DIVAGACIONES
Buenas noches nocturnas… El Tour de Francia finalizó el domingo en los Campos Elíseos, como suele ser. Digo, como meta o destino último: el resultado deportivo cambia. Son muchos años de historia. Por eso no voy a entrar en datos ni valoraciones especializadas. Si lo menciono es porque, como aficionado sin arte ni parte activa —confieso mi miedo a las carreteras y, como viajero en automóvil, sin embargo, admito que los que se desplazan sobre dos ruedas (los motoristas también) son una fuente de incordio para la circulación—, me gustan estas competiciones, por otra parte consuelo de veranos generalmente pródigos en desavenencias termales. Y, si ha terminado el Tour —pobre de mí, pobre de mí—, ¿qué me queda? Habrá que esperar a que comience la Vuelta: a rey muerto, rey puesto.
El anunciante contrata a una empresa para promocionar sus productos. Los profesionales sugieren el ejemplo de una persona que sale de viaje. Una mujer. Urgida, desatada, ansiosa, muy preocupada. A continuación, como remedio para recomponer la vida de las personas afectadas por estos imprevistos previstos, propone detenerse en la estación de servicio ideal —vinculada a la marca que desembolsa sus buenos dineros para que el consumidor elija sus mercaderías—, establecimiento que no se limita a facilitar el abastecimiento de combustible: un surtido de artículos “venenosos” y a precios de joyería artística queda al alcance del viajero angustiado… Me parece que, en vez de repartir tiritas, es mejor prevenir. Ni siquiera la confianza en la “sanación” luego de haber emprendido algo tan peligroso debería admitirse como de recibo. Pero ellos: “Sí, amigo, existen personas como la descrita y de este modo se mejoran las cosas”. Y yo: preparen, entonces, material gratuito que, con la compra de sus combustibles, contribuya a la formación de conductores mucho más dispuestos a la seguridad propia y la ajena.
La actualidad lleva aparejada una sustancia homogeneizante que, por exceso, una vez se aplica, deviene en indiferencia. Es un efecto de la pluralidad. Porque cada uno de los que intervienen en público para tratar todo eso de lo que se dice que es imposible dejar de lado juega con la baza del matiz —por leve que sea— elaborado artesanalmente o del hallazgo a cuenta de la falta de pericia de los otros. Ni siquiera por excelencia evidente en las formas parece sencillo encontrar lo que destaque… Y sé que, cuando aludo a todo esto, estoy dando otra mano de lo que fuere esa sustancia que mencioné al principio de este párrafo porque, al tratar la información que predomina, hago lo que todos. Así que no censuro: constato.
Se dirán pioneros y, desde luego, puede que, al cabo del tiempo, quienes estudian la vida de los seres humanos designen este adjetivo como detalle de nobleza para explicar por qué las cosas empezaron a cambiar un día. No obstante, a mí me parecen gentes que obran a empujones. Los que fuman en una terraza, incluso los que se retiran —ridículamente— dos metros; los que aparecen en un establecimiento de hostelería con su mascota y, cuando no la llevan suelta, colocan al animal sobre los asientos, a la mesa: la misma que utilizaremos usted o yo más tarde. Los que, aprovechando el rigor de las temperaturas al alza, mantienen su dudosa humanidad desnuda o semidesnuda… que, si me da igual el aspecto de cada uno —no paso por ser Adonis para formar parte de una galería de ejemplaridades—, sostengo que el atavío apropiado para cada sitio es indicativo social contra el que no debieran existir cortapisas.
En ocasiones, a causa de determinados sucesos dramáticos, luctuosos, muy graves, las autoridades forman para expresar dolor y rechazo cuando no se decretan jornadas de luto. Me pregunto si, en esta época de horror por el fuego en distintos puntos, ahora que se celebran fiestas, si es que acaso cabe mantenerlas como si no hubiera ocurrido nada, los ciudadanos, esa parte de todos nosotros que se pone al frente de cualquier manifestación solidaria, no debieran —no debiéramos— actuar de algún modo que mostrara empatía con los que sufren una desgracia tan grande. Y la respuesta que me doy se basa en la evidencia: damos la espalda a los hechos, aunque de viva voz prometamos cosas que nunca cumpliremos.
Hacer promesas es muy barato.
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona IDEOGRAM.




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