UNIDAD DE MEDIDA DE LA ESTUPIDEZ TODAVÍA SIN ACUÑAR
Buenas noches nocturnas… Esas cosas acerca de las que uno evita hacerse preguntas simplemente porque las desconoce. Por ejemplo, si algo ante mí obrara hasta producirme perplejidad y estuviera en compañía de otros, tal vez sintiera la necesidad de que se me administrase un pellizco: para despertar, no por otra cosa. Cuando se duerme y se experimentan acontecimientos turbadores, no viene mal la interrupción de ese tormento, sea por decisión ajena o por virtudes del azar. Por lo tanto, convencido de estar cautivo de un sueño malo, o demasiado bueno, ese aguijón de insecto, practicado mediante la presa de una pequeña porción de piel de tal forma que produzca daño, lo demando y, si despierto y la suerte me favorece, digo albricias; y si todo continúa en mi contra, ¡pies pa’ qué os quiero!
Pues bien, pellizcar es tanto como pizcar, verbo del que no sabía nada: «Tomar una porción mínima de algo».
Viene *pizca*, de *pizcar*, y tuve cita con esa palabra —para mí, propia de quienes —por afición, por necesidad o por oficio— visitan las cocinas del mundo— porque examinaba algunos datos etimológicos de la palabra. Antes me interesé por algunas medidas que se contemplaron antes de que los sistemas de medidas a los que nos remitimos cada vez que son necesarios se implantaran en nuestras sociedades y, entre ellas, esa «porción mínima o muy pequeña de algo».
*Pizca* podría encuadrarse en una relación de medidas que tienen que ver con la parte superior del cuerpo humano. Por ejemplo:
Dedo: su anchura, concretamente.
Pulgada: ancho del pulgar, medido en la falange uñada.
Jeme: la distancia existente entre la punta del dedo pulgar completamente extendido y la punta del dedo índice articulado de la misma manera.
Palmo: la distancia existente entre la punta del dedo pulgar completamente extendido y la punta del dedo meñique articulado de la misma manera.
Codo: la distancia existente entre el codo y la punta del dedo medio completamente extendido.
Braza: la distancia existente entre los dos brazos completamente extendidos.
Hay más, pero existen documentos a los que acudir para conocerlos todos. En todo caso, es una de estas medidas que no conocía, el *jeme*, la que me ha llamado, definitivamente, la atención.
Sí, porque, al leer en el diccionario que utilizar la expresión «Tiene buen jeme» es sinónimo de referirse al palmito de las personas, conecté con una fotografía que vi, correspondiente al retrato del padre de una amiga cuando su boda: magnífico de altura, de porte y de traje. Un pincel. Que no digo que fuera modelo, pero bien pudiera haberlo sido. Seguro que por esa gala o a causa de ella nadie le hubiera preguntado, como una periodista hizo a una *top* de las pasarelas que estuvo en España, si le gustaban o no los chicos españoles. A él, en todo caso, las chicas, claro. Es muy probable que en las facultades donde se forman estas personas, a veces micrófono en ristre, cunda la sensación de liviandad encefálica cuando se trata de preguntar a los profesionales acreditados por su labor, siquiera representativa. O es así o es que, durante el ejercicio de su trabajo, a algunos se les reblandecen las cuerdas vocales y emiten apenas una pizca de barullo destinado a la papelera de reciclaje.
Después, mi editor dirá que me voy por las ramas y, como siempre, lleva razón: el germen de este comunicado existe desde antes de la hora de comer y me pareció que era buena cosa utilizar una vara —también distancia entre los codos cuando los brazos están extendidos y las manos unidas en el pecho— para sacudir a los que titularon «Callos veganos: un platazo de cuchara 100 % vegetal» para el inicio de un artículo en el que se detallaba que el plato de cocina en cuestión no llevaba callos.
Desconozco ahora qué medida iría bien para estimar lo mucho que nos distraen los tontos.
Me destoso.
https://matematicasiesoja.wordpress.com/wp-content/uploads/2018/04/unidades-antropomorficas.pdf
La imagen se obtuvo gracias a los servicios que proporciona GEMINI.




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