ENVITE A ESPADAS
Buenas noches nocturnas… Entre los dominadores de la ciencia de la esgrima, en los siglos XIV y XV, Fiore dei Liberi era a quien deseaba emular. Fiore nació a mediados del siglo XIV y murió una vez iniciado el siglo siguiente en Cividale del Friuli, cerca de Venecia, en una Italia medieval fragmentada en ciudades‑estado y marcada por una violencia cotidiana extrema. Dei Liberi escribió un tratado del que existen varias copias: tres en latín vernáculo (*Flos Duellatorum*) y una en italiano/friulano (*Il Fior di Battaglia*), fruto de más de cuarenta años estudiando esgrima italiana y alemana. Enseñaba en secreto, exigiendo juramentos de confidencialidad, y sobrevivió a cinco duelos privados con espada afilada.
De modo que se puso a estudiar… o, mejor dicho, a calcar los éxitos de aquel, sin buscar progreso ni aportar novedad alguna que dejara huella histórica.
Tomó todas las ideas del maestro como propias y, sorprendentemente, fue progresando. Hay que decir que eludía toda propaganda. La seguridad de sus éxitos tenía que ver con la posibilidad de que nadie, curioso o con verdadero talento, advirtiera la impostura. Por eso bastaba con el boca a boca. Persuadido de que lo mejor era dar la espalda a todo crecimiento industrial, contaba con discípulos adinerados, convencidos de pagar por los servicios de quien creían uno de los mejores adiestradores del mundo. Y la vida continuó.
Uno de esos días de entrenamiento, mientras aguardaban su turno, dos de aquellos jóvenes que deseaban ser, para bien o para mal, «príncipes de la espada» conversaron, intercambiándose historias. Uno de ellos —si no se dicen los nombres es porque no tiene relevancia y cursa a causa del retraso de la certificación de permisos para tratar estos temas en público— refirió una leyenda sorprendente.
Cuentan que en el siglo XIII un «Capitán de la Mesnada Real» llamado Hossam ibn Hassan, varón de reconocida pericia en el adiestramiento de soldados y custodio de la disciplina marcial, sufrió un revés inesperado sin que fuera consecuencia de ningún lance de armas, ni principio ni final de batalla.
Todo se desarrolló en la «Posada del Halcón Blanco», establecimiento frecuentado por mercaderes, arrieros y hombres de armas que transitaban la ruta de la costa norte, entre Alejandría y Marsa Matruh. Allí se hallaba el Capitán acompañado por sus esposas, «Howaida al‑Gharbawi» y «Dama Dan Adam», quienes, según testigos, iniciaron una discusión que pronto se tornó áspera y encendida. Howaida consideraba que iban contra sus derechos las constantes intromisiones de Adam al usurpar la precedencia en decisiones domésticas que estaban reservadas para la esposa principal. Adam quería sentirse importante a ojos de Hossam, y la única manera de sobresalir era desdeñar la posición de su rival mientras actuaba a sus espaldas.
Las palabras dieron paso a los hechos como expresión de fuerza, pues la acumulación de sucesos más o menos tolerados actuaba, esta vez, como una bomba. De ahí que ambas mujeres se ejercitaran, a partir de entonces, como notables artilleras. Hubo lanzamiento de taburetes, vasijas y otros enseres de la sala común.
Los presentes, sorprendidos por la violencia del altercado, intentaron separarlas, mas la furia de la que las dos dieron muestras —condición titánica que las convirtió en prodigios de la naturaleza desatada— superó los esfuerzos de cuantos intervinieron y disuadió a cuantos pensaron ofrecerse como garantes de la paz.
El capitán, que tantas veces contuvo a hombres enardecidos en el campo de instrucción, pensó que se trataba de un episodio más: una de esas desavenencias bizarras tan propias de sus dos esposas, que, como ciertas tormentas, desaparecen con la misma prisa con que llegan, tras una breve granizada.
Como esto no ocurría, dio un paso al frente para interponerse entre ellas y que cesara la contienda. Su presencia como figura activa de autoridad debía ser más que suficiente. Pero, en contra de lo previsto, la tensión se multiplicaba como las réplicas crecientes de un primer terremoto. Un dios no hubiera podido más; «ibn Hassan», entre impotente y abochornado, ofreciendo ejemplo de flojera porque ni alzó su voz ni siquiera desenvainó su espada, no hubiera debido oponer tan poco. Por eso se desmayó. Perdió la recia presencia de hombre vertical, de experimentado guerrero, hasta emparentar con el piso como quien cae fulminado tras un castigo insoportable.
Los mozos de la posada y un sanador itinerante que descansaba de su viaje en el establecimiento acudieron a socorrerle de inmediato y lograron reanimarlo, no sin esfuerzo.
Las mujeres suspendieron su disputa por unos instantes y, cuando advirtieron que su esposo no iba a perecer por la causa de la riña que mantenían, alternaron las amenazas —de una para la otra— con las promesas de cuidado que dedicaban a la víctima de la ira de las dos.
Quien relataba todo esto estaba a punto de concluir cuando el émulo de Fiore dei Liberi se asomó a la antesala para avisarles de que era la hora. Y, además de tales noticias, comentó:
«Tiempo llegará en el que otros serán protagonistas de cosas similares y también muevan a risa. Las historias que hoy escandalizan mañana no serán más que relatos de posada, y quiera Dios que los adiestradores de antaño no sean espejo que delate la fragilidad del comediante puesto en solfa por sus debilidades y renuncios. Mas, importa poco ahora. Lo esencial es que sepáis mantener la compostura, incluso cuando el mundo se os viene encima. Vamos, al patio. La hoja no se templa sola.»
https://www.treccani.it/enciclopedia/fiore-de-liberi_(Dizionario-Biografico)/
https://lokuzt.wixsite.com/la-espada-deshidrata/post/fiore
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona ChatGPT.







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