UNO A DOS
El caso es que aprendió a cantar la canción de chiquilla. Y, en esos momentos, después de dar a luz, mientras tenía a su hija entre los brazos, cantaba sin parar:
«Quisiera ser tan alta como la luna, ¡ay!, ¡ay!, como la luna, como la luna...»
Sin embargo, nada de lo que sucedía se debió al azar. Su hija tenía la vocación de mirar a los rascacielos desde las nubes. Tal vez porque ella, la madre, era muy pequeña y porque la niña, un verdadero gigante en ciernes que hasta hacía muy poco se ocultaba en su vientre, revelaba ya sus intenciones: había nacido con una proporción de uno a dos.
La madre lo comprendió desde el primer momento y no quiso que su hija se convirtiera en un monstruo de feria. Vendrían las preguntas, la extrañeza, los comentarios, las comparaciones, la codicia.
Una vez, en una feria, vio a una mujer de trescientos kilos rodeada de curiosidad y espanto. No quería eso para su hija. Sabía que lo excepcional atrae primero la mirada, luego el temor y finalmente la condena.
Así que lo dejó todo. Una noche salió del hospital sin avisar a nadie, como hacen aquellos que desean desaparecer. Ni siquiera los especialistas habrían podido seguir su rastro.
Su vida futura debería transcurrir de una manera que distaba de la vida que había conocido. Aunque se reprochaba el egoísmo de su decisión, prefería abominar de sí misma antes que exponer a su hija a un mundo incapaz de comprenderla.
La niña creció como crecen las criaturas que están convencidas de que entre sus iguales solo existen los ejemplares con los que conviven. No había otros niños como ella. No había término medio. La realidad parecía diseñada para confirmar esa excepción.
Podría decirse que aquello rozaba un proyecto de vida artificial, aunque no sé si esa expresión es la correcta. Tal vez sea solo una manera de nombrar algo que se resiste a ser nombrado. Pero no se trata aquí de justificar nada, sino de relatar lo que, por razones que no interesa precisar ahora, he podido observar desde una distancia que no me pertenece.
Por más naturaleza que hubiera en aquel entorno apartado de cualquier civilización, rico, alegre y terrible como suele serlo, los años fueron sucediéndose mientras una inquietud creciente se apoderaba de la madre. Sentía que debía intervenir antes de que las cosas llegaran demasiado lejos. Su hija tendría que saber, porque acabaría sabiendo. Sobre todo aquello que los otros llaman vida, si demoraba demasiado el momento de explicarle cómo era el mundo.
Al cabo del tiempo, la niña empezó a merecer otro calificativo: no paraba de crecer. Pronto, los árboles más altos supusieron para ella lo que para otros niños era la cruz de un perro grande. Luego pudo ver, a la altura de sus ojos, las cumbres de las montañas cercanas. Hasta entonces todo había sido un juego. Su madre, como el jefe de pista de un circo, proclamaba siempre el más difícil todavía y actuaba para ella como artista y como red.
Su pecado fue callar, no atreverse.
Y un día, la hija, para la cual no existían pieles ni tejidos capaces de contener su crecimiento, naturalmente desnuda, enorme incluso para los seres más grandes que hayan existido, comprendió que no estaba sola. Otros seres humanos aparecieron ante ella y, al verla, huyeron presos del terror.
Entonces vinieron las autoridades. Vinieron los soldados. Vinieron los comerciantes. Vinieron los propagandistas.
La madre concluyó su ciclo. Algo la atravesó por dentro, como si una espada hubiera permanecido en duermevela en su interior, semejante a la serpiente que espera sin hambre enroscada en sí misma, y, tras haber aguardado una advertencia que nunca llegó, se irguiera para cobrar con la última herida el precio del tiempo.
Todos quisieron hacer y desbaratar. La niña, ya mujer, confundida entre aquellos seres diminutos que la rodeaban, se liberó de sus captores y siguió creciendo. No comprendía nada. Sintió que aquello pertenecía solo a las criaturas que ansiaban contenerla y desearon repartirse su persona. Tenía una pregunta que hacer y su madre ya no estaba para responderla.
Así que siguió creciendo. Era su naturaleza. Aumentar de tamaño sin llegar a descifrar el mundo de los hombres, asombrada por lo que llegaba y por lo que se iba. Cada vez menos apremiada para encontrar explicaciones, cada vez más ajena a todo y a todos. Al igual que la ropa, se empequeñecía a sus ojos el horizonte al que los otros estaban acostumbrados. Los gestos de los demás pertenecían a una lógica que, por irrelevante, terminó coincidiendo con lo inexistente.
Su propio volumen la protegía. Se descubrió inmune a las trampas de una sociedad que había de revolotear en torno a su cráneo de pretender un intercambio comunicativo, una civilización que hubiera quedado sepultada bajo sus pasos de haber sometido a tantos y tantos seres insignificantes como hacemos los que nunca llegaremos a las estrellas sin andamios con las hormigas. Vivir supone incorporar o deshacerse y ella, de alguna manera, determinó que no debía resistirse: la expansión de su existencia era acopio, patrimonio.
Y un día, ante la luna cada vez más próxima, casi al alcance de su mano, escuchó dentro de sí la canción que su madre cantaba.
Y la voz de quien la sostuvo entre sus brazos cuando todavía era posible sostenerla.
—Ahora tienes la puerta abierta: ve.
Antes de dar el salto desde la Tierra a la Luna, su primer salto fuera del mundo, medía ya miles de kilómetros. No tuvo, que se sepa, problemas biológicos de los que la ciencia considera insalvables, y ya no se la volvió a ver.
La imagen se obtuvo gracias a los servicios que proporciona GROK.




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