SATURACIÓN
Buenas noches nocturnas… A las señoras que están sentadas para desayunar, situadas a mi espalda, les debe parecer propio de lo de todos los días dirigirse las unas a las otras de tal manera que cualquier prójimo se entere, con todo lujo de detalles, de lo que conversan.
Una de ellas declara su preferencia por una serie televisiva que trata de asuntos irrelevantes para mí. Otra replica manifestándose partidaria de telefilmes por capítulos de pocos episodios: seis, ocho a lo sumo.
Deben viajar en compañía, conocerse o ser familia. En opinión de una de estas, a las que aludo, es deseable la confidencialidad: que los próximos se abran a fin de compartir los pormenores de su vida, ocurra este acercamiento social de tú a tú o en nutrida compaña. Como en las ruedas terapéuticas.
De acuerdo con el tono de sus explicaciones, no parecen inclinadas al chisme. Pero por eso mismo demuestran interés por el tipo de consecuciones que satisface al proporcionar un sinfín de particularidades ajenas. Tratan la información que reciben sin el énfasis de haberse enterado de algo gordo, pero no se les escapa nada. Son como esos periodistas de los que se dice que tienen la habilidad de trasladar fielmente lo que se comparte con ellos, al menos en espíritu, sin tomar una sola nota.
Entre sus experiencias, por lo que escucho, están las grandes rutas a pie: el Camino de Santiago, por ejemplo. Claro que bien se podría decir que se ha hecho tal itinerario y, sin señalar el punto de partida ni ofrecer indicaciones acerca del lugar donde finaliza la etapa o las etapas que se realicen, haber andado muy poco.
En cualquier caso, confieso que recojo estos pormenores porque a la fuerza ahorcan. Digo que los registro y los pongo por escrito. Sé de todo esto porque no tengo más remedio que escuchar. Es eso o mudarme de mesa o utilizar cualquier materia que impida que llegue a mis tímpanos el sonido ambiente. Todo esto figura en el relato a cuenta de la crónica que pretendo compartir. Ustedes verán si es materia interesante o no.
Pero, ya que estamos, he de decir que no todo es desconsiderada reverberación. Otros recién llegados para desayunar en el chiringuito conversan con una generosidad sonora que supera, en volumen, a la de las damas que continúan desgranando los pormenores de sus alegres vidas, tras de mí. Aunque no sé de idiomas, diría que son alemanes. No hay más gente, y parecen legión. Uno de esos inconvenientes de la vida: que te persiga el zorro porque has salido de la madriguera.
En todo caso, a estas horas no puede ser de otro modo. Es un lunes playero con mar tranquila, de excelente temperatura según medición obtenida mediante mis propias percepciones sensoriales sucedida una hora antes, y los extras, los voluntarios que se acercan a la costa para cumplir con los registros que permiten certificar la buena salud de la sociedad bonita, ocupan los emplazamientos reglamentarios.
Un grupo de mujeres que se han conjurado para acudir a ese lugar de la costa juntas e incapaces de llevar hasta sus últimas consecuencias la desnudez total, como todos los que vamos a las arenas, disfrutan del sol ofreciendo al astro sus relucientes pechos. Hacen bien.
No hay muchos niños. Se agradece.
Algunos nadan; otros caminamos; muchos permanecen a remojo, aunque siempre hay más gente fuera de las hoy transparentes aguas que dentro.
Se trata de un juego, es verdad, pero los muy despreocupados se decantan por hacer partícipes a sus semejantes de la diversión que sea, porque ellos también tienen derecho a robarte el aire.
Es decir, a partir de una hora que no hace falta conocer exactamente, porque se nota el momento en el que la masa de tierra pulverizada se convierte en terreno urbanizado de mobiliario y menaje playero, lo prudente es la retirada.
La brigada que hace artes marciales cerca de la pujanza leve de las aguas ha subido al chiringuito a tomar el desayuno.
La ciudad nos espera.
¡Salvémonos con ella!
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona ChatGPT.




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