DE CHILENA
Las naranjas, redondas; las sandías y, casi, las granadas —esféricas, habría que decir—; las perlas, las gotas de lluvia, los planetas, el sol… y la luna. Cuántos ejemplos, cuántas variedades. Dicen quienes entienden de elementos simbólicos que la esfera remite a lo acabado, a lo perfecto.
En este sentido, para ampliar lo que desde el estudio de los elementos u objetos materiales se considera representativo, podría sostener esta “fuerza” de lo esférico, acudí al *Diccionario de símbolos* de Juan-Eduardo Cirlot, en el que figura este pasaje:
“Símbolo de la totalidad, como el *rotundus* alquímico. Corresponde, en el espacio de tres dimensiones, a la circunferencia en el de la línea. Ya para los presocráticos, esfera equivalía a infinito (lo único uno), e igual, asimismo, con los atributos de homogeneidad y unicidad. Emblemáticamente, la esfera se identifica con el globo, que, por similitud con los cuerpos celestes, se considera alegoría del mundo. Pero existe aún otro significado de la esfera, más profundo si cabe, *Sphairos*, equivalente a infinito, y en el *Banquete*, Platón, al referirse al hombre en estado paradisíaco anterior a la caída, lo juzga andrógino y esférico, por ser la esfera imagen de la totalidad y de la perfección. Es posible que tengan este sentido las esferas transparentes que alojan a las parejas de amantes en el *Jardín de las delicias* del Bosco (Prado)”.
No debe extrañar, por tanto, que ese objeto que rueda y rebota —siempre que se le impulse con los pies, la cabeza o cualquier otra parte del cuerpo que no sean las manos, privilegio exclusivo de los guardametas— encuentre tantos ecos y alicientes. Al fin, no parece reprochable que algunos intenten dominar esa forma en verdad ansiada.
Por eso, al contemplar un archivo de vídeo protagonizado por el humorista argentino Luis Landriscina, pensé en la atracción que los seres humanos sentimos por las esferas.
Narraba el caso de un muchacho, hijo de un militar de bajo rango, acostumbrado a encontrarse con los amigos para jugar al fútbol, siempre que el dueño del balón quisiera.
Desde luego, él querría haber sido dueño del balón. Lo soñaba a menudo, deseó que la fortuna le sonriera. Y la suerte apareció encarnada en la persona del hermano de su padre. Estuvo unos días con la familia y trajo para su sobrino un novísimo balón reglamentario. No una pelota: un esférico como Dios manda.
El chico, Ricardito, se sintió como difícilmente podría explicar un juntapalabras como este que se dirige a ustedes mediante la impostura del escribidor… ¿Feliz? Diría que celestial.
La madre de Ricardito, con soniquete y en voz alta para que se enterara su inoportuno cuñado, advirtió enseguida a su hijo:
—Dentro de la casa no vas a jugar porque te reviento a trompadas.
Pero el chaval hizo promesas universales y de ninguna manera iba a separarse de su redonda compañera en los días siguientes. Bien porque afuera hiciera mal tiempo, bien porque no pudiera aguantarse las ganas, aprovechando que su madre estaba a las tareas de la casa, como un Zipi sin Zape, decide imitar a su ídolo: a Maradona. Sin nadie que le lance la pelota desde la esquina, él mismo la eleva en el aire para pegarla de chilena.
Al cuarto intento, acierta. O se equivoca. Porque, efectivamente, conecta un patadón enorme, calcado al que hubiera ejecutado “el Pelusa”, su héroe. Mas la dirección y la falta de cálculo, y que es demasiado pequeño para contenerse, tienen como resultado la catastrófica experiencia de ver cómo, a consecuencia del feroz impacto, el jarrón de porcelana —el que perteneció a la abuela, el que vino entre paños desde Italia— queda reducido a añicos.
La madre escucha el estruendo desde donde estuviera. No es que se tema lo peor, es que conoce los detalles como si de una adivinadora se tratase. Todavía Ricardito no ha terminado de levantarse cuando su madre aparece verdaderamente encolerizada. Por suerte para él, la mano justiciera de su madre no le alcanza y logra fortificarse debajo de la cama en el dormitorio de sus padres.
Ella le exige que salga, intenta doblegarle con todo tipo de amenazas e incluso utiliza el mango del cepillo de barrer para apurar su salida.
—Sabes que no puedo agacharme, pero igual vas a salir.
Es un forcejeo inútil. Por eso, la mujer recuerda al niño que su padre vendrá, que va a enfadarse mucho y que estará de acuerdo con ella en que pase una semana sin cenar.
Ricardito se siente seguro en ese refugio y, en vez de decir nada, prefiere esperar.
Sin embargo, llega la hora. El padre, sargento del ejército, llega a la casa. Terminó la jornada en el cuartel.
La madre, todavía excitadísima, proclama que el niño necesita un serio escarmiento y pide a su marido inflexibilidad.
Después, el militar, reducido, en esos instantes, a la simple condición de cabeza de familia, piensa en resolver el asunto sin grandes quebrantos. Tal vez lo mejor sea hablar tranquilamente con el “canijo”, que vea que no se puede vivir tan alegremente, a los caprichos, y que su madre lleva mucha razón en todo.
Se dirige al cuarto dispuesto a hacer entrar en razón a su primogénito y a que pida perdón cuanto antes. Para su diplomacia, acto seguido, se tiende en el suelo y se acerca a la parte inferior de la cama, donde el travieso ejemplar, sangre de su sangre, está parapetado.
El niño, al ver a su padre a ras del suelo, susurrando, pregunta:
—¿A ti también te corrió la vieja y vienes a esconderte?
Luis Landriscina no lo dice, el público aplaude y yo me imagino al padre ocupando un lugar, bajo la cama, al lado de su hijo, conversando con él y durmiéndose al poco.
Y me imagino a la madre, de regreso a la alcoba, que, al darse cuenta de que padre e hijo duermen juntos en el campamento del chiquitín, sufre un ataque de ternura que nunca confesará, pero que se convierte en motivo de evanescencia mágica y evidente amnesia benefactora.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona ChatGPT.




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