EL INFIERNO DE LAS BUENAS INTENCIONES
Buenas noches nocturnas… En un lejano lugar, donde las gentes no solo viven en casas que, por indignidad, no merecen tal nombre, sino que, para acceder a ellas, han de atravesar zonas desérticas, pantanosas, selváticas o de evidente desnivel, una familia —madre y tres hijos— regresaba de la ciudad donde ella trabajaba y los niños asistían a sus clases escolares.
Empleaban gran parte de la jornada en acudir a la cuna de la civilización para sobrellevar la vida y, tan solo los fines de semana, los niños quedaban en casa custodiados por su yaya.
Sin embargo, tras atravesar una carretera, antes de comenzar el ascenso a la montaña en cuya cumbre residían, tuvieron que iniciar una penosa aventura.
Porque una losa que comunicaba el arcén de la carretera con las primeras elevaciones, como si fuera un puente, se había removido y caído hacia el interior del hueco sin precipitarse del todo, seguramente a causa de las lluvias.
La madre bien hubiera podido saltar con uno de los niños al otro lado, pero con los tres… Así que deshacía, cada vez, parte de su vestido para formar, con la tela convenientemente trenzada, una soga por la que descolgarse hasta la misma puerta del infierno. Pero que se trataba de esa entrada al averno era algo que conocieron después.
El caso es que, antes de llegar al fondo, debían dar un saltito: el cordón de tela no llegaba hasta el suelo y por eso lo hacían con mucho cuidado.
Luego, juntos los cuatro, subían por una rampa escalonada que los llevaba hasta el otro lado, al punto de partida habitual antes de que sucediera el corrimiento de tierras.
Se acostumbraron a este modo de ir y de venir, ahora descendiendo, ahora escalando, hasta que, en una de esas, porque la madre a fuerza de repetir había adquirido ciertas habilidades circenses, confiada, dio ese último salto con inusual determinación. No sospechaban que, a continuación, una puerta instalada en ese mismo lugar sobre el que pusieron los pies finalmente, iba a abrirse.
—¿Quién llama?
Habló un monstruo colorado, de dientes blanquísimos y chistera negra como la mina de un lapicero.
—¿A qué tanto dar golpes contra la puerta? ¿Es que habéis muerto? ¿Estáis condenados y perdidos?
La madre y sus hijos temblaban de miedo y negaron hasta con las orejas.
—Bueno, bueno —dijo el monstruo—. Si no estáis muertos, ni condenados ni perdidos, ¿qué hará falta para que no molestéis más?
—Que la losa del puente vuelva a estar en su sitio —respondió la madre, cada vez más aterrada, aferrando a sus chiquillos como el águila a su presa para que nadie se los arrebatase.
—Bueno, bueno. Todo se resuelve a la primera. Pero, una vez encontréis soluciones, en este portal no se atiende: segundas partes son calabozo por los siglos de los siglos...
—Sí, sí, sí, sí —replicaron los cuatro, sudorosos y escasos de higiene, conscientes de la incontinencia que origina el canguelo propio de situaciones tan desfavorables.
Tras el horrible susto, hicieron el camino habitual y, como era fin de semana, al día siguiente la madre se ejercitó para no llegar al fondo del abismo, columpiándose. De esta manera, no tocó la puerta de la casa de tan horrible ser.
Y, ya el lunes, de regreso del trabajo y de la escuela, muy nerviosos porque no era lo mismo columpiarse y calcular con el propio peso que asumir esa misma maniobra con el añadido de tres criaturas, antes de que iniciaran el descenso, se detuvo un automóvil que circulaba por esa carretera. Del coche salieron dos jóvenes que se interesaron por las dificultades que habían observado y se ofrecieron para ayudar. De momento repusieron la losa como convenía, porque eran grandes y fuertes. Más tarde, habría que fijarla al terreno para que no ocurriera lo mismo y no tuvieron inconveniente en aceptar el compromiso de volver para concluir la tarea.
La promesa se cumplió, aunque, con los dos jóvenes, vino un influencer y su equipo de filmación; se hicieron fotos, grabaron vídeos, hicieron monadas e incluso saltaron sobre la losa, que iban a fijar con cemento y hormigón.
Y, claro, la losa cedió. Con tanta gente encima se partió por la mitad y todos cayeron, sin saber aún que no hay golpe más grave que llegar hasta la puerta del infierno.
El monstruo, que ya estaba harto de tanto estrépito, los tomó por los mismos que venían molestando desde jornadas atrás y...
Como nunca se les ha vuelto a ver —conozcan que el narrador sabe bien dónde terminan quienes caen por ese hueco—, el monstruo colorado —de dientes blanquísimos y chistera negra— los habrá detenido.
Para siempre.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona COPILOT.




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