográfica y, en uno de los pasajes del texto, señala:
«Los psicólogos tienen un término para un cierto tipo de recuerdo implacable: hipertimesia. El síndrome fue descubierto y nombrado hace dos décadas por un equipo de psicólogos de la Universidad de California, Irvine. Uno de ellos, James L. McGaugh, había recibido esta carta ligeramente frenética:
“Estimado Dr. McGaugh,
Mientras estoy aquí tratando de averiguar por dónde empezar a explicar por qué le escribo… solo espero que, de alguna manera, pueda ayudarme”.
“Tengo treinta y cuatro años y, desde que tenía once, he tenido esta increíble capacidad de recordar mi pasado. … Cada vez que veo una fecha aparecer en la televisión (o en cualquier otro lugar, en realidad), automáticamente regreso a ese día y recuerdo dónde estaba, qué estaba haciendo, en qué día de la semana cayó, y así una y otra y otra vez. Es constante, incontrolable y totalmente agotador”.
“Algunas personas me llaman el calendario humano, mientras que otras salen corriendo de la habitación completamente aterradas; pero la reacción que recibo de todos los que finalmente descubren este ‘don’ es de total asombro. Luego empiezan a lanzarme fechas para intentar ponerme en aprietos. … Aún no lo han conseguido. La mayoría lo ha llamado un don, pero yo lo llamo una carga. Repaso toda mi vida en mi cabeza cada día, y ¡me vuelve loco!”».
Por lo que he sabido, los recuerdos son automáticos y no requieren esfuerzo de memorización. Suelen apreciarse desde la infancia o adolescencia hasta el presente, con una organización casi «cronológica». Al dar una fecha concreta (por ejemplo, «3 de mayo de 2012»), la persona puede recuperar espontáneamente qué hizo, con quién estuvo, qué comió, etc. No es una memoria total: no sirve para memorizar listas de números, fechas históricas ajenas a su vida o textos de cualquier tipo. Se limita a lo autobiográfico.
Y no es un don, a mi parecer, propiamente dicho. Supone, emocionalmente, una experiencia abrumadora: los malos recuerdos (duelos, vergüenzas, fracasos) se reviven con la misma intensidad y detalle. Puede interferir con la capacidad de vivir el presente, al «viajar» constantemente al pasado. No es lo mismo que tener una memoria prodigiosa —digamos como la de un sabio— ni fotográfica.
En los estudios realizados se pudieron detectar alteraciones en la amígdala y en el lóbulo temporal, así como un mayor tamaño y conectividad de ciertas regiones implicadas en la recuperación autobiográfica. Los expertos ponen el acento en que no se trata de una enfermedad, sino de una variación en la cognición humana que aún se estudia.
A partir de aquí, ante determinados acontecimientos, recordar detalles de lo ocurrido con fidelidad puede convertirse —y de hecho se especula con eso en aquella parte de los libros de memorias que se remontan a la propia infancia de los autores— en un hábito de ficción. En el caso de los magníficos artistas a los que pudiéramos citar, cabe que se sobrepasen las funciones cerebrales inconscientes, esas que actúan completando las lagunas de lo que percibimos, inventando sucesos como ocurre en esas películas que se nos ofrecen con el cartel de «basada en hechos reales».
Tal vez, aun admitiendo las evidencias científicas, los afectados por esta variación cognitiva participen de esta pícara concepción de lo vivido. No lo sé, pero lo temo. Me inclino a pensar que está a punto de levantarse el telón.
Me destoso.
https://www.elmundo.es/opinion/blogs/el-mundo-por-dentro/2026/06/13/6a2d0a26fc6c8360688b4576.html
https://theamericanscholar.org/you-must-remember-this/
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona COPILOT.




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