LA PLUSVALÍA DEL MUERTO
En materia fiscal, y según algunos especialistas —a los que se alude en un artículo de *MAGNET*, una división informativa de *Xataka*, firmado por Rubén Andrés—, lo más ventajoso para unos padres que quieran transmitir una propiedad inmobiliaria a sus descendientes es incluirla en el testamento. Esta alternativa suele ser más favorable que la donación.
Lo que no sé es si las herencias son un negocio, o pueden conducir a su desarrollo. Los noticieros y las novelas, de lo que suelen hablar, es de hombres y mujeres entregados a lo más abyecto. Gentes que, si no llegan al crimen puro y duro, se comportan peor que las bestias… ¡con su propia familia!
Sea como fuere, si examinamos la historia, nada de estas conductas se ha originado hace dos días.
Ayer leía algunos epigramas de Marcial. No “Pina”, de apellido, leyenda del fútbol hispano que prestó sus servicios profesionales en el Elche, en el Español, en el Barcelona y en el Atlético de Madrid: Marco Valerio Marcial, poeta y satírico latino, nacido un “31 de marzo de un año comprendido entre el año 38 y el 41, en Bilbilis, cerro de la Bámbola, en el término de la actual Calatayud”.
Y me gustó mucho uno que aludía a las maniobras galantes de un individuo al que urgía el consentimiento amoroso de una dama privada de encantos. O, al menos, que mereciera un despliegue profesional y generoso, semejante a la pericia artística de Casanova.
**«Novio interesado»**
«Gemelo pide en matrimonio a Maronila, y la desea y la acosa y le suplica y le ofrece regalos. —¿Tan guapa es? —Ca, no hay cosa más fea. —¿Qué busca, pues, y le agrada en ella? —Tose».
En las anotaciones a pie de página hay una acotación que remite a la confianza de que la mujer está tísica y, por tanto, la herencia que podría recibir quien se congraciase sentimentalmente con ella no tardará en beneficiar a quien acredite un logro así.
Hay mucho ingenio en Marcial, no cabe duda: depositar con elegancia todo un universo valiéndose del término propicio y brevísimo es, en verdad, meritorio. «Tose», el síntoma que explica una enfermedad, que promueve la idea de un resultado fructífero y conecta con los artificios del pretendiente justificándolos desde la lógica: se comprende que actuara así.
Todo ello sugiere la toma en consideración de una variedad social que caracteriza a hombres y mujeres y a la que llamamos cazafortunas: personas que se especializan en emparejarse con individuos de gran poder adquisitivo. En nombre del amor, a por el dinero. No es ilegal que yo sepa, de modo que los sujetos a quienes afecten este tipo de melindres debieran saber —y seguramente saben— que «por el interés te quiero, Andrés», como dice el dicho. En definitiva, la “pasta” a espuertas ejerce una fuerza magnética capaz de transformar la vida de los espabilados.
Otra cosa son las dificultades matemáticas derivadas de repartir eso que se espera al fallecimiento de un familiar. El caso de ese cuento, que dicen árabe en algunos sitios, tal vez para dotar de prestigio a la narración.
Un hombre dispone en su testamento que los camellos —diecisiete— que poseía han de distribuirse entre sus tres hijos: el primogénito se quedará con la mitad, el segundo con un tercio y el tercer hijo con la novena parte del total de los mismos.
¿El problema? Que el número de camellos arroja una suma que no es divisible entre dos, tres ni nueve.
Los muchachos pasaron un tiempo echando cuentas y, como no encontraban ninguna solución, viendo que empezaban a enfrentarse como nunca lo habían hecho, buscaron consejo.
Un hombre sabio al que acudieron les pidió dos días de reflexión. Al cabo de esos dos días, cuando fueron a buscarle, dijo:
«Le he dado muchas vueltas al reparto de vuestra herencia, pero no tengo una solución para vosotros. Lo que sí tengo es este camello».
Y se lo dio, con una sonrisa cómplice.
Con el nuevo mamífero, los tres hermanos tenían ahora un total de dieciocho animales. El primero tomó la mitad, es decir, nueve. El segundo tomó un tercio de los camellos, es decir, seis. Y el tercero tomó la novena parte, es decir, dos.
Hecha esta operación, sobraba un camello. Un animal que resultó ser el préstamo que realizó el hombre sabio. Un hombre, además, generoso.
No hay razón que obligue a contemplar un final trágico.
Acaso puede que me diviertan, desde un punto de vista estético creativo, pero por sistema, tampoco. Ya tenemos demasiados cadáveres todos los días.
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona ChatGPT.




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