REMILGOS COMERCIALES
Buenas noches nocturnas… Acabo de leer un artículo que lleva la firma del periodista, escritor y académico Arturo Pérez-Reverte. Sostiene que los hoteles a los que acude no son como los de antes. Y entra a comparar el servicio de ahora —el personal que recibe y atiende a quienes pernoctan en los establecimientos dichos, a menudo gente de paso, empleados que dejarán su sitio a otros en breve tiempo— con el de ocasiones pretéritas, cuando, de insistir en la demanda de una determinada asistencia, se encontraba a los mismos trabajadores una y otra vez.
Eso hace mucho tiempo que dejó de ser así. No sé precisar ahora la fecha a la que cabe remitirse para situar los inicios de ese vuelco social, pero hay que girarse bastante para aventar siquiera aquellos horizontes.
No obstante, coincido con algunas de sus apreciaciones:
«En ciertos hoteles los obligan, además, a comportarse con inaudita cursilería. El nuevo estilo renuncia al trato sereno y confortable, al principio básico de dejar en paz al cliente mientras este no pregunte, para agobiarlo con deferencias que sin duda deslumbran a los partidarios del nuevo estilo, pero que al viajero de siempre, al profesional curtido en aviones, ferrocarriles y maletas, acaban tocándole las narices. Desde que llegas te ves prisionero de una desaforada hospitalidad, atrapado en una red de sonrientes jóvenes provistos de tableta electrónica, que parecen entrenados en una academia de Singapur especializada en inculcarles cierto irritante plural: “¿Cómo hemos pasado la mañana?”. Y lo hacen con un aparente y automático interés; con una intensidad emocional superior a la de muchos matrimonios».
Como viajo mucho menos que don Arturo, carezco de referencias para estimar como generalidad tales observaciones. Pero me temo que no es cosa solo de los hoteles.
De hecho, salvo en todo aquello que tiene que ver con las administraciones municipales, regionales o estatales —donde el personal abunda en la aspereza—, en casi cualquier instancia comercial, desde un bar a un supermercado, pasando por donde quieran, se mece el infortunio de que, si uno acudió a estos sitios, al regresar a casa necesite una buena ducha.
¿Por qué? ¿Por el calor, ahora? No. Por la baba.
Estas personas trabajadoras probablemente se han visto entrenadas en la zalamería repetitiva y cursi. Y, si no ha sido de esta manera, aprendieron comprobando lo que hacían otros o al experimentar los procedimientos a los que aludo en aquellos que los atendieron en una frutería o en una tienda de ropa.
Por eso, y por la tendencia creciente a multiplicar las intervenciones de este tipo —que son efectos sonoros pródigos en humedades pegajosas—, el común de los mortales, no alineado con el gusto por la carantoña oral de carácter rosa, instrumental y vacía, ha de desprenderse de sus ropas, que participarán del próximo ciclo de lavado, y permanecer bajo la regadera de la ducha un cuarto de hora, por lo menos.
Y, del presente acreditado por estos testimonios, al futuro no demasiado lejano, es posible que esta conducta se haya transmitido ya a los terminales de la llamada inteligencia generativa, insistente en adular al oportuno usuario, tal vez persuadida por sus programadores de que el cliente lleva la razón y necesita refuerzo positivo.
Como es previsible que esto degenere, espero que un día, tras haber solicitado información o lo que sea a cualquiera de estas amigas o amigos inhumanos, como sucede ahora tras alguna respuesta, aparezca en pantalla un recuadro que pregunte por dos opciones: una que registre todas esas voces revenidas de los afectos a la venta en los establecimientos de “todo a 100”, y otra que ofrezca una redacción respetuosa y sin alharacas.
Está claro por cuál me decantaré.
Me destoso.
https://www.zendalibros.com/perez-reverte-neogilipolleces-hoteleras/
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona ChatGPT.




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