¿LA AMISTAD ESTÁ EN EL AIRE?


Buenas noches nocturnas… En el catálogo de la fauna domesticada raramente aparecerá un cuervo. No obstante, tal vez… estoy especulando a partir de un artículo que he leído —“Are Crows Really Our Friends?”, traducido como «¿Son los cuervos realmente nuestros amigos?»— publicado en *Audubon* y firmado por Elizabeth Preston.


Es decir, admito que podría equivocarme. Pueden presentarse testimonios de personas que no solo se relacionan con los córvidos, sino que pueden presumir de convivencia formal.


En todo caso, la autora describe cómo su hermana Annie entabla una relación sostenida con dos cuervos de su barrio, Sal y Pal, a los que reconoce como individuos y con quienes desarrolla algo parecido a un entendimiento rutinario. A partir de ahí, Preston investiga si ese vínculo puede considerarse amistad en sentido estricto.


Y no debe extrañar. Según algunos investigadores, los cuervos, en lo que respecta al conocimiento causa‑efecto, actúan de una manera pareja a la de un niño de cinco años. Algunos incluso, mediante un alarde simplón aunque eficaz en lo comunicativo, aluden a estos pájaros como los primates del aire.


Existe, de hecho, una fábula de Esopo que narra algo acerca de las capacidades de estas aves, lo que da pruebas de su inteligencia:


«Un cuervo se acercó medio muerto de sed a una jarra que creyó llena de agua; mas al introducir su pico en la boca de la vasija, se encontró que solo quedaba un poco de agua en el fondo y que no podía alcanzar a beberla, por mucho que se esforzara. Hizo varios intentos, luchó, pero todo fue inútil. Se le ocurrió, entonces, inclinar la jarra. Probó una y otra vez, mas al fin, desesperado, tuvo que desistir de su intento».


«El cuervo se preguntaba si tendría que resignarse a morir de sed teniendo el agua allí mismo, cuando, de pronto, tuvo una idea. Tomó una piedrecilla, la dejó caer al fondo de la jarra y vio subir un poco el nivel del agua. Entonces, llenó el fondo con unas cuantas piedrecillas más y, de esta manera, pudo satisfacer su sed y salvar su vida».


La fábula se llama «El cuervo y la jarra» y, como explicaba Óscar Cusó en junio del año pasado en *National Geographic*, un grupo de científicos, en Nueva Caledonia, deseó saber qué certeza podría atribuirse al contenido de la pequeña narración:


«Estos prefirieron tirar piedras en un tubo con agua que en un tubo con arena. Asimismo, eligieron los tubos más llenos y los objetos más densos para obtener antes la recompensa. Estas aves no pueden deducir el principio de Arquímedes, pero comprenden por qué se desplaza el agua y resuelven todo tipo de problemas, incluso cuando hay que usar diferentes herramientas sucesivamente».


En el artículo de Elizabeth Preston, además, se lee:


«Los cuervos son capaces de reconocer rostros humanos con extraordinaria precisión, guardar rencor durante años y seguir la mirada de las personas, lo que apunta a una conciencia social sofisticada. Sin embargo, algunos investigadores advierten que sus motivaciones son probablemente utilitarias en lo esencial: los humanos que alimentan a los cuervos son, ante todo, una fuente de recursos. Los supuestos “regalos” que estos dejan a sus benefactores tienen, según algunos expertos, explicaciones más mundanas que el agradecimiento».


Esto me hace pensar que, incluso en los casos de indudable cariño experimentados entre cualquier animal y un ser humano, difícilmente se puede encontrar altruismo en los primeros. Los condicionantes de protección y alimentación obran con grave fortaleza a fin de explicar ese tipo de resultados.


Pero ¿qué ocurre con la amistad? Las mascotas se consideran parte de la familia incluso desde el punto de vista del derecho. Y, es verdad, pienso especialmente en perros y gatos.


Para encontrar luz en todo esto, la referencia de «autoridad», de nuevo, en el artículo publicado en *Audubon*:


«A medida que nos hemos trasladado a las ciudades, los cuervos nos han seguido y, como los coyotes, han descubierto que los habitantes urbanos son menos propensos a atraparlos o dispararles. Sagaces como siempre, han adquirido nuevos hábitos, como anidar en postes eléctricos, y, al igual que otros animales urbanos, parecen mostrarse cada vez menos recelosos ante nosotros. Tales cambios pueden ser culturales, con pájaros que transmiten conocimientos a las generaciones siguientes».


«Aunque los humanos entablen una amistad —o algo que lo parece— con un cuervo, la relación se desarrolla según los términos del animal salvaje. Visitan cuando quieren y pueden desaparecer de nuestra vida de repente. Bergstrom recuerda a su cuerva favorita, Tatterwing, cuyas plumas faltantes hacían que sus alas pareciesen queso gruyere. Un día, simplemente desapareció. Bergstrom supone que mudó las plumas y, sin sus jirones, ya no era capaz de reconocerla».


Particularmente, no pretendo hacer amistades humanas, aunque las esté haciendo. No es un objetivo. No es una necesidad. Menos aún con los animales. Me gusta verlos ocasionalmente, y, si interacciono con alguno, es sobre todo a causa del trato social que yo tenga con sus tutores.


Es una responsabilidad muy grande, incluso cuando son listísimos.


Me destoso.



https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/actualidad/verdad-sobre-inteligencia-cuervos_13819



https://www.audubon.org/magazine/are-crows-really-our-friends?



La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona ChatGPT.





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