ENCAÑONADOS CON UNA INVITACIÓN DE BODA DEL NUEVE LARGO
Buenas noches nocturnas… Se casa el enemigo. Y, porque es aquel que procurará todo mal a quienes se opongan a sus deseos, invita a la ceremonia durante la que se certificará todo lo concerniente a la unión antes dicha, como quien ordena disparar de acuerdo con el propio criterio de herir incluso fatalmente. Usted y yo hemos sido designados para formar parte de la corte que tendrá el privilegio de asentir mediante la presencia y los aplausos correspondientes. Y recibimos la invitación: el documento que acredita tal preferencia. Es decir: estamos perdidos.
Y, aunque diga usted que exagero, tenga la amabilidad de contemplarlo, siquiera durante unos minutos, tal y como yo lo veo.
El enemigo, cuando planifica el rol de los elegidos para asistir a un casamiento —al suyo—, es la misma persona que, justo antes de iniciar la campaña, era pariente queridísimo o amigo de los que perduran así pasen los eones. De acuerdo.
Entonces, ¿cómo es posible? La lógica apunta a la diana. Hay que pagar. Las fiestas cuestan mucho dinero. Son una industria. Siempre lo han sido. Y los negocios se ponen en marcha para ganar cuanto se pueda.
Por lo tanto, porque las obligaciones sociales funcionan como las argollas que mantienen sujetos a los presidiarios, si se confirma la asistencia, mal, pues habrá que dejarse un riñón en la bandeja del cirujano; y si se declina la invitación, las represalias serán más que evidentes.
La gravedad de lo que digo empieza a tomar cuerpo si se examinan los datos. Por ejemplo, estos que facilita David Martínez en *El Confidencial*:
«El perfil de las bodas en España refleja una evolución clara hacia la experiencia de los invitados, pero también un esfuerzo económico cada vez mayor para las parejas. Según el último informe del sector nupcial de Bodas.net de 2026, el coste medio de un enlace en nuestro país asciende a 25.183 euros —cifra que no incluye ni la luna de miel ni el anillo de compromiso—. Esto se traduce en un gasto promedio de 225 euros por invitado, un 6 % más que el año anterior. En el caso de la generación millennial, este presupuesto medio es todavía más elevado, superando los 26.300 euros para una media de 115 invitados (frente a los 118 de las bodas de la generación Z)».
Así que no realizaba valoraciones exageradas. Doscientos veinticinco euros por compartir mesa sin derecho a otra cosa que no sea ver a los festejantes principales en la distancia y comer, en el mejor de los casos, un menú aseadito, sin que resulte una inversión solo satisfecha mediante la intervención de un banco que respalde con sus tesoros el esfuerzo económico del comensal, me parece un despropósito. En general, prefiero decidir exactamente en qué me gasto las perras.
No puede decirse que actúe con violenta dominación: permitirá, según lo que haya preparado, que los concurrentes acaben con la barriga llena, sudorosos por el baile e incluso sorprendidos si el fin de fiesta depara algo sobrenatural. Pero, en caja, todo han de ser beneficios para los contrayentes.
No quieren invitarte. Desean que abones el importe de la entrada a su felicidad. Nada que tenga que ver con el altruismo que determinado gozo explicara. Se trata de un cálculo realizado para justificar un espectáculo cuyos anfitriones organizan para espectadores que, al parecer selectos, van como los bueyes al arado.
De todas formas, sé que van a decir que sí. Como los novios ante el cura o ante el notario. Dirán que sí por un importe de más de doscientos euros. ¡Será por dinero!
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona Microsoft Designer.




Comments
Post a Comment