ENTRE EL VICIO Y LA VIRTUD, AUTOMÁTICAMENTE
Desconozco el tiempo necesario que hubo de pasar para que esta comunicación diaria, sostenida por mí sin reservas salvo por razones de fuerza mayor, se instaurara entre mis actividades hasta convertirse en hábito.
Hablar de esas conductas que se integran en el diario acontecer de las personas por “repetición de actos iguales o semejantes” es arrimarse al concepto de automatismo: de acuerdo con la segunda acepción que figura en el diccionario de la RAE, “desarrollo de un proceso o funcionamiento de un mecanismo por sí solo”.
Así pues, escribir —con mayor o menor talento, porque hay cosas que me apetece contar o porque considero adecuado ofrecer mi opinión— es un proceder consciente y no un fenómeno cuyos resultados admitan semejanzas con los de una cadena de montaje industrial. El hábito se advierte únicamente en las razones mecánicas del propósito.
Escribo todos los días para ejercitar mis habilidades cognitivas y disfrutar de la forma mediante la que logro trasladar mi pensamiento a un medio formal de difundir las ideas.
Naturalmente, hay aspectos de la vida de cada uno que, al ser examinados, remiten al concepto de rutina, resuelta a base de reiterar gestos, voces, iniciativas y otros modos —activos o pasivos— de permanecer en este mundo.
La muerte puede considerarse el hábito definitivo: una vez se llega a ella, no se deja jamás; de hecho, no admite alternativas.
Pero todo esto viene a cuenta de una de esas llamadas de atención que pretenden informar acerca de productos que están a la vista sobre los tenderetes del mercado y cuya consecución es posible toda vez que se invierta tiempo en repetir una serie de acciones. Una vez consolidado el hábito, todo lo demás llega sobre ruedas.
¿Cuánto tiempo? ¡Estamos que lo tiramos! ¡Poquísimo!
Por lo tanto, desconfiemos.
Ana García Gutiérrez, investigadora del Departamento de Psicología Experimental de la Universidad Complutense de Madrid, comienza su artículo titulado “Veintiún días para crear un hábito, ¿psicología o publicidad?”, aparecido en la web de la Universidad Complutense de Madrid el 18 de enero de 2024, con estas palabras:
“La publicidad está plagada de anuncios regidos por este mensaje y, en un mundo repleto de *fake news*, conviene reflexionar si realmente estamos ante un mito o una realidad contrastable. ¿Cuál es el origen de esta idea? Si es un método eficaz, ¿por qué solo algunos consiguen sus propósitos? ¿Son todos los hábitos susceptibles de plegarse a esta regla vendida como una ley matemática?”
Más tarde explica que la idea de que se necesitan 21 días para adquirir un hábito surge de las reflexiones de William James (1890), quien vinculó estas costumbres con la plasticidad cerebral. Sugiere que la práctica refuerza y crea nuevas conexiones neuronales. Sin embargo, la ciencia actual no ha determinado con certeza cuánto tiempo se necesita para fijar un hábito, ya que la neurogénesis es un proceso continuo y gradual a lo largo de toda la vida.
No obstante, la popular cifra de “21 días” tiene su origen en las actividades profesionales del cirujano plástico Maxwell Maltz. Observó que sus pacientes tardaban unas tres semanas en acostumbrarse a los injertos de piel. Y, aunque esta observación tuvo gran eco mediático, se limitaba al sistema propioceptivo, por lo que no puede extrapolarse con respaldo científico de cara a generalidades que conlleven patrones para adquirir determinados hábitos.
Sea como sea —a veces para bien, otras para mal— la perseverancia es un ingrediente determinante para despachar asuntos cotidianos que, cuando llegan a automatizarse, nos ahorran esfuerzo.
Es decir, si se quieren resultados, porque existe un propósito previo, entrenar correctamente, mediante la regulación que más convenga, dará sus frutos a salvo de desviaciones e inconvenientes como los que se contemplan al caer en el empecinamiento.
La frontera entre esos dos supuestos no está clara y muchas veces el individuo es incapaz de distinguirlas por sí mismo.
Digo que se necesita ayuda y, en estas circunstancias, el orgullo se convierte en una desventaja. Cambiar de rumbo puede vivirse como una manifestación errática y, para evitar ese golpe narcisista, la mente reetiqueta la obstinación como virtud.
En una fábula de Esopo, mientras es devorado por un león, el protagonista —un lobo que, deambulando por lugares solitarios, llega a estimar, a tenor de la sombra que proyecta, que no es sino un titán quien se desplaza, puesto que se dio a esos sueños de orgullosa grandeza sin cuidarse de peligro alguno— admite la presunción como principio de su fin.
Concuerda con la idea de evitarse, precisamente, algunos hábitos, por rápida que nos parezca su consecución: por equivocados y por imposibles. No necesariamente a la vez, pero siempre próximos.
Me destoso.
https://dle.rae.es/h%C3%A1bito
https://www.ucm.es/otri/noticias-habito-21-dias-ucm
https://ciudadseva.com/texto/el-lobo-orgulloso-de-su-sombra-y-el-leon/
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona GEMINI.





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