UN LUNAR DE ARCILLA EN LOS CONFINES DE UN OCÉANO DE CAL
Buenas noches nocturnas… Durante un día estupendo de casi no sol cerca de la mar hasta cierta hora —lo que proporciona cierto enfriamiento, aunque esta afirmación sea, en rigor, una inexactitud—, antes de que la parroquia se llenase de feligreses, porque se celebra la Virgen del Carmen y hay muchos ociosos, además de los propiamente veraneantes, me hice una promesa de bruma.
Pensé en una especie de niebla alegre, aunque carezco de referencias a las que pueda aludir con carácter de autenticidad. Es decir: no encuentro respaldo para esta idea en documento alguno. Se trata, por tanto, de un concepto arbitrario solo a mí debido, salvo que haya materiales en los que no haya reparado, cosa que tampoco extrañará a nadie.
Sea como sea, ¿qué es, cómo, cuándo, dónde?
Se trata de un paréntesis, una excepción, un lunar de arcilla en los confines de un océano de cal. Un refugio y una alternativa. Para mí —casi seguro— esto último. Recién estamos compartiendo detalles de identidad.
Tiene la forma de cualquier cosa porque lo que hace distinto a este fenómeno no solo es la disminución de la luz a causa de la querencia de alguna nube encaprichada con el suelo: la ocurrencia meteorológica hace cosquillas en el ánimo de quien experimenta la ocasión y estimula los sentidos para bien.
En el departamento de suposiciones peregrinas situado en alguna parte de mi cerebro, esta niebla alegre se origina a partir de la imposibilidad transitoria de pensar en cosas mejores.
He de reconocerlo: es una prótesis también.
Y, como va conmigo, se sitúa donde apetezca estar yo. Por ejemplo, ahora que lo cuento, puestas estas palabras —que son mías—, aquí. Aquí está la niebla alegre.
Tal vez me estoy diciendo: la niebla refresca y pensar en nieblas, cuando los días laborables y de asueto arden por igual, es como propiciarse ese territorio donde nada abrasa.
Además, es fácil. Un usuario de X, «Muerto por dentro» (@dentropormuerto), escribió en abril de 2023:
«14. Brétema y Néboa.
En Galicia, la bruma del mar es brétema y la niebla estándar es néboa.
Luego hay localismos; por ejemplo, en la zona de Muros a brétema se le suele llamar borracheiras, pero eso ya es otro cantar».
Néboa, Galicia, A Coruña y una leyenda. Primero, valiéndome de las palabras de Luis Pousa, quien, en uno de los artículos que publicó *La Voz de Galicia* en septiembre de 2016 («Espectros en la niebla»), decía:
«A Coruña con niebla, sin Torre, sin norte, es una ciudad imaginaria porque uno ya no sabe qué se va a encontrar al doblar la próxima esquina. Además, como ya decía Ánxel Fole en sus *Contos da néboa*, la niebla pare fantasmas. Claro que eso también lo sabía Álvaro Cunqueiro, que siempre que venía a la ciudad, además de dejarse arropar por los vapores y brumas de los vinos y nécoras de la calle de los Olmos, se acercaba de noche al jardín de San Carlos. Creía, y así lo escribió muchas veces, que el espectro de Lady Stanhope se aparecía de madrugada junto al sepulcro de su amado sir John Moore.
También advertía Cunqueiro a los coruñeses de que, al pasear por el jardín de San Carlos, tuviesen mucho cuidado de no pisar la neblina que a veces se posa sobre la tierra, entre los negrillos y el balcón que regala las mejores vistas de la ciudad. Porque esa neblina que no debemos pisar no es niebla, sino el fantasma errante de Lady Stanhope».
Pero ¿quién era esta Lady Stanhope? Rodri García, en enero de 2020, también en *La Voz de Galicia*, menciona al autor Mark Guscin, británico afincado en A Coruña, quien sabe bastante de esta mujer:
«Tenía una piel increíblemente blanca, tanto que cuando se ponía un collar de perlas no se notaba. Era altísima, 1,85 metros, delgada y le daba igual todo: hacía lo que le daba la gana».
Rodri García, en el artículo que he citado, facilita, además, esta otra información:
«Lady Hester Stanhope, con una vida de película, era sobrina del primer ministro británico Pitt, vivió con él en Downing Street y llegó a ser la reina de la alta sociedad británica», apunta Guscin.
Y, finalmente, acerca de la vinculación que existió entre ella y el general Moore —«británico que murió el 16 de enero del año 1809 en la llamada batalla de Elviña, tras ser alcanzado por una bala de cañón»—, propuso:
«Contaba con dos hermanos de ella como ayudantes de campo: Charles, que murió durante la batalla de Elviña, y James, que en esa contienda recibió el impacto de una bala en la espina dorsal y el proyectil permaneció en su cuerpo hasta su muerte, causándole notables dolores».
A partir de aquí, se transmite la historia legendaria: al llegar la noche de todos los días 16 de enero, Lady Hester, según Cunqueiro, en forma de niebla rasante, regresa a los jardines de San Carlos, donde los franceses ordenaron que se levantara. La dama espectral desea encontrarse con su amado y, si vuelve cada año, pienso yo, o es que no lo encuentra o se ha obligado a esa cita «de por muerte», como última posibilidad de un pasado irrecuperable.
La ficción, cuando es entretenida, resulta refrescante. Alegre. Un momento de reposo. Aunque todo parezca ensombrecido.
Me destoso.
https://almadeherrero.blogspot.com/2026/06/lady-hester-stanhope.html
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona GEMINI.




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