EXCESO: OCTANAJE 100
Buenas noches nocturnas… A demasiada velocidad acepté la premisa que quiero desarrollar mediante esta comunicación. Puede que tenga que arrepentirme. Las dudas que acabo de experimentar apuntan hacia mí cuando se señala al denunciante como partícipe de aquello que censura.
Cuando suceden cosas que pueden considerarse fruto del exceso, o fuente de manifestaciones exageradas y molestas, y la respuesta entraña determinada radicalidad, acontece la paradoja: repruebo la circulación de bicicletas por las aceras cuando, ocasionalmente, yo también lo hago.
Al tiempo que escuchaba el incesante paso de automovilistas y otros *sapiens* subidos a una moto —vociferantes los pasajeros y el conductor de los vehículos de cuatro ruedas, y explosivos, en su versión más desagradable, los centauros—, porque la selección española de fútbol —deporte mayoritario que, según encuestas, interesa a poco más del cuarenta por ciento de los ciudadanos— había logrado su pase a la final del Campeonato del Mundo que se disputa, en su fase final, en suelo estadounidense, derrotando a la selección francesa, leí —no me pregunten cómo sin aislarme de todo lo que acabo de referir— un texto expuesto en **AMANECE METRÓPOLIS**.
Un texto del autor Daniel Arana, en el que alude a la obra de Maurice Blanchot, *El espacio literario*, en estos términos:
«“Todo es demasiado […]. Demasiado azul, demasiado púrpura, demasiado verde, las flores demasiado rojas, las montañas demasiado altas, las colinas demasiado cercanas”. Quizá habría que comenzar por ahí, por ese demasiado que no comienza nada, porque llega siempre tarde, cuando ya todo es excesivo. Cuando incluso la frase parece fatigarse al reiterar aquello que la rebasa. ¿Excesivo? No, no hablar, tal vez, o no ya, de un exceso. Más bien dejarnos hablar por él, consentir que el texto mismo se vuelva de más, redundante, insistente, como si la escritura no pudiera hacer otra cosa que multiplicarlo todo hasta volverlo casi ilegible. Hablar del exceso, entonces, es exponerse a un cierto balbuceo del pensamiento, que no sabemos si sirve para hablar o si prolongaría, en cambio, la demora de ese habla; si describe o reitera su gesto, empujándola todavía un poco más hacia su punto de saturación. Tal vez ese demasiado define el modo mismo en que el mundo se escribe: la frase se tensa, se repite, se desborda, obligado el lenguaje a decir lo que, por definición, no admite medida».
Y estuve pensando, cuando las hordas se retiraron, en lo que aún sucedía, por fortuna, con menos rigor: en las emociones, en el júbilo pirotécnico, en el rabioso imperio de la felicidad, del éxtasis y de la gloria. Pensaba en lo que experimentan las personas con este motivo del fútbol y de otros acontecimientos y celebraciones que tienen su reverso amargo cuando las expectativas no se cumplen.
Y me dije que debía entender.
La noticia del nacimiento de un hijo produce —o debe producir— un regocijo difícil de superar; obtener un puesto de trabajo que cambia la vida para bien, para muy bien, es motivo de orgullo y plenitud; que los representantes de un colectivo por el que se “parten la cara” con quien se les oponga, dejando en suspenso sus intereses e ideologías para ayudar a que la empresa dé sus frutos, luzcan con orgullo los trofeos obtenidos y acepten pasearse como dioses para que la multitud les aclame, ha de comprenderse.
Y lo hago, y lo entiendo todo. Y que los demás se comporten de maneras distintas a las que resultan propias en mí, me concede un punto de singularidad que refresca cuando las temperaturas son asfixiantes y que abriga cuando el frío entumece hasta el aliento.
No digo que tenga razón: sostengo que no me someteré porque sí a los gustos mayoritarios ni espero que nadie se pliegue a los míos.
Ahora, los excesos gratuitos. Ese no conformarse con el estallido inicial y estar repartiendo puros con una sonrisa de oreja a oreja, aunque el niño nacido tenga ya cinco años —entiendan la metáfora—, es cosa de agresión indisimulada.
Lo de los motoristas de anoche, una de tantas noches en que se celebra lo que sea, es producto de una animalidad que cuesta apreciar en el resto de seres vivos del planeta.
Hay demasiado de todo. Somos tantos como para infundir terror, y yo mismo, ahora, creo que contribuyo a esta incesante llamada a hacer ruido y, "si molesta, que se jodan: en otras ocasiones, el molesto soy yo".
Otra vez: «Demasiado azul, demasiado púrpura, demasiado verde, las flores demasiado rojas, las montañas demasiado altas, las colinas demasiado cercanas». Y, en medio de todo esto, la humanidad, que asume la demasía sin reparar en el contagio.
Me destoso.
https://amanecemetropolis.net/hablar-tal-vez-demasiado-en-exceso/
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona COPILOT.




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