ROMPEPANTALONES
Parece razonable pensar que lo mejor para combatir el calor, si uno ha de desplazarse fuera de su domicilio o de su lugar de trabajo, es actuar como los habitantes del desierto. Digo, si se tiene en cuenta el rigor de lo que acontece, por ejemplo, en África. Como se sabe, los tuareg visten siempre ropas de color azul oscuro e incluso negro. Los occidentales prescindimos de casi cualquier hábito, buscamos prendas de color claro y, a pesar de ello, sufrimos como sufrimos.
En un artículo sin firma, aparecido en *Heraldo* en 2018, se dice:
«En el desierto no solo hay que protegerse de las altas temperaturas. Es aún más peligroso el efecto de los rayos ultravioleta sobre la piel. Y para frenarlos, nada mejor que taparse la mayor parte del cuerpo y hacerlo con colores oscuros, que dejan pasar mucha menos radiación. Funcionan como un filtro de “pantalla total” en un lugar donde no hay mucho acceso a las cremas de protección solar».
«Las tonalidades oscuras absorben más calor, sí, pero a cambio reducen el riesgo de sufrir cáncer de piel. Y los tuaregs tienen sus trucos para ir lo más frescos posible: siempre llevan ropajes amplios, que permiten que corra el aire bajo la ropa y el cuerpo pueda refrescarse».
En todo caso, no solo no nos apetecen estos estilismos, sino que, en verdad, nos quejemos cuanto nos quejemos, la prueba de cómo son las cosas está en la calle, y en las plazas y las avenidas se contempla a multitud de personas, por razones mayoritariamente ociosas, contribuyendo con su propio calor, unas muy cerca de las otras, al desmadrado imperio del sol caliente.
Los verán haciendo cola para obtener un asiento para asistir a un desfile o cuando ocupan plaza en torno a una mesa de terraza que, si bien protegida por toldos y sombrillas, al estar hasta los topes —luego dirán los hosteleros que los turistas se dejan pocas perras— no deja de ser un cocedero de marisco.
Pero bien. Bien. No somos habitantes de las arenas y tenemos otras preferencias culturales. Una de ellas, acorde con la idea de cubrirnos lo menos posible, es la utilización de faldas minúsculas, las señoras, y pantalones cortos, los señores.
¿Y siempre ha sido así? No tal.
En agosto del año 2022, Xavier Carmaniu Mainadé, en *El Periódico*, nos puso en antecedentes. Para explicar el origen histórico de las bermudas, nos remitió, precisamente, a las islas del mismo nombre:
«Las Bermudas reciben ese nombre porque fueron descubiertas por el navegante José de Bermúdez alrededor de 1505 (se desconoce el año exacto). Sin embargo, los 181 islotes que forman el archipiélago continuaron deshabitados hasta 1612, cuando llegaron los británicos, que todavía conservan la soberanía de ese enclave del Atlántico, ahora poblado por unas 60.000 personas».
La guerra fue oportunidad de negocio, como ocurre siempre, para algunos empresarios. En el caso de Nathaniel Coxon, dueño del único salón de té, beneficiado a causa del gusto demostrado por los oficiales británicos por reunirse allí. Pero el calor era insoportable para los camareros. Así que, cuando los empleados solicitaron vestir un uniforme más liviano, no encontró mejor recurso que recortar las perneras de los pantalones que vestían, dando origen a un uniforme menos opresivo…
«Se dice que aquello no pasó desapercibido al contraalmirante británico Mason Berridge, quien decidió que, si los autóctonos utilizaban pantalones cortos, sus tropas harían lo mismo. Y así fue como la oficialidad de Su Majestad que operaba en las zonas tropicales incorporó esta prenda en su uniforme. Eso sí, con zapato cerrado y calcetines hasta las rodillas. Mal no les fueron las cosas, porque acabaron ganando la guerra y conservaron sus territorios coloniales».
Esta uniformidad promocionada por camareros y militares dio lugar al contagio entre la población, que vio con buenos ojos sumarse a las condiciones de esa novedad y, en la década de 1920, «los empleados de la banca los acabaron poniendo de moda».
Al llegar los turistas estadounidenses y británicos a estas islas tan propicias para el ocio, vieron el paño que se gastaba —bueno, la ausencia de paño o paño menguante—, imitaron a los nativos durante su residencia y prolongaron esa costumbre indumentaria de regreso a sus países.
Los representantes de la alta costura tuvieron en consideración, más tarde, que era hora de caminar por las pasarelas luciendo aquella prenda de vestir y «en 1948, la revista *Vogue* habló por primera vez de las “Bermuda shorts” en sus páginas».
Ahora, hace tres días, en *The New York Times*, David Coggins firmaba un artículo de opinión cuyo título, «Nadie quiere verte en pantalones cortos en la oficina», remite a las diferencias existentes entre quienes sostienen que la eficacia y el rédito de un trabajo no debieran mediatizarse por el uso de una ropa o de otra y quienes argumentan todo lo contrario.
Según lo veo, hay una parte ceremonial en toda relación humana que se entiende y se acepta mejor cuando, de puertas hacia afuera sobre todo, responde a formas conocidas. No me imagino a unos padres acudiendo en bañador al bautizo de sus hijos por el solo hecho de que a los retoños se les derramará algo de agua sobre sus cabezas, por lo menos de acuerdo con el rito católico.
Creo que hay que saber vestirse y aparecer, simplemente, con la ropa adecuada para cada ocasión.
Salvo que se rechace todo tipo de vestimenta. Muchos son los nudistas que abogan por mostrar sus cuerpos libremente a toda hora y en todo lugar. Desconozco si son partidarios de lo mismo y audaces, en invierno...
Así que ya hay materia para conversar. Por si no lo habían advertido.
Me destoso.
https://www.nytimes.com/es/2026/08/02/espanol/opinion/calor-trabajo-oficina-shorts.html
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona GEMINI.




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