COMO EN EL LIBRO DE LOS MILAGROS DE AUGSBURGO
Elegí acabar con todo desde dentro. Como los griegos mediante el caballo de madera, la celada consistirá en ofrecerme como cumplido admirador de los usos y costumbres predominantes hasta que todo el mundo deje de sospechar. Luego, cuando estén en verdad confiados, llegará mi momento. Lo he denominado «plan saturación». Por lo tanto, disimulen: aunque con esta advertencia sé que comparto lo anterior, importa poco; como poco importa que los lectores habituales de todos estos comunicados sean inexistentes.
Así pues, confieso que el eclipse es una de esas cosas extraordinarias a las que atienden los astrónomos de toda la vida y quienes han estado cerca de los cuerpos celestes cada vez que consultaron el horóscopo o alguien les echó las cartas. Digo que el eclipse merece la pena y no hay nada mejor y más humano que disfrutar de la ausencia de luz durante un periodo inusual del día, por más que el fenómeno de la noche ya se conozca.
En mi opinión, los que saben conocen dónde se verá, cómo han de apreciarse las cosas distinguidas, de qué materiales proveerse a fin de atender al espectáculo, cuál es la compañía adecuada y qué «territorio» procede cuando llegue la hora de ofrecer un relato verídico. Ante ellos me descubro y prometo seguir todas sus enseñanzas: gracias por dar estas lecciones de vida.
¿Suficiente? Por si acaso, he aquí unos versos inflamados de pasión...
Oh, sol, que te ocultas cuando quieres:
tolera a la luna para que nos asombremos
y no maltrates las retinas de los incautos.
Morirás brevemente,
pero, en realidad, solo es una excusa
para estimular la adoración que obtendrás de nuestra parte.
Desde mucho antes del becerro de oro
te necesitamos.
No tardes en regresar.
Tenemos miedo.
De esta saldremos mejores.
Juntos somos más.
Quien mucho abarca, poco aprieta.
Creo que esta ha sido una composición modelo. Un poco más de azúcar, y triunfo universal. Ocurre que no he querido extralimitarme. Abusar tampoco es una buena idea.
En cualquier caso, tomé un desayuno con eclipse y me llevé la tostada a las narices, confundiendo la parte de mi cara donde debía estar la boca con esa protuberancia natural que no se oculta salvo por embozo.
Acudí a la calle bajando los escalones y rodé hasta la entrada principal porque en la escalera de vecinos hemos dado prioridad al eclipse, encegueciéndonos artificialmente.
Al quinto intento he conseguido cruzar la calle a pesar del eclipse, pues intuí, inexplicablemente, que el semáforo estaba en verde para peatones; durante las otras cuatro oportunidades anteriores resulté atropellado, conducido al hospital, recubierto de yeso a causa de varias fracturas y obtuve un premio de parte de la Organización Nacional de Materiales de Construcción, ONAMACO.
En la farmacia no supe si el medicamento que me sugerían para paliar el terrible dolor que me estaban produciendo las fracturas era el indicado, ya que los efectos del eclipse, cuando se hacen notar, impiden la identificación de todo tipo de fármacos.
En el supermercado, eclipse. Eclipse en el bar. Porque el parque disponía de bancos libres para pensar en el eclipse, otro tanto a oscuras. Eclipse a la hora de comer. A la hora de la siesta, eclipse. Eclipse durante el eclipse y después del eclipse, como lo fue antes. Eclipse de tres sílabas, eclipse en todos los diccionarios, en todas las conversaciones, en todos los anuncios de la tele, en las alertas de las administraciones, en los comentarios de la familia, en los chistes de los amigos: eclipse, eclipse, eclipse, eclipse…
¿Y el día después? Habrá un nuevo eclipse de ideas. Uno de estos que sucede a diario. Y se contará qué es lo que ocurrió. Cómo ocurrió. A quién le ocurrió y dónde ocurrió… Ah, y por qué.
Luego, una vez agotadas las reservas de eclipse, como se agotaban los rollos de papel higiénico durante la pandemia, sin otro eclipse al que acudir, como las estrellas permanecerán en sus órbitas, moviéndose tal como lo hacen desde tiempos inmemoriales, alguien se desplazará a Los Ángeles, en Estados Unidos, para visitar el paseo de la fama y comprobar si entre todos aquellos grandes nombres alguno experimenta aún las marcas originadas en el capricho de la luna: una muesca de humo, un redondel de hollín, un perfume de brea.
No lo sé. No quiero saberlo.
Es todo tan estúpido que incluso parece milagroso.
https://es.wikipedia.org/wiki/Libro_de_los_Milagros_de_Augsburgo
La imagen se obtuvo de los contenidos a la vista en…
https://eclipses.ign.es/eclipses-en-el-arte-y-la-mitologia.html




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