TODO ORDEN CONTIENE SU DESORDEN
Buenas noches nocturnas… Hay un cuento de los hermanos Grimm cuya protagonista, una niña que «vivía en tan extremada pobreza que no tenía ni cuarto ni cama donde dormir, no poseyendo más que el vestido que cubría su cuerpo y un pedacito de pan que le había dado un alma caritativa; pero era muy buena y muy piadosa», vaga por las calles. Ser piadoso consiste en tener piedad: una virtud aneja al misticismo en la que confluyen el amor a Dios, a las cosas santas y al prójimo. Por lo tanto, estas personas buenas se conducen con afecto y generosidad.
De esta manera, porque otros hacen camino desde la seguridad de su posición o desde la penuria más indigna, encuentra a su paso a otros desvalidos: un pobre hambriento; un niño que lloraba quejándose de frío; otro adulto también aterido; y un niño más al que socorrió prestándole la camisa. A todos ayudó dándoles de verdad lo que tenía, que era mucho porque era todo, aunque fuera tan poco.
Fue más socialista que los socialistas que se autodefinen como personas que dan mucho y tienen poco… pero ese es otro asunto.
El caso es que «en el mismo instante comenzaron a caer las estrellas del cielo y, al llegar a la tierra, se volvían hermosas monedas de oro y plata, y aunque se había quitado la camisa, se encontró con otra enteramente nueva y de tela mucho más fina. Reunió todo el dinero y quedó rica para toda su vida».
Pues bien, a pesar de que no fuera este el objetivo de mi búsqueda, vino a cuento. Servía porque el oro que recibió la muchacha piadosa debió faltarle a alguien. A alguien tuvo que pertenecer. Ya se sabe que la materia no se crea ni se destruye, solo se transforma. Señal de que lo que fuera capital depositado en las arcas de algún rico de los de toda la vida acabó reubicándose —que es una forma de transformación— en los bolsillos de la niña que merecía una recompensa especial, salvo por algún detalle irrelevante, según el criterio de los recopiladores, pero capaz de ensombrecer el currículum de la joven pudiente.
Por cierto, las recompensas llegan en moneda de curso legal o en especias, cuando llegan, sí. Lo menciono porque Rosa Belmonte, la gran Rosa Belmonte, simpática murciana, escritora y periodista, se siente partidaria de despertar al mundo una vez ha llegado la hora de la siesta. No dice que ella se comporte de esta manera, porque su trabajo y su dinámica de vida, como la fuerza de la gravedad, que nos tiene sujetos al suelo, obra con una tracción que exige otra forma de proceder. Pero, en uno de sus últimos artículos, se refiere a gente famosa que organizaba su vida con los demás a partir de unas horas en las que solemos estar recocidos por el abrasivo ir y venir de la existencia. Ella, como muchos, si pudieran, se sentirían bien retribuidos mediante la oportunidad de levantarse cuando les diera la gana.
De hecho, yo lo hago: me levanto cuando quiero, conforme a un criterio práctico. En contra de las inclinaciones de aquel estupendo escritor uruguayo, Juan Carlos Onetti, que pasó los últimos doce años de su vida en Madrid prácticamente sin salir de la cama —voluntariamente—, prefiero incorporar mi persona a los usos de los seres que transitan erguidos una vez verifico que ese periodo de descanso se satisfizo y, por compromisos o por libre deambular, lo que vaya a hacer estará mejor hecho para mí si es lejos del colchón.
Tampoco es que me desvele al amanecer. Al menos de momento. Así que cabe la moderación de declarar el inicio de mis actividades dinámicas a una hora prudente. Muchos han cumplido una jornada de trabajo nocturno y otros no hace demasiado que contribuyen a la creación de riqueza cuando me pongo a desayunar.
He de decir que no soy de aquellos a los que se les pueda aplicar ese refrán: «A quien madruga, Dios le ayuda». Ya saben, esa apelación a ser de los primeros para tener más oportunidades en función de las estimaciones estadísticas evidentes: si doy más golpes en la piedra, puede que al final se rompa.
Pero este refrán, dicen que conocido desde que se pudo leer el *Quijote* —en sus páginas existe una cita que viene a decir en esencia lo mismo—, tiene sus variantes. Por ejemplo, en este pasaje del *Refranero multilingüe*, que puede consultarse entre las publicaciones que facilita el Centro Virtual Cervantes, se señalan algunas:
«Este refrán conoce varias adiciones a modo de réplica: A quien madruga, Dios le ayuda, si se levanta con buen fin. A quien madruga, Dios le ayuda, si se levanta con buen pie. La réplica puede consistir en frases o en otro refrán: A quien madruga, Dios le ayuda. Uno que madrugó un duro se encontró; pero más madrugó el que lo perdió. A quien madruga, Dios le ayuda. Un costal encontró el que madrugó; pero más madrugó el que lo perdió».
Para mi «negocio», me quedo con: «A quien madruga, Dios le ayuda. Uno que madrugó un duro se encontró; pero más madrugó el que lo perdió».
El duro, los muchos duros, que recibió la protagonista del cuento de los Grimm aludido al principio. No sé si por madrugadora, pero…
Me destoso.
https://www.grimmstories.com/es/grimm_cuentos/el_dinero_llovido_del_cielo
https://quillbot.com/es/blog/vocabulario/a-quien-madruga-dios-le-ayuda/
https://cvc.cervantes.es/lengua/refranero/ficha.aspx?Par=58122&Lng=0
La imagen se obtuvo gracias a los servicios que proporciona COPILOT.




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