20 DE JULIO DE 2026
Cuando la arena africana supera el estrecho y llega a la península, es improbable evitar su respiración. Pues bien, ocurre lo mismo con otras cosas relacionadas con la actualidad. Se perciben, llegan a formar parte del organismo, aunque no se deseen.
Me interesa poco el fútbol, cada vez menos. De hecho, hay algo que tiene que ver con la vida de las personas, con las pasiones desatadas, con la religiosidad que supone la pertenencia a un club en calidad de aficionado, con el ridículo —en mi opinión— protagonizado por este conjunto de seres humanos, que, en ocasiones, casi me fascina.
Por otra parte, cierta habilidad para valerme de ese gastado patrimonio lingüístico facilita que pueda conversar acerca de los pormenores de este deporte sin que mis interlocutores teman estar ante un impostor. Probablemente, cuando están de acuerdo conmigo o cuando no lo están, oyen lo que quieren escuchar.
De modo que, terminado el Campeonato del Mundo, España campeona y ya está.
Pero, ¿ya está?
Habrá que ponerse en contacto con empleados de la limpieza de todo el mundo a fin de conocer los detalles del incremento industrial de basuras a las que ha dado lugar este movimiento de masas.
Los urbanitas y los rurales, afectos al mundo del fútbol y partidarios de cualquier otra cosa que concita el interés de muchísimos, dejan tras de sí los testimonios de su inmundicia. No es el único caso. A mí me gusta el ciclismo y no pasa fecha de este julio sin que me sitúe ante el televisor para contemplar las retransmisiones del Tour de Francia. Cuando hay etapas que finalizan en llano o toda vez que los corredores sufren hasta alcanzar una cima —porque, efectivamente, muchos espectadores acuden a la cita, atosigantes siempre que resulte imposible mantenerlos a raya—, los encargados de la limpieza, no por el deporte (el que sea), sino por la superabundancia de sapiens, otra vez librando con una carga de trabajo insólita, deberían adoptar el rock duro como cante de protesta, pues solo con ese ruido vengador se puede responder al tirano contacto con los marranos y marranas a los que suele calificarse como público.
Entonces, hechas todas estas salvedades —nada nuevo, hay que admitirlo—, los perdedores: eso es lo que me interesa, ellos son los que me interesan, del domingo 19 de julio de 2026.
Perdieron los integrantes de la selección argentina, los forofos, indudablemente también, y pasó lo mismo con el resto de las selecciones: puntualmente eliminadas, también perdieron. Esto enseña que alguien tiene que perder, aunque sean muchos, porque alguien tiene que ganar. De los que vencieron, si hubo justicia, se dice que son émulos de los dioses. Mas, de los perdedores, ¿qué se dice?
Me temo que nada, porque bastante deben tener. Pero hay un tango. Un tango al que alude el escritor argentino Martín Caparrós en el artículo que hoy se ha publicado en el diario *El País*. Un tango con música de Samuel Castriota y letra de Pascual Contursi que se llama “Mi noche triste” y que en su última estrofa dice:
«La guitarra, en el ropero
todavía está colgada:
nadie en ella canta nada
ni hace sus cuerdas vibrar.
Y la lámpara del cuarto
también tu ausencia ha sentido
porque su luz no ha querido
mi noche triste alumbrar».
Puede que sea una imagen ilustrativa. La ausencia incide en cuanto rodea a lo cercano y no deja de producir dolores. Caparrós, por cierto, al margen de unas breves reflexiones deportivas, menciona la patria y el “patrioterismo”. Y cuestiona esa idea de unión, hoy tan común en el bando de los vencedores: diversos y todos juntos, campeones. Porque, si diversos y todos juntos, derrotados, ¿qué cabe decir?
Pero me ha llamado mucho la atención una fotografía. Pertenece a la ilustración de un artículo de Leila Guerriero, publicado también en la edición en papel del diario *El País*, en el que se ve a un nutrido grupo de aficionados que contemplan la derrota de su equipo en un bar. En el pie de foto se lee:
«Aficionados de Argentina, anoche en un bar de Buenos Aires, durante la final».
El tratado de filosofía en una sola instantánea es obra del fotógrafo argentino Rodrigo Abd, que, entre otros méritos extraordinarios, perteneció al equipo ganador del Premio Pulitzer en 2013 por su cobertura de la guerra civil siria.
En el rectángulo —en la ‘ventana’, en sentido más poético—, personas de todas las edades aparecen a medio desplomarse, aunque están a salvo sobre los asientos que les sostienen. Pesarosos, sin fuerzas, como si hubieran recibido la noticia de que solo a ellos se les acaba el mundo de inmediato.
Ahora gasto el cupo de bromas que se podrían hacer deslizando un apunte acerca de los terapeutas residentes en ese país, atentos al posible incremento de pacientes aquejados de graves crisis identitarias.
Y regreso a los perdedores. Que podemos ser todos. Que somos todos, puesto que en ocasiones, referirse a nosotros de esta manera no es ni muchísimo menos un error. Los que triunfan constituyen un pequeño cupo de la tropa disponible.
Eso no sé si es una anomalía, pero debiera proponernos unos instantes de reflexión.
Guerriero habla de un deporte que conoce como muchos conductores conocen su automóvil: más allá de lograr que se mueva, con cierta pericia, nada. Y habla de los mundiales y de su experiencia. Y habla de la infancia y de la ilusión. Pero informa:
«Buenos Aires está sumida en un silencio triste y desilusionado».
Me doy cuenta de que es el resumen de una sensación común que pesa tanto como la euforia aquí, ahora. Que muchos de los que hoy están radiantes, encantados de haberse conocido y tan campeones como los atletas, supieron en su día, y sabrán, lo que es la hiel en los labios. Que el único momento en el que sentí que los mundiales merecían la pena fue desde el inicio del encuentro hasta la consecución del gol de Ferrán: el silencio, ese maravilloso silencio que proporciona el miedo ajeno, el miedo horroroso al fracaso, y que me complació como pocas cosas en la vida, conforme lo estoy contando, antes de que acabe el día después.
Me destoso.
https://www.todotango.com/musica/tema/178/mi-noche-triste-lita/
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona COPILOT.




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