LA GARRAPATA NO ESTÁ EN LA LISTA
Buenas noches nocturnas… Según se informó durante fechas pasadas, no sé si mediante la técnica del globo sonda —«...es tantear, probar, tomar el pulso a algo», como explicaba Antonio Lucas para la SER en febrero de 2023—, los perros, en esta ciudad, tendrán que orinar y deponer, obligatoriamente, sobre el asfalto. Como quiera que la idea parece absurda y capaz de soliviantar al ciudadano partidario de la fauna domesticada, puede que lo dicho no haya sido otra cosa que una manera de comprobar la reacción de las personas.
Porque, ¿qué supone esta ocurrencia? Imagine. Usted tiene un perro. Por las razones que sean. Y sale a pasear con el simpático compañero porque ambos deben hacer ejercicio y porque su mascota tiene unas necesidades que hay que satisfacer, precisamente, en el exterior de la vivienda que comparte. A prudente distancia de la puerta de su domicilio, de la de los demás vecinos e incluso lejos de la de algunos destacados miembros de la comunidad del barrio… aunque tampoco hace falta marchar a territorios de ultramar. Entonces, a su perro —Thor, Nala, Betún o Trufa— le entran las «ganitas»: ¿qué hace usted? ¿Acaso acudió a una academia donde le enseñen a adiestrar a sus compañeros peludos para cumplir con este cambio de normas? Y, si es así, ¿conoce si los automovilistas tienen instrucciones para ocupar otro carril, si es que lo hay en la vía, o detenerse para que no se produzcan escenas de lamentable dramatismo? ¿Habrá «carril caquitas»?
En fin. O es el calor o es el ocio. Digo el de personas sentadas en los despachos, sin idea de qué hacer con la vara de mando, dispuestas a lanzar cualquier ocurrencia al calor de una tormenta de ideas, bajo la peregrina convicción de que todo es válido.
En la viñeta que ilustra este comentario, el dibujante que publica en el diario *El País*, Riki Blanco, propone una imagen en la que, como habrán visto, se observa un árbol alto y frondoso que, en la parte del tronco más cercana a la tierra, tiene una especie de abrazadera. Junto al árbol hay un hombre de negro, tras un atril, dirigiéndose a un público indeterminado:
«Pulseras telemáticas para que los árboles no puedan acercarse al fuego».
Es el mismo tipo de necedad. Que podría ser otro éxito de la vanguardia pensante, no debe descartarse. Pero necedad, al fin y al cabo.
Sea como sea, puede que yo mismo esté sufriendo una serie de alucinaciones producidas por las altas temperaturas y por la amenaza de que todavía se esperan comunicados meteorológicos que nos aproximen al planeta Venus o a Mercurio. Digo que solo ese vaticinio mensurado al alza marea. Que no nos hace falta que nos digan que estarán ardiendo las calles en cualquier momento: nos basta con experimentarlo.
Es esta interferencia, derivada de los insanos efectos producidos por el meandro volcánico al que llaman estío y que dura hasta su justo final —en determinados territorios, antes que después y viceversa—, la que explica el estudio que acabo de comenzar por esa otra fauna que convive con nosotros, de manera residente o por concurrencia circunstancial, a la que podríamos llamar «fauna doméstica». Es importante aclarar que no tiene que ver con la fauna domesticada, de la que son miembros destacados perros, gatos, loros, canarios, periquitos, tortugas, peces, cerditos, conejos, ovejas…
Y he empezado por las cucarachas. Las cucarachas son estos animales, artrópodos, que prefieren deambular por las cocinas, si es que su piso y el mío tienen aún la correspondiente habitación en la que originar la gastronomía de la que hay que disponer para alimentarse, y que responden a unas características bien distintas.
Hay tres categorías: cucaracha cocodrilo, cucaracha tigre y cucaracha desiderativa.
La primera posee unas mandíbulas aparatosas que, aunque ocultas bajo las antenas, dejan rastro indeleble tras su mordida. Es paciente, sigilosa y territorial como los cocodrilos, como los caimanes, como los lagartos. Se mueve como si midiera el suelo antes de avanzar. Ante la presencia humana, antes de escapar, observa, evalúa y espera el momento exacto para desaparecer si es que tiene que hacerlo.
La segunda actúa con impulsos rápidos, diagonales, casi felinos. Es capaz de desplazarse mediante bruscos cambios de dirección. Desaparece y, al pronto, está demasiado cerca. Tiene una energía nerviosa que recuerda la vigilancia del tigre, esa que predispone a las criaturas para el salto definitivo en cuanto se den las oportunas circunstancias.
La tercera, más filosófica, parece orientarse hacia un deseo, una meta, un objeto. Deambula en espera de encontrar lo que busca cerca de una grieta, una sombra, un olor. No se limita a sobrevivir: persigue su sustento, como las demás, pero de una manera que tenga sentido. Su existencia es aspiración.
De momento no tengo más datos que compartir. Lo haré en breve y luego me propongo extender mis estudios a otros seres como, otros artrópodos, arácnidos, vertebrados ocasionales, fauna asociada a las plantas, microfauna y lo que se conoce como fauna circunstancial: el abejorro, la paloma, la serpiente de cascabel…
¡Y solo acaba de comenzar julio!
Me destoso.
La viñeta fue realizada por el dibujante Riki Blanco y ha sido publicada en el diario El País con fecha tres de julio de 2026.





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